lunes, 26 de agosto de 2013

Viajes en blanco y negro.


     Paco “el gorrilla” era un buen hombre. Su media sonrisa lo delataba. Todas las fiestas aparecía con su camioncito Ebro y descargaba barras, cadenas, cables, lucecitas y un montón de cachivaches que iba armando metódicamente mientras Concha, su mujer, preparaba la comida en un infiernillo. 

     Nunca supimos dónde vivía, aunque algunos imaginábamos la cabina del camión como el espejo de Alicia, con un mundo interior más enorme de lo que aparentaba su exterior. 

     Yo siempre miré su atracción con el apetito de un niño al que no le dejan probar emociones de mayores. Hasta que cumplí los ocho años. Entonces pude montar en La Barca de Paco “el gorrilla”. Aquello era una especie de columpio muy grande en el que subían dos personas de pie y Paco daba a una palanca para que se balancease cada vez a más velocidad y más alto. 
     Entonces fue cuando comprendí que todo tiene un límite y, al llegar a cierta altura, mi terror superó mis ansias de sentirme mayor y comencé a gritar, sin medida, con todo el volumen que alcanzaban mis pulmones “¡¡¡Para!!! ¡¡¡Para, o me tiro!!!"
     Y paró, ya lo creo que paró, porque si bien yo no hubiese sido capaz de saltar, el escándalo que estaba formando no merecía más ostentación. Aquel creo que fue el primer auditorio ante el que me presenté. El público se había arremolinado alrededor de la atracción y, de no ser porque era la plaza pública, habrían colgado el cartel de “Completo”. 

     Cada barcaje (así llamábamos a los viajes en aquel balancín gigante) costaba cinco pesetas, o un duro, que parecía menos. Y Paco no me lo tuvo en cuenta, me devolvió el duro del barcaje, por el mal rato que había pasado. 

     Los demás chicos de la pandilla sí que se aficionaron a esos vaivenes y cada dos por tres estaban subidos riendo y gritando de alegría. Yo esperaba siempre abajo. 
     De vez en cuando, Paco nos invitaba. Yo le salía barato, porque mi vértigo me impedía montar en aquel péndulo infernal y esperaba junto a él mientras observaba cómo tiraba acompasadamente de la palanca para dar velocidad al cacharrito (cacharritos llamábamos a cualquier atracción de la feria). Y luego tiraba de la misma barra firmemente para que el calce que antes le había dado inercia a La Barca, hiciese de freno al encallarse en él. 

     Maravillas tecnológicas de simple funcionamiento. Siempre me fascinó que lo mismo que producía la inercia la pudiese anular. 

     Y así, feria tras feria, Paco “el gorrilla” hacía su aparición. Hasta que la innovación técnica de los cacharritos empezó a traer La Góndola, Los Coches de Choque, e incluso La Noria. Paco se iba quedando pequeñito y los chavales sólo iban cuando los dos duros que tenían no les alcanzaban para un viaje en los coches de choque, que costaban cinco duros. Entonces los gastaban en dos barcajes más uno que les regalaba Paco de vez en cuando. "El gorrilla" incluso llegó a recibir una pedrada de un jovencito desagradecido mientras le increpaba “¡¿Adónde vas tú, antiguo?! ¡Que eres del siglo pasado!” El mismo al que, alguna vez, había invitado a unos cuantos barcajes extra. 

     Hasta que un año ya no vi ni el Ebro de Paco “el gorrilla”, ni La Barca de madera y chapa, ni a Concha haciendo la comida en aquel infiernillo a la vez que atendía desde su caseta la venta de barcajes

     Me senté en un banco de la plaza frente al solar vacío y me vi volar como nunca lo había hecho en La Barca de Paco “el gorrilla”, mientras una lágrima rodó con añoranza por mi cara.




domingo, 25 de agosto de 2013

Qué mala es la endibia

     Hace unos meses hablaba de una hortaliza noble, la chirivía. 
     Hoy, dadas las circunstancias socio-culturales del país, tengo que hablar de la endibia. Esa hortaliza que es hija putativa de escarola.
     Una escarola es una escarola y su rancio abolengo la sitúa en la más alta alcurnia. Véase los peinados de la Duquesa de Alba en la más pura línea escaronil.
     Pero las tradiciones no se respetan y, como un parásito a la sombra de la escarola, surge la endibia. No se puede ser más innoble. Para existir, renegando y anulando a sus parienes la escarola y la achicoria, la endibia vive en las tinieblas para evitar que sus hojas se pongan verdes y produzcan un veneno que se llama intibina. Inquina, diría yo que es lo que tiene. Porque en caso de salir mucho a la luz, la intibina podría ser tan corrosiva para el organismo que nos corroería la endibia.
     Y así, con nocturnidad y alevosía, pálida a más no poder y promulgando la esbeltez anoréxica, surge la amarga endibia. Cuya notoriedad culinaria está más en sus acompañantes que en sus méritos propios. Como ejemplo, la salsa de roquefort, más efectiva que egregia, puesto que su procedencia de la coagulación de la leche de oveja cubierta de moho dista de ser algo distinguido. Evidentemente, la endibia sólo se vuelve interesante acompañada de sabrosos acompañantes como el salmón, las ostras, el pato a la naranja con almendras, el camemberg, el secreto de cerdo… En éste último caso, al unirse al porcino manjar, no dejará de ser “endibia cochina”.
     Aprendiz de lechuga, sin las sensuales curvas de ésta, ni esos matices esmeralda, ni ese nutritivo tronco objeto de disputas de tenedor en medio de la ensalada. Que no, que donde esté una lechuga, alimento que ya aparece en antiguas fábulas y consejas, la endibia sólo llega a ser una mala consejera. Oculta bajo las suculentas salsas y manjares no deja de ser una amargura encubierta.
     Por eso me quedo con las hortalizas que, por méritos propios, forman parte de nuestra dieta clásica, y gritaré a los cuatro vientos:
¡QUÉ MALA ES LA ENDIBIA!
 
