sábado, 20 de julio de 2013

Aquella libertad


     Dejo de creer en la libertad cuando la consigna es "no hables por si acaso". Cuando el silencio se convierte en nuestro idioma y el miedo nos impide salirnos del camino ya trazado. Cuando nuestra única voz son los pasquines que antaño se preparaban para espacrcir por las calles o pegar en las paredes y hoy difundimos por la red o pegamos en muros virtuales.

     No creo en la libertad que nos obliga a custodiar el arma del opresor a cambio de un plato de lentejas aguadas. Que nos hace girar la cabeza a ambos lados antes de dar una opinión por el temor a quíen lo pueda escuchar.

     Desconfío de la libertad que nos impulsa a revestirnos de dignidiad y acatar dictados para no salirnos del rebaño. De la que nos hace decir lo que se espera de nosotros por el pánico a exponernos demasiado.

     Tengo poca fe en la libertad que precisa de adeptos para expresar una idea. En la que cataloga la valía de las palabras por el color de los labios que las pronuncian.

     Por eso, porque no soy de los que busca "nadar y guardar la ropa", prefiero la libertad desnuda que se lanza al río sin hipotecar su movimiento a la necesidad de proteger su vestido. 

     Y confío en la libertad que encuentra la satisfacción en la mera razón de actuar libremente.


4 comentarios:

  1. ¡Muy bien, Eduardo! Estoy contigo.

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  2. Y en esa libertad es en la que yo también creo.

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  3. hola eduardo, me gustó tu texto, aquí t envío another poem from pucela. TV.
    EL RENGLÓN TORCIDO DE dIOS (creo en la libertad del que calla sin otorgar)
    Las sienes del amor
    Respiran por branquias en el charco
    Están cansadas de orfidal
    Y proclaman a los tres vientos que beben sin descanso
    Sueñan poetas de día
    Y al caer la noche comen el vidrio de tus tripas sin contenedor
    Escupen tiempos raídos traídos vividos
    Lucen talla S y no reciclan folios blancos
    Se humedecen al contacto de las sábanas bajeras
    Lucen minifalda y corpiño recordando una adolescencia que escuece
    Se afeitan las piernas en invierno y huelen a coro de iglesia
    A veces se atreven a descomponer letras y construir collares de coral
    Viven solas en el ático sin ascensor esperando que el viento las fulmine
    No desayunan café ni magdalenas de Proust
    No sed
    No luz
    Cargan contra las veladas literarias y las alcobas sin cortinas
    Sueñan otra vez que no se sueña
    Viven sin descanso
    Y respiran por branquias en el charco

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  4. Gracias. Me ha encantado tu poema, pucelana.

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