sábado, 16 de enero de 2010

Ser o... no dejar de serlo



     Ir al teatro es una aventura que no tiene comparación con ir al cine o ver la televisión, aunque ésta última, por la proximidad con todos, a veces sea el escaparate para actores que gracias a ella pueden llegar a "tener cartel". No es que yo esté muy de acuerdo con que haya que ser "conocido" para ofrecer un espectáculo de calidad. Pero el mercado es así, y lo acepto mientras eso lleve espectadores al teatro.

     En el caso de "Ser o no ser" la combinación cumple las expectativas, y ofrece un montaje para disfrutar y para seguir amando el mundo de la escena.

     Quizá muchas referencias queden ocultas para el espectador de calle, pero los guiños al mundo del teatro, hacen que para los que nos dedicamos a esto sea una montaña rusa de imágenes y detalles que no dejan de aparecer durante toda la obra. Me recuerda a mis tiempos de chavalillo, cuando leyendo tebeos siempre buscaba en los rincones de las viñetas al ratoncillo fumando, o el gato haciendo pesas... Infinidad de pequeños detalles que hacían de cada cuadro un conjunto completo y perfecto.

     De entrada la escenografía cumple con su cometido (difícil dados los precedentes de la película de Lubitsch) llevándonos de un espacio a otro sin aparatosos artificios. Hay momentos en los que dudas de si estás viendo una película o los actores están ahí. La iluminación y el sonido son sencillos pero efectivos. Recargarlo más hubiese sido distraer la atención de la comedia para la que están diseñados. Con un sonido sencillo pero efectivo. Por buscarle un pero yo hubiese situado algunos sonidos en lugares determinados del escenario. Como los diálogos que surgían de las proyecciones, que podrían haber salido de detrás de la pantalla dando una efecto más compacto del conjunto puesto que a veces se encadenaban las grabaciones con la imagen real de los actores.

     Y llegamos a la pieza fundamental en el teatro... los actores. Sé que se han hecho experimentos sin actores y que en un espectáculo de hoy en día todo cuenta. No es mi intención, ni mucho menos, menospreciar la importancia de la parte técnica, como no minimizo la necesidad de cualquier faceta de la producción. Pero yo soy de la opinión que es suficiente con que haya un actor para que se pueda realizar el acto teatral. Un simple artista en un parque ante un público eventual ya es teatro.

     Pero lo que quiero hacer constar es que "Ser o no ser" está plagada de actores haciendo su cometido de un modo brillante. También hay alguna sombra, como Amparo Larrañaga, que parece tirar de recursos para ofrecer un personaje demasiado indefinido e irreal ante la batería de genios que tiene a su alrededor. Pero creo que esta circunstancia queda minimizada por los magníficos compañeros que la arropan en escena.

     ¡Qué decir de mi amigo Jose Luis Gil! No descubro en él nada que no supiese: que es un derroche de talento y tiene una gracia innata que empapa cada cosa que hace. Su dominio de la voz no tiene discusión, conociendo cada inflexión hasta exprimir un texto en sus más sutiles intenciones. Y su control físico, con sus caras y sus gestos, acompaña en sus pausas y sus miradas a un diálogo tan bien escrito que no hay recoveco del texto que pase desapercibido. Eso es lo que desencadena tal interés en el público, que casi espera deseoso cada una de sus apariciones en escena. Intervenciones tan hilarantes en ciertos momentos que las carcajadas del público fuerzan al obligado "frenazo" en escena para que los espectadores no se pierdan la siguiente acción. El maestro Gil tiene esa capacidad para encandilar al espectador y la generosidad de entregarse al ciento por ciento en escena (aunque trabajar por la mañana en la serie de televisión y por la tarde en el teatro lo tenga agotado, como me reconoció después).

     En cuanto al resto del reparto, no puedo decir sino elogios. Su entrega y respeto por cada uno de sus personajes hacen que compongan un cuadro lleno de matices y detalles magistrales.

     He visto momentos desternillantes.
     Como, por ejemplo, los dos actores que luchan por ser considerados dentro de la compañía y en el mundo de la escena. Con ese texto de ‟El mercader de Venecia” (tan acorde con el sufrimiento judío ante los Nazis) repetido hasta la saciedad, como una muestra de la obsesión de estos actores por conseguir su sueño de interpretarlo: "Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?".

     O la escena anterior a cada monólogo de Hamlet, donde los dos actores se marcan sendos personajes en los que representan al actor demasiado metido en su papel y al actor que suelta el texto sin ningún interés. ¡Qué divertida cada una de las versiones que hacen, en el transcurso de la obra!