 
 

sábado, 20 de julio de 2013

Aquella libertad


     Dejo de creer en la libertad cuando la consigna es "no hables por si acaso". Cuando el silencio se convierte en nuestro idioma y el miedo nos impide salirnos del camino ya trazado. Cuando nuestra única voz son los pasquines que antaño se preparaban para espacrcir por las calles o pegar en las paredes y hoy difundimos por la red o pegamos en muros virtuales.

     No creo en la libertad que nos obliga a custodiar el arma del opresor a cambio de un plato de lentejas aguadas. Que nos hace girar la cabeza a ambos lados antes de dar una opinión por el temor a quíen lo pueda escuchar.

     Desconfío de la libertad que nos impulsa a revestirnos de dignidiad y acatar dictados para no salirnos del rebaño. De la que nos hace decir lo que se espera de nosotros por el pánico a exponernos demasiado.

     Tengo poca fe en la libertad que precisa de adeptos para expresar una idea. En la que cataloga la valía de las palabras por el color de los labios que las pronuncian.

     Por eso, porque no soy de los que busca "nadar y guardar la ropa", prefiero la libertad desnuda que se lanza al río sin hipotecar su movimiento a la necesidad de proteger su vestido. 

     Y confío en la libertad que encuentra la satisfacción en la mera razón de actuar libremente.


martes, 9 de julio de 2013

El ayer y el mañana


     Hoy, dos tristes noticias me han hecho estremecer como profesional del doblaje.

     Se nos han ido una veterana como Gaby Álvarez y una promesa como Andrés Moreno.
     El ayer y el hoy unidos por la dureza de la muerte. Las luces de la escena y la oscuridad de la chácena. La sabiduría y las ganas. La experiencia y la ilusión.
     Una larga vida dedicada a la interpretación y una corta vida arrancada de cuajo de los micrófonos.

     A Andrés no lo conocía personalmente, pero leí muchas de sus opiniones en foros e incluso, creo recordar, intercambié algún mensaje. Oí sus muestras de voz y sus prácticas de doblaje y, como me suele ocurrir en estos casos, me ponía a fantasear en lo que podría ser esta persona en el futuro. No pudo ser. Pero la ilusión que desprendía en cada uno de sus comentarios nos alimentaba a los demás. Y eso ya es un logro. Vuela en paz, Yosi, que otros seguirán tu estela. Dios lo quiera.

     A Gaby sí la conocí, e incluso tuve el honor de dirigirla en alguna película. Una DAMA con mayúsculas. Serena, amable, educada, dulce. Todo un ejemplo de actriz a la que admirar. Ella ha sido una de las actrices que ha conseguido que se me saltasen las lágrimas trabajando. Intento recordar en qué película fue, pero sólo me viene a la memoria una escena en la que su personaje estaba en una cama del hospital, en estado terminal, y sus palabras surgían tan verdaderas, tan de dentro, que sentí cómo se me encogía el corazón. Así era Gaby. Una actriz pausada, suave, pero que hacía su trabajo desde lo profundo de su pecho. Que no se nos olvide tu verdad, maestra.

     Por eso, desde la rabia que da perder a dos personas que suponen el ayer y el mañana de mi profesión, sólo puedo decir DESCANSAD EN PAZ, COMPAÑEROS.


domingo, 7 de julio de 2013

Ayer te vi


     Ayer te vi por las calles de Madrid.
     Encendías tu sonrisa y arrastrabas un candil.

    Un sombrero blanco de brillos sin luz volaba entre las miradas perdidas de sueños a medio despertar. Contoneabas tus caderas al son de una música imaginada y bordeabas el tul rojo de la bailarina sin cisne. Seres de la fantasía en un paisaje de sensaciones ocultas, de humanos tras su cerveza, y alegrías consumidas por la sombra de una sombrilla.

     Ayer te vi y noté en tus ojos ese deseo de más excelsos escenarios. Sin paseantes de esquiva mirada y desdén molesto. Con cientos de ojos vibrando en la oscuridad. Tu sonrisa dibujaba círculos en el aire con venas de humo. Y saltabas, saltabas incansablemente en busca de tu luna de fulgores invisibles. 

     No sé cuánto de pequeño podías ser, pero aparentabas grande, sobre los zancos de difícil equilibrio. Caminabas acompasadamente en tu danza de momentos perdidos, de futuros de ilusión y de esperanzas sencillas.

     Y un guiño de tus ojos me contó un cuento sin argumento. 


 

viernes, 28 de junio de 2013

El alma acallada


     Hoy no puedo ser gracioso. Hoy la tragedia se ha adueñado del escenario de mi mente. Tragedia de gritos ahogados y luces apagadas. Leo y no quiero leer, escucho y no quiero dar crédito a las palabras, miro y no veo nada. Siento... ¿qué siento? Ya no sé ni qué siento, porque nos están estrangulando el derecho a sentir. Siento el vacío, el silencio de soflamas mímicas.

     Hace unos días cerró el Teatro Arenal, ahora cierran el Arlequín y el Garaje Lumiere. La pasividad de todos, ¡sí, voy a decir de todos y sálvese quien pueda!, está haciendo que personas que se arriesgan, que apuestan por la cultura, auténticos héroes en este erial cultural, tengan que ¿claudicar? ante la imposibilidad manifiesta. Hace unos días me pasó a mí con un espectáculo donde había invertido tiempo y esfuerzo sin límite. Pero el dinero sí que tiene límite, y si el público no juega se acaba la partida. Pero esto es otro cantar.

