Te pasas media la vida intentando demostrar que sabes hacer
algo y, de pronto, descubres que es una pérdida de tiempo. Da igual lo que
sepas hacer; siempre te va a pillar con el “paso cambiado”.
Y rectificas, cambias el paso, esperando adaptarte al paso común. Hasta que te das cuenta de
que eso sólo frena tu caminar. Además no tiene sentido
perder el tiempo justificando tus éxitos o tus fracasos. Sólo tú tienes
el secreto de cómo hacer las cosas.
Entonces decides seguir tu ritmo, no aceptar
imposiciones ni que muevan tus hilos. Y te conviertes en asocial. Sí, puede
ser. O quizá es que has decidido comer sólo lo que te apetece. Ya no hay ritmos
que seguir ni pautas que obedecer.
Piensas que nadie sigue tu compás, y no es
cierto. Lo siguen los mismos que lo han seguido siempre, los que caminan a tu
lado y no fuerzan tus pisadas.
Es cuando observas el lastre que has soltado, y,
ligero de carga, ves como el horizonte se acerca sin esfuerzos extremos.
Es
difícil pensar en uno mismo cuando has dedicado tanto tiempo en pensar principalmente en los
demás. Pero, de tanto hacerlo, has dejado olvidado a tu “yo”. Así que, la única
cura es hacerte el mejor regalo: el de tu propia vida. Dejar de poner en riesgo
tu propio papel para servir el texto a los demás.
¡Que suba el telón y protagonicemos
nuestra propia función!