     Bastantes actores de los que intervienen son reconocidos por sus trabajos en televisión, pero lo que para mí importa realmente en esta obra es cómo se dejan la piel y el corazón en escena para hacernos volar y divertirnos como hacía tiempo que no me reía en el teatro.

      Podría estar horas contando detalles de lo que he visto, pero sirva esto como apunte para que quienes queráis disfrutar del teatro tengáis una referencia de algo digno de ver.


viernes, 8 de enero de 2010

El sonido del recuerdo



     Sonidos, olores y lugares nos transportan a otros tiempos añorados y nunca perdidos del todo en la memoria.

     Ha transcurrido mucho tiempo desde que un hombre, al que siempre agradeceré el haberme inyectado este veneno del teatro, me ofreció unirme al grupo de teatro del que era director tras compartir con él los micrófonos de una radio libre (aunque también la llamaban pirata en aquella época). Eran los tiempos de Radio TU; "tu radio" como decía nuestro eslogan.

     Aquello era un teatro pobre, no sé si como el del Grotowski, aunque pobre y sencillo sí que lo era. Pero tenía todos los alicientes para inocularnos la savia del amor por la interpretación. De la mano de Roberto conocí a mis compañeros, me hice amigo de ellos y vivimos momentos de ilusión y de conocimiento de un mundo que nos encandilaría hasta el punto de convertirlo en nuestra profesión. No en vano, muchos de aquel elenco forman parte de la élite de actores de doblaje de nuestro país. Fueron sábados y domingos metidos en el colegio Pio XII, creando y recreando obras para luego representarlas con unos sencillos soportes con ocho bombillas de colores haciendo de sistema de iluminación, y unas cintas de cassete que requerían de mucha habilidad para que los efectos sonasen en el momento oportuno.  Hasta el equipo de sonido había que desmontarlo de casa del director para llevarlo a ese espacio donde, con sillas plegables, convertíamos en teatro una casa de la cultura que disponía de escasa o casi nula equipación para tales menesteres. Todo tenía un aspecto tan artesanal que aprendimos desde abajo los fundamentos de este oficio de actor.
     Tampoco puedo olvidar las tardes en casa de nuestro director, donde siempre nos acompañaba la banda sonora de "Los Diez Mandamientos" a modo de introducción al estudio de obras y personajes. Y de sus largas charlas donde aprendíamos no sólo interpretación, sino a respetar y adorar este oficio. Aquella música nos sirvió para hacer algún chascarrillo porque de tanto oírla casi entrábamos a la casa tarareándola. La orquesta de "El Cid" también realizó bastantes bolos en aquella plaza. 

     Años después, este mismo director me propuso dedicarme al doblaje porque escuchó una grabación que hicimos jugando algunos de los componentes del grupo. Con el miedo y el respeto que produce entrar en el mundo profesional, accedí a ello y puse todo mi empeño en prepararme para lo que luego ha sido mi forma de vida. Ayer se cumplieron 23 años del día que hice mi primer trabajo profesional en doblaje. El gran regalo de Reyes que recibí el 7 de enero de 1987.

     La vida nos ha hecho surcar, tanto a mi maestro como a mí, mares de alegrías, tristezas, encuentros, desencuentros, etc. Pero nunca (aún en los períodos de no hablarnos) se ha apagado la llama del cariño entre nosotros.

     La ironía del destino hizo que ayer, 7 de enero, volviéramos a coincidir mi maestro y yo en una sala de doblaje. Pero esta vez era yo quien dirigía y él quien estaba a mis órdenes. Y recibí el regalo más hermoso que recuerdo en muchos años. Roberto sacó de su bolsillo un CD y me dijo "toma, Eduardito, esto está descatalogado, pero quiero que lo tengas". Era la banda sonora de "Los Diez Mandamientos".

     Me regaló un pedazo de nuestra vida pasada.

     Gracias, MAESTRO.  


miércoles, 6 de enero de 2010

La crisis del trabajo



     Cuando la crisis afecta al bolsillo la sociedad se echa las manos a la cabeza, pero hace más tiempo que sufrimos otra crisis: la de la profesionalidad. No sé si una es efecto de la otra, pero sin duda, difícil es acabar con una mientras exista la otra. Pongan ustedes las cifras de la ecuación en la parte del enunciado que más les convenga.
     Al hablar de crisis del trabajo me refiero a la crisis de profesionales. En muchos casos se ha sustituido al profesional por el trabajador. Interesa más una persona que "saque" un trabajo que un profesional que "realice" un trabajo como es debido.
     ¿Quién no ha ido a comprar un electrodoméstico y el "despachador" (no se merece otro nombre) no tenía ni idea de qué le hablabas? ¿O quién no ha ido a tomar una copa y más que servírsela como corresponde a un camarero se la han puesto como el que echa de comer a un pollo? O el famoso dicho del albañil, que lo primero que comenta es "¿quién ha hecho esta chapuza?" para encubrir las posibles ineptitudes que le pueden surgir en el trabajo, porque se escudará en "no hay quien arregle este desaguisado".