      A lo que iba. Si un pueblo no considera el teatro y la cultura como algo más, si sólo lo ve como entretenimiento para pasar el rato, mal vamos. Se nos tapa la boca para decir lo que pensamos, para gritar lo que denunciamos, para llorar lo que nos duele. Se nos calla el teatro. Nos apagan las luces de la razón, los brillos de nuevas ideas, el claroscuro del debate. Nos apagan los focos del teatro. 

     Y, entre tanto silencio y oscuridad, caminamos agasajados de entretenimientos vanos, sin pensar que vamos aniquilando nuestro espíritu, nuestra expresión, nuestra creatividad, nuestra voz.

     Un pueblo que no defiende su teatro ha perdido su empuje para luchar por ser escuchado. Y llega la pobreza de espíritu. De ahí pasamos a la pobreza crematística, que tanto parece doler. Pero lo uno lleva a lo otro. ¿Qué vas a defender si no haces nada por salvar tus pensamientos?

     Un impuesto de lujo para un artículo necesario estrangula la cultura. Vergonzoso. Pero hay que hacer algo. No sigamos impasibles. 

     ¡Vayamos al teatro!



  

miércoles, 26 de junio de 2013

La fobia del tachón



     Todos tenemos fobias.

    Yo tengo una que se remonta a mi más tierna edad, cuando estudiaba Cuarto de EGB. Sí, antes estudiábamos Educación General Básica, no ESO que estudian ahora. 

     Ocurrió que, como ampliación a mi aprendizaje de literatura, me dediqué durante todo el curso escolar a recopilar información sobre gramática, autores y corrientes literarias. 
     Hay que tener en cuenta que en aquella época no existían los ordenadores ni las impresoras de ahora. Para los que habéis usado máquinas de escribir (no eléctricas) sabéis que debías escribir con mucho tiento para no cometer un error que arruinaría toda la página. También había la posibilidad del Tipp-ex, pero esto ya era una chapuza. La página debía salir impoluta, o al menos, esa era mi idea.

     Pues, como decía, dediqué más de siete meses a escribir mi resumen y a ilustrarlo con fotocopias y dibujos sobre los autores y sus obras. Todo ello recogido en un libro de más de doscientas páginas de tamaño folio (sí, antes del DIN A4 se usaba el folio) a una cara que mandé encuadernar para darle un aspecto más esmerado.

     Feliz iba yo con mi obra terminada, cuando el profesor, en lugar de alentarme por el extraordinario esfuerzo, se dedicó a marcar con rotulador rojo, ¡rotulador rojo!, algunos errores que observó en mi trabajo. Así quedó mi pulcra presentación inservible y enguarrada. No se limitó a decírmelo verbalmente, sino que echó por tierra todo mi cuidado, sin ninguna consideración.

     De ahí me viene esta aprensión que tengo a los tachones que algunos se empeñan en hacer en lo que otros han invertido su esfuerzo y buena intención. Sé que es una sensación exagerada, pero los traumas tienen este efecto.

     Resulta muy fácil tomar el rotulador y tachar textos. Lo difícil es escribirlos. 

     Debo reconocer que aquel profesor resultó ser un gran político, por algo llegó a ser alcalde de una ciudad floreciente. Pero en mí dejó sus marcas de rotulador rojo y algunas lagunas en la asignatura de Ciencias Sociales e Historia.




 

jueves, 20 de junio de 2013

¿Hay algo detrás de la máscara?


     Llegaron y nos pusieron los uniformes, nos hicieron vitorear sus espectáculos, marcar el paso en la misma dirección, despreciar a los que se salían de la norma, establecer patrones y aversiones. 
     Vivimos felices en un mundo sin complicaciones. Donde Ellos nos guiaban y nos cuidaban. Donde Ellos nos entregaban celebraciones de júbilo y ritmos acompasados. 

     Nos colocaron cómodas máscaras en las que no era necesario dibujar el gesto porque el gesto que venía de fábrica era el gesto ideal. Y no había que esforzarse. 
     Teníamos sastres que nos hacían los trajes a la medida, bajo el patrón de un corte perfecto.  Y no debíamos preocuparnos por el estilo, el estilo venía establecido y era bienquisto de todos. Salirse de la moda era lo innoble.
     Nos encontraron motivos para entretener nuestra ira, en la construcción de banderas de solidaridad para eliminar las malas prácticas. Y ahí íbamos satisfaciendo nuestras necesidades de lucha.

     De pronto, nuestros antifaces nos ahogaban y los trajes se nos hicieron viejos e incómodos. Pero no teníamos capacidad para construirnos nuestro propio vestuario porque no sabíamos manejarnos sin una institución que nos sirviera vestidos, máscaras y pautas.

     Y nos íbamos asfixiando en aquellos disfraces por la incapacidad para dibujar nuestro propio rostro y por temor a la desnudez del que se sale del patrón. Esperando siempre a que fuese otro quien se arrancase antes la máscara.




domingo, 16 de junio de 2013

La carrera más dura


     En el dolor de una pedalada extenuante nunca has dejado de buscar tu meta a lomos de tu caballo de dos ruedas. Sin cejar en el empeño, sin dejar que el sudor empañase tu mirada, a cada giro de pedal, a cada roce de asfalto. Día a día y esfuerzo a esfuerzo, has luchado por el premio del podio. La lucha de quien no teme al sol ni a la lluvia en cada curva del recorrido, en cada etapa de la carrera.

