martes, 1 de septiembre de 2015

Rayo, el caballo bayo



     ¡Al trote, al trote, Rayo!
     El pequeño caballo bayo redobla su paso sobre la tierra mientras mis caderas acompasan su armonía y las crines dibujan en el aire ondas de incierto destino.
     Olor de malvas, romero, tomillo y brecinas acompaña nuestro vaivén hasta el río, donde los acordes del agua nos recuerdan que ha llegado la primavera y el deshielo trae abundancia de cristalino maná para campos y animales. 
     Incansable Rayo e indomable jinete, comparten cabriolas y alguna corveta ilusoria que no es sino la respuesta a un incauto movimiento de riendas. Así pasan días, meses, años, en esa fantasía que busca nuevas sendas.


     ¡A galope, Rayo, a galope!
     El joven caballo bayo aligera el paso haciéndome sentir el viento en ráfagas de poderoso tranco, apretando mis piernas contra su lomo poderoso y palpitante. 
     El rocín parece saborear cada zancada, jugando a disminuir la marcha hasta que vuelve a sentir mi voz y la caricia de la fusta en su lomo. Pide más, espera que yo soporte más, y así se lo hago saber, empujando con mis piernas bajo la montura y destensando las riendas sin que deje de sentir mi acompañamiento. 
     Libertad hacia un horizonte que va acercando sus árboles lejanos a nuestro paso. Tiempos de aventuras y compenetración en un desbordante universo de posibles.


     El fiel caballo bayo camina sereno entre los surcos de la vereda, siempre atento a mi paso, a la vez que nos seguimos contando nuestras cuitas sin hablar, con miradas silenciosas. Él quiere sentir, quiere notar la sutil tensión de las riendas en mis manos y acerca su cara a mi cuerpo, se detiene y parece decir "sube, cabalguemos de nuevo". No puedo decir que no, aunque nuestro paseo iba a ser a pie y Rayo no lleva montura. Como comprendiéndolo, dobla sus patas y me deja la altura suficiente para que, de un salto, pueda subir a su grupa. Se levanta y noto sus músculos tersos, con el ánimo puesto en una nueva y briosa expedición.

     Entonces, yo sujeto las riendas y le digo, sereno: 
     ¡Al paso, amigo, al paso!



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