     Pero un golpe cruel te ha bajado momentáneamente de tu bicicleta para cubrir un trayecto amargo en la competición de la vida. El ciclismo te ha hecho fuerte, tenaz y luchador. Y esa fortaleza de tus piernas ahora se rebela contra el brutal virus que pretende derribarte. 

     Esta es tu gran carrera, la carrera de tu triunfo, la carrera con la que demostrarás que un hombre está por encima de las dificultades. Y se pelea, cada día, con valor, con rabia, con toda la fuerza de alguien que ha moldeado su cuerpo con ese brío.

     Todos estamos a los lados de la carretera, dándote ánimos, empujando con nuestros deseos. Pero eres tú quien está pedaleando y apretando los dientes mientras escalas esta montaña. Etapa dura, pero que te llevará a la victoria. Esa victoria en la que levantarás el mayor trofeo que se puede lograr: el del hombre que ha ganado la batalla al cáncer.



      Dedicado a mi primo Rubén Cuesta que nos sirve de ejemplo a todos y nos demuestra qué es lo verdaderamente importante en esta vida.



sábado, 15 de junio de 2013

Barco de silencio



     Voy a construir un barco de silencio para navegar por las palabras turbulentas y los vientos del hastío. Arriaré sus velas para que no las destrocen los rayos de la envidia. Y bogaremos suavemente entre olas de mal sabor y las sacudidas de una tormenta de caras vueltas.

     Observaré atento desde el castillo de proa a las rocas traicioneras y, con un suave giro de timón, evitaré su envite. El girocompás y el catalejo estarán siempre preparados para asegurar el rumbo. Y les sacaré brillo con la delicadeza del vuelo de un cormorán que, sin detener su vuelo, desliza su saludo sobre las ensoberbecidas aguas.

     Si el sotavento ataca su endurecido casco, viraremos para mantener el rumbo. Mi barco no se dejará arrastrar por los temporales del rencor, los enfrentará sin algarada de cañones, con el destino firme.
     Con la sonrisa de su proa romperá el hielo de la frialdad, sorteando funestos iceberes y quebrando el azote asfixiante de los sargazos embaucadores.   

     Fondearemos en paisajes de cálidos colores y gratificantes frutos, cambiando por unos instantes su silencio por voces calmas de ternura. Y, de nuevo, saldremos a la mar, en pos de nuevas costas, nuevos alientos, nuevas emociones donde dar sentido a mi barco de silencio.  

     No es que mi barco sea pusilánime ni conformista, simplemente no quiere formar parte del ciclón iracundo.



martes, 11 de junio de 2013

A nadie le amarga un dulce. Ni un premio.



     De pronto uno recibe sorpresas como estas y, ¿por qué no decirlo?, se le infla el ego al saber que las palabras que lanza al viento de vez en cuando, son leídas y apreciadas por otros.

     Gracias a mi querido y admirado David García Vázquez que, llevado más por su cariño que por lo merecido de este reconocimiento, ha tenido la generosidad de nominarme para el premio "One lovely award". Es bonito recibir un premio, sobre todo sin buscarlo, y lo agradezco con toda la humildad del que no se cree merecedor de ello. 

     Este premio se concede entre bloggers y sirve para promocionar tus blogs preferidos y hacerlos más visibles para el resto de los humanos.

Cuando recibes una nominación debes hacer lo siguiente: - Agradecer a quien te ha nominado.  - Hacerte seguidor de dicho blog. - Responder a las 11 preguntas que te ha hecho el blog que te ha nominado. - Premiar a tus 11 blogs preferidos (si no son muy seguidos, mejor, por lo de la promoción) - Hacer 11 preguntas a esos blogueros que has nominado. - Informar del premio a tus nominados.

      En mi caso ha sido mi admiradísimo compañero David García, que con sus artículos hace disfrutar del teatro como si estuvieses sentado a su lado, quien ha querido darme este reconocimiento. Él sí que sabe escribir y mantener viva la atención por cada uno de sus artículos. ¿Cómo se puede escribir tan cercano y con tanta sabiduría como hace él? Cuando yo aprenda a hacerlo la mitad de bien, me sentiré satisfecho. No os lo perdáis, porque los que amáis el mundo del espectáculo os sentiréis reflejados, y los que todavía tenéis reticencias no entenderéis cómo os habéis perdido tantas posibilidades de disfrutar del arte.

     Estas son las preguntas que me hace David:
1- ¿Qué tiene un blog que no tenga una página web para que hayas elegido este medio?
Un blog es como un cuaderno de viaje, se escribe día a día y ahí vas plasmando de forma cronológica tus emociones, sentimientos y pasiones según te van surgiendo. No hay nada fijo, va cambiando como te va cambiando la vida y las vivencias. 

2- ¿Te inspiraste en algún otro blog o empezaste a tu bola?
Empecé a mi aire, aunque ya leía otros blogs y me gustaba la idea de soltar ideas al viento, para que estuviesen ahí, al servicio de quien las quisiera leer.

3- ¿Te parece bien la publicidad en los blogs?
No me molesta, aunque yo prefiero que el mío esté limpito, como mi mesita para poner el té a los invitados. Que no se aturdan con demasiados adornos.

4- ¿Te gusta que te dejen comentarios y dejarlos tú en otros blogs?
Me encanta, y lo veo incluso constructivo. Así sé cómo les han llegado a los demás mis ideas. Y yo también intento aportar mi percepción en los blogs de otros.

5- ¿Tiene algún significado el nombre de tu blog?
Sí, es justamente un diario porque, aunque no lo escriba a diario, cada vez que escribo recopilo ideas que me han ido surgiendo en el día a día. Y el pasajero soy yo, alguien que está por la vida de viaje, sin la idea de quedarme en ningún sitio fijo. Simplemente viajar por la vida.

6- ¿Por qué recomendarías tu blog?
No creo que vaya a enseñar nada a nadie. Pero quizá quienes entren pueden ver cómo es otro ser humano. Y conocer los pensamientos de otros, por muy descabellados que sean, nos ayuda a comprender a los demás.

7- ¿Qué te aporta personalmente el hecho de escribir en tu blog?
Sobre todo, aclarar mis ideas. A veces las ideas están en la mente pero sin orden ni concierto. Cuando me pongo a escribirlas parece que se organizan en mi cabeza.

8- ¿Te presionaría ver que de la noche a la mañana suben tus visitas de 100 a 1000?
No. No es mi objetivo conseguir un top-blog. Ni me asusta ser leído por mucha gente, porque lo que escribo es sincero y no me escondo de ello.

9- ¿Te preocupa ofender a alguien con lo que escribes?
Sin duda. Porque no es mi objetivo. En todo caso, cuando plasmo ideas que pueden ser contrarias a lo que opinan otras personas, lo único que pretendo es compartirlas, para que cada cual piense lo que mejor le parezca. A veces puedo ser radical, pero como reflejo de lo que soy no con la pretensión de ofender.

10- ¿Planificas lo que vas a escribir o te dejas llevar por la inspiración?
Suelo dejarme llevar por la inspiración. Abro una entrada, escribo unas palabras y dejo que fluyan las ideas. Hay veces en las que, por algo que me ha pasado, me paso el día pensando "tengo que escribir sobre esto". Pero luego puedo escribir sobre eso o sobre algo que se me ocurre en el momento.

11- ¿Quién te gustaría que se hiciera seguidor tuyo?
Todo el que sepa perdonarme mis desvaríos.
 
Y a continuación mis once preguntas para mis nominados.
1- ¿Qué te impulsó a crear un blog?
2- ¿Por qué elegiste el nombre que tiene tu blog?
3- ¿Sigues una línea concreta en cuanto a estilo y contenidos?
4- ¿Te planteas un público concreto como destinatario de tus textos?
5- ¿Qué importancia das a las imágenes en tu blog?
6- ¿Qué crees que puede aportar tu blog a los lectores?
7- ¿Escribes directamente para el blog o utilizas artículos que has escrito antes?
8- ¿Sigues algún sistema para promocionar tu blog?
9- ¿Crees que tus escritos pueden influir en la opinión de los lectores?
10- ¿Qué importancia tiene la actualidad en las entradas de tu blog?
11- ¿Con qué frecuencia lo actualizas?


Mis once nominados son:

1- Desde el patio. El arte visto por un artista sin pelos en la lengua.
2- Alfredo Cernuda. Un poeta sencillo y profundo.
3- El lugar de las cosas invisibles. La sensibilidad de una maestra.
http://luzolier.blogspot.com.es/  
4- La voz de Jos. Un apasionado con una gran voz.
5- El aprendiz. Una ser humano sensible con mucho que decir.
6- Rosario Curiel. La belleza en la palabra.
7- La perra de Kenia. El saludo de un gran comunicador.
8- Theharmenpath. Un genio en estado puro.
9- No me actúes. El artista.
10- Amparo Pamplona. Sensibilidad de mujer.
11- Una butaca con vistas.  

lunes, 10 de junio de 2013

Andén de diario

     Si en el banco de una estación me ves sentado en una noche de niebla, no pienses que me perdí. Quizá me senté a esperar el tren que nunca llega. 

     Y camino despacio saboreando la calima mezclada con el humo de un cigarrillo que se consume entre los dedos. Voy ligero de equipaje, pero poco más necesito. De vez en cuando, me siento al final del andén a ver los trenes llegar y veo cómo sus luces se hacen pequeñas cuando parten de nuevo. Ayudo a una señora a subir las maletas a un nuevo tren, mientras algunos viajeros ensimismados tropiezan conmigo. Escucho el soliloquio del hombre que espera desesperado una llegada que nunca llega. Esquivo la mirada de un vigilante que observa cada uno de mis movimientos. Y enciendo otro cigarrillo.

     No sé qué tren espero, pero sé que soy parte de esta bruma, de este aire, de esta humedad que cala los huesos. El traqueteo de las ruedas en los raíles se ha convertido en una banda sonora que, por instantes, parece convertirse en latidos de mi corazón. 

     Pasan las horas, los días, los años... y sigo aquí. O quizá no sea la misma estación, pero la niebla, el humo, las luces que se acercan y se alejan como el vaivén de la vida, me recuerdan que soy el mismo. 

     Siempre a la espera de un nuevo tren. 




sábado, 8 de junio de 2013

La botica de la razón


     Tengo unos estantes llenos de frascos de palabras. A veces las tapas se quedan bloqueadas por el paso del tiempo y cuesta destaparlos. Es mi botica de la razón. Mi día a día se condimenta con las palabras que de ahí salen. Preparo brebajes, ungüentos, elixires y todo tipo de tisanas.

     Para las pastillas de mal sabor me dijeron de un buen método para hacerlas más digeribles. Pero no me sale. Me aconsejaron calentar un poco de azúcar hasta hacerlo líquido, y entonces, verterlo sobre las grajeas hasta conseguir recubrirlas del caramelo dorado para evitar que al tragarlas notemos su amargo sabor. Pero no me sale dorar la píldora. Tendré que aprender.

     También hay veces en las que destapo algún envase y me encuentro con palabras caducadas. No hay más remedio que deshacerse de ellas. Podrían contaminar a las demás.

     En otras ocasiones debo hacer pócimas realmente intensas para calmar algún dolor o servir de antídoto a algún veneno. También tengo ingredientes para eso. Dependiendo de la concentración de cada componente la mezcla surtirá un efecto más o menos inmediato y los efectos secundarios varían. Pero suelen funcionar.

     Reconozco que no suelo abusar de los sabores amargos, pero cuando no hay más remedio también forman parte de mis pócimas. Aunque los edulcorantes dan buen resultado.

     Así, día a día, voy preparando las recetas que mi voluntad me va pidiendo. Reponiendo por medio de la vida cada envase con palabras de las más diversas procedencias. 

     No tengo horarios en mi botica de la razón pero, de vez en cuando, cierro para descansar. Pueden venir cuando quieran.

     Buenos días, ¿qué le pongo?



viernes, 7 de junio de 2013

Curado de espanto y enfermo de indignación.


     Me he encontrado, a lo largo de mi vida, con situaciones de todo tipo. Por mi edad pienso que ya estoy curado de espanto. Pero de lo que no estoy curado es de la injusticia. Injusticia, fascismo y tiranía. Enfermedades que me producen tal sarpullido que me rebelo, me erizo y me convierto en un monstruo desconocido. Del tipo Godzilla. 

     Los que nos hemos tenido que ganar el puesto a pulso, día a día, y con el sudor de nuestra frente y nuestras neuronas, tenemos la mala costumbre de exigir el correspondiente respeto. ¿Soberbia? No, justicia. 

     Y empiezo a cagarme en los muertos de los mafiosos de cierta empresa que no tienen en cuenta que trabajan con seres humanos, sino con máquinas. Sinvergüenzas y desalmados. Les hablas de enfermedad y, en lugar de comprenderlo y dejar que te recuperes, te masacran a llamadas produciéndote un estrés que acaba agravando tu malestar. Son capaces de joderte la vida cuando les pides organizar tu trabajo para poder ir a ver a un familiar. Si reclamas algo te amenazan con "pues eso va a tener sus consecuencias". Te menosprecian haciéndote creer que, como director, no tienes ni idea de hacer repartos ni de interpretación. Destrozan tus guiones con correcciones de personas que demuestran tener la sensibilidad de una chufa. Te eliminan de repartos por el artículo "me da la gana" o el epígrafe "castigo". Cuestionan tu propia capacidad como actor después de casi treinta años de profesión. Denigran la honestidad de compañeros para convencerte de que eres el único que pretende obrar con ética. Niegan la posibilidad de potenciar a futuros actores, si no han pasado antes por caja y pagado la gula que la empresa establece: dícese ir a su propia "academia". Se permiten negar el trabajo y hablar con desprecio de un compañero por el simple hecho de que "no lo conocen" o "nunca ha trabajado aquí". Incluso mienten a sus clientes para quitarse de encima a algún trabajador quisquilloso. Y más y más... Todo ello encubierto en buenas palabras que no se corresponden con sus actos.

     Así, apoyados en la idea de que, o acatas sus dictados o no trabajas, te sueltan lo de "aquí lo que importa es sacar el trabajo". Y la parte artística es secundaria.

     Por todo esto, aunque estoy curado de espanto, no me curo de esta panda de fascistas. Que el infierno os guarde la marmita que merecéis. Por mi parte, no estaré cerca de vosotros cuando venga Pedro Botero.

     Y, aunque muchos de los que lean esto ya sabrán a qué empresa de doblaje me refiero, no citaré su nombre. Porque soy mucho más inteligente que eso.



miércoles, 29 de mayo de 2013

Estados de ánimo



Unas veces me siento
como pobre colina
y otras como montaña
de cumbres repetidas.

Unas veces me siento
como un acantilado
y en otras como un cielo
azul pero lejano.

A veces uno es
manantial entre rocas
y otras veces un árbol
con las últimas hojas.
Pero hoy me siento apenas
como laguna insomne
con un embarcadero
ya sin embarcaciones
una laguna verde
inmóvil y paciente
conforme con sus algas
sus musgos y sus peces,
sereno en mi confianza
confiando en que una tarde
te acerques y te mires,
te mires al mirarme. 

                                                                       Mario Benedetti

domingo, 26 de mayo de 2013

Para esos momentos


     Llora, princesa, llora si es lo que tu corazón te reclama.      

     En las nubes pintaremos un te quiero con el humo de nuestros alientos. Escribiremos palabras deformes para dar forma a la vida. Sacaremos a pasear el perro de dientes afilados y caricias calientes. Jugaremos a la ambigüedad del salón de te. Nuestras carcajadas serán la medicina para aliviar injusticias de vida. En cada desvarío quedará impregnada una gota de amor. Hablar por hablar, desahogarse del trago amargo de la vida. Y mirar al cielo suplicando la felicidad de quien tantos cuentos dibujó con su sonrisa. 

     Llora, princesa, llora para limpiar angustias que los demás comprendemos. Y desde nuestras locuras al aire, buscaremos tu calma. Mañana reirás con nosotros, disfrutarás con nosotros, porque siempre estaremos esperando. 

     Mañana volverá a brillar el sol y tú con él. Y hoy, dos latidos de cada cuatro de nuestro corazón, son para tí.



lunes, 20 de mayo de 2013

Ese niño cabezota


     Lo de ser cabezota no se aprende, yo creo que siempre lo he sido. Dicen que es porque soy tauro, pero yo creo que es porque soy torpe y cuando consigo subirme en el burro no hay quien me apee. Ya me lo decía mi madre cuando subía y bajaba las escaleras a todo correr: "te has empeñado y algún día sacas la cabeza por la ventana". La ventana era una que había hacia la mitad de la escalera. Gracias a mi insistencia comprobé que los cristales también se pueden atravesar. Se quedan hechos añicos, pero atravesarlos, se atraviesan. Os lo aseguro con conocimiento de causa.

     Y esa cabezonería me ha acompañado toda la vida.

     Recuerdo algo que me ocurrió en 5º de EGB (en mis tiempos no había... ESO). A mi me daba por comprender las cosas más que por estudiarlas sin más; como ya he dicho antes, debido a mi torpeza e inutilidad como memorizador. Y así aprendí el tema de la electricidad. Aquello de que pasaban electrones de un átomo a otro y de ese modo se producía la corriente eléctrica. Según el libro de texto que utilizábamos en aquel curso, la corriente pasaba del polo positivo al negativo. Craso error el de aquel libro. No por el dato equivocado, sino por haberse puesto delante de mí. Porque yo no me iba a conformar. Y así se lo hice saber a mi profesora doña Ele (el nombre era más feo que ella, porque era mi amor platónico, como suele pasar con las profesoras). Le argumenté que si la corriente eléctrica eran electrones, éstos debían salir expulsados de donde había exceso de ellos, o sea, del polo negativo. Como puede deducirse, yo no era nadie para cambiar algo que aparecía en el libro. Así que me tenía que resignar. Pero eso no iba conmigo.

     Y apareció la preguntita de marras en un examen. 

     Ni corto ni perezoso, ni conforme y cabezón, mi contestación fue "El libro dice que la corriente eléctrica sale del polo positivo hacia el polo negativo. Pero está mal. Lo cierto es que salen del polo negativo en dirección al polo positivo."  Y la señorita Ele me calificó con un 4,5 a pesar de haber contestado correctamente a las demás preguntas.

     Pude ratificar, años después, que mi hipótesis era la correcta. Lástima no haber tenido Internet por aquel entonces.

     Pero suspendí aquel examen. Y me traumatizó hasta tal punto que, aún hoy, mi cabezonería me hace pensar que lo más importante es tener fe en los propios conceptos e ideas

     Gracias, doña Ele.
     




domingo, 19 de mayo de 2013

Mi viaje a Ítaca




     No me reiré como de mí se rieron, pero veo los trozos pasar y no siento lástima. Ni haré leña del árbol caído aunque conmigo se hicieron hogueras. Sólo lamento que cuando descubra arrodillada alguna cara de los que de mí se mofaron no sabré qué decir.

     La vida marca los ritmos y sólo hay que saber esperar con la cabeza alta, cuando sientes que la injusticia se cierne sobre ti. No perder jamás la dignidad y, ante afrentas y desdenes, creer en la propia verdad, a pesar de descréditos y rechazos.
     Ya lloré, ahora no hay lágrimas. Ya caí, pero me levanté enseguida. 
     Seguí navegando, a pesar de las tormentas, sin miedo a salir a la mar en una pequeña barcaza. Con muchas lanchas empecé travesías hasta tener un velero de tres palos. Y disfruté en cada uno de los viajes. 

     En algún tiempo pensé (defecto muy humano) en la venganza o el contraataque. Sí, no puedo negarlo. Pero fue tiempo perdido. Ahora, a toro pasado, veo que el tiempo que desperdicié en esa idea sólo era un freno para llegar a mi meta. Suerte que no fue demasiado.

     Sigo mi viaje a Ítaca.



sábado, 18 de mayo de 2013

El jardín de Utopía

  
    Quiero construir un jardín con corales donde los lamentos reposen sus pies cansados y se calienten con el abrazo de una palabra sin desgastar. Donde canten los grillos del recuerdo repiqueteante. Donde los pájaros del amor hagan nidos con pequeñas ramas de consuelo. Donde se crucen los arroyos de la amistad en cascadas de escalofríos espumosos. Donde las fuentes rían amarguras y alegrías desde el manantial del cariño. Donde una estrella de mar salude a sus hermanas del cielo y bailen una armonía de comprensión entre parterres de flores ardientes. Donde las rocas apoyen el tronco herido de una encina de hojas desprendidas. 
     Donde la oscuridad no impida sentir todo su esplendor y baste cerrar lo ojos para sumarse al gran festejo. 
     Y plantaré lealtades de pétalos morados, enredaderas de ánimos, sonrisas trepadoras y setos de generosidad. Lo regaré con sueños y lo protegeré de las plagas abonándolo con fe y confianza, que he oído que son fertilizantes únicos y efectivos.

     Creo que puede ser un hermoso jardín, aunque sean años los que tarde en florecer y haya que seguir cuidándolo día a día para que no pierda su belleza.


viernes, 17 de mayo de 2013

Soy ser


     Si quieres saber quién soy no mires mis pasos, mira mis ojos.
     En la punta de los dedos sostengo todo mi ser. 
     Y poco más que una brizna de polvo que vuela a cada instante, se desvanece y vuelve a caer. 
     Imperfecto como el silencio que aturde o la mañana que no llega. 
     Sutil como una caricia que no me roza.
     Lejano como el aire que me envuelve.
     Efímero como una gota de lluvia.
     Herido como la palabra ahogada entre los dientes.
     Oscuro como el eco de un rayo.
     Centelleante como un cristal clavado en la tierra.
     Simple como la espuma de un río que, movida por la corriente, se desvanece en un remolino.
     Tan pequeño como la flor de la manzanilla que brota en un campo de amapolas.
     Mi brillo no es de bala de fusil, ni mi sonido es el azote de un látigo.

     Y a cada paso, perdido, sentido, olvidado. Haciendo el camino.
   

miércoles, 15 de mayo de 2013

La puerta cerrada


Una maleta de sueños y un traje de olvido.
La puerta se cerró con un crujido.
La ventana aún abierta, hizo volar los visillos.

Sin mirar atrás, sintió en sus huellas el frío.
Mordió en sus labios un quejido.
Y se nublaron sus ojos por lo que pudo haber sido.

De tantos pasos y momentos construídos
una cama deshecha es testigo.
Gratitud y cariño volaron al aire de estío.

Vio la casa derrumbarse a la sombra de un suspiro.
Nadie pintaba sus muros, nadie regaba su tilos.
Alacenas y bodega agotaron el pan y el vino. 

Huyó del recuerdo, se embozó en su abrigo
y con la vista hacia el frente continuó su camino.





sábado, 11 de mayo de 2013

Tallo feo, verdeoscuro, de hojas diminutas.


     No era un tallo cualquiera, era feo, verdeoscuro, de hojas diminutas. Y había decidido brotar al borde de un camino, justo donde la curva hacía girar a los paseantes. Solitario y desprotegido nadie reparaba en él. Pisada a pisada sufría la desconsideración de los que no veían en él más que un vulgar hierbajo. El tallo feo, verdeoscuro y de hojas diminutas volvía a renacer de sus pequeños brotes empeñado en superar la dura prueba que le había tocado vivir en aquel recodo del camino.
     Hasta que un día un niño lanzó una piedra que fue a caer justo encima de él. Sintió el impacto de la roca pero no pudo hacer nada más que aguantar e intentar asomar su retoño, esta vez verdeclaro, por un lado del guijarro. Poco a poco fue rodeando la piedra y haciendo renacer nuevas hojas, verdeoscuras como el atardecer. 
     Al cobijo de la piedra nadie dejaba su huella en aquel rincón del camino. El tiempo iba pasando en sosiego de aquella senda. Y el tallo feo, verdeoscuro, de hojas diminutas, fue creciendo hasta convertirse en un gran roble que extendía sus brazos hacia el sol y observaba serenamente la curva del camino que, ante su majestuosidad, se había desplazado unos metros más allá.

     Así, el tallo feo, verdeoscuro, de hojas diminutas, llegó a ser el cobijo de paseantes que se aliviaban del sol y la admiración de todos.




viernes, 10 de mayo de 2013

La chova andorrera


     En mi continua búsqueda de dichos, retruécanos, chascarrillos y aforismos del pueblo, recuerdo uno que oí decir muchas veces en mi tierra toledana. "Va siempre como el cochino San Antón". No era una alusión a la limpieza, no penséis mal. Se referían a quien, como perrito sin amo, andorreaba continuamente. Andorrear, qué interesante palabra también.

     A lo que íbamos. El término "cochino San Antón" viene de una tradición que, según creo, ya no se estila. Estilar, otra palabra en desuso del vulgo. Y vulgo, otra más. 

     Retomo, que me desvío. En algunos pueblos había la costumbre de tener un cerdo de propiedad comunal al que se encargaba de dar de comer todo aquel que tenía algo que ofrecerle. El gorrino deambulaba durante todo el día por las calles del pueblo como un ciudadano más, parándose en la casa en la que le ofrecían algo de pitanza y viviendo a cuerpo de marrano. Únicamente preocupado de engordar. En algunos municipios el puerco se hacía su propio cobijo para la noche, pero en otros, se le abría la cochiquera de la casa que le pillaba más a mano al llegar la noche. Así iban pasando sus días, con una existencia libre entre los lugareños y adquiriendo esa fama de errante. Hasta que, cebado lo suficiente, se organizaba la matanza de la que disfrutarían todos vecinos. 

     De modo que, al igual que el puerco de vida callejera, aquel que se pasaba todo el día en la calle e ir sin rumbo era tildado de ser "como el cochino San Antón".

     Pues resulta que me han contado que ahora en mi pueblo no se ha perdido del todo la tradición y tienen un animalito que se pasea a sus anchas por todas partes, comiéndose bocadillos de colegiales, posándose en ventanas e incluso en el pelo de alguna señora espantada ante su visita. Una chova de refulgente pico rojo y negro plumaje. 

     ¿Se impondrá la costumbre de la Chova San Antón?    




martes, 7 de mayo de 2013

El yo de mi sombra


     Poco más que una sombra, eso somos.

    Arrastramos nuestra gallarda figura que se distorsiona al paso de cada uno de los badenes del camino. Pero que, como respuesta a cada uno de nuestros pasos, va tomando formas sinuosas dependiendo del punto de vista del observador e incluso del nuestro.
     De vez en cuando nos vemos en la lisura de una pared y creemos que esta es nuestra imagen, esbelta, tersa, perfecta. Pero ni esta es la realidad, porque todo depende de la luz que nos ilumine.
     Y así deambulamos buscando una pureza que sólo está en lo que somos. Y con lo que somos vamos proyectamos nuestro perfil dependiendo del punto de vista, de la luz, e incluso, del lugar donde se pose.

     Esa sombra que, el día que nuestro cuerpo nos abandone, sólo vivirá en el corazón de quienes la contemplaron, la sintieron, la odiaron y la amaron.

     Esa sombra que, en su imperfección, deja su huella efímera en cada recodo del camino. Y, en el momento íntimo en el que mi cuerpo se apoya para descansar, se funde en mí y somos uno, sombra y yo.