     Falta profesionalidad, auténticos profesionales que realicen su labor con dedicación, preparación y entrega. Hemos convertido el trabajo en una esclavitud que nos tiene secuestrados durante unas horas que luego son pagadas con más o menos generosidad. Generalmente con menos generosidad; a fin de cuentas no habría que dar muchos pasos para encontrar a otro que pueda hacer exactamente lo mismo.

     Es triste entrar en esa rueda donde el único aliciente es terminar el horario laboral para entregarse a un ocio muchas veces poco gratificante pues no se tiene costumbre de ser creativo y activo. Comprendo que algunos pueden considerar que es cómodo y quizá vital aprobar unas oposiciones para convertirse en funcionarios y rellenar siempre los mismos formularios según las mismas normas y en el mismo horario. Pero estas personas pierden un poco de su parte humana cuando se convierten en meros ordenadores que ejecutan su labor según unas pautas marcadas y, cuando les sacas de lo común, no saben hacer frente a las variables que desconocen.

     ¡Cuánto echo de menos aquella tienda de fotografía donde podías pedir "un filtro para que suavice los reflejos de las superficies pulidas" y te traían las distintas posibilidades! Ahora como no pidas un "filtro polarizador" no se esfuerzan ni en saber a qué te refieres. Como cliente no tienes por qué saber más de sus productos que el profesional que se dedica a ello. Dentro de nada habrá que decirles hasta en qué parte del almacén lo tienen guardado. 

      Esta sí que es una crisis difícil de resolver. 



lunes, 4 de enero de 2010

En ocasiones oigo frases



     Resulta curioso y, ¿por qué no decirlo?, halagador cuando descubres que algunas expresiones que tu mismo te has inventado pasan a formar parte de el uso o se convierten en populares.

     Es la ventaja que tiene el escribir guiones, o adaptarlos en mi caso. El guión cinematográfico llega a muchos espectadores, y así de forma subliminal, sus frases empiezan a formar parte de nuestra vida.

     Recuerdo que en los años ochenta había una expresión muy habitual en las pantallas de cine y que, en algunos casos, hay personas que la siguen considerando normal: el "jodido" lo que sea. Lo eran las puertas, los teléfonos, los lápices... todo era fornicado. Siempre he creído que se podía estar así, pero veía difícil que se fuera eso, y más los objetos inanimados. A mi modo de ver tenemos expresiones castellanas que pueden sustituir a esa traducción literal del "fuck" inglés. Puñetero, por ejemplo, o para darle mayor énfasis "puto". Por suerte esa tendencia ha disminuido y ya son menos objetos los que son víctimas de esta práctica sexual.

     Otra de las expresiones que siempre me han producido cierto escalofrío al oírlas es el "¿te encuentras bien?" a una persona que ha sido tiroteada, ha tenido un accidente o se ha caído de un puente. Bien, lo que se dice bien, seguro que no se encuentra, después de semejante acontecimiento. Se le puede preguntar si "se le está pasando", si "está herido", si "le duele mucho", si "puede aguantarlo"... pero preguntarle si se encuentra bien es una total falta de sensibilidad. Evidentemente NO SE ENCUENTRA BIEN, vamos que yo creo que no tiene ganas ni de buscarse.

     En cuanto a expresiones propias, me acuerdo que en mis principios oí alguna crítica negativa a vocablos que empecé a utilizar en mis guiones por considerar que estaban al cabo de la calle. Estos fueron el "guay" y el "genial" (como expresión de júbilo). El tiempo los ha ido imponiendo, tanto a nivel de la calle como a nivel cinematográfico, y ahora parece que ya nadie se extraña de oírlos en una película.

     Mucha mejor aceptación tuvo el "en ocasiones veo muertos" con el que nadie se ha planteado lo rebuscado de la frase. Simplemente sonó y se hizo popular tal cual. Pero yo tuve mis dudas cuando la elegí, porque me parecía un diálogo demasiado erudito para un niño. No obstante tuve que utilizarla para amoldarnos al movimiento de esos labios que decían "I see dead people" (veo gente muerta).

     Otra de las muchas expresiones que he visto cómo se han hecho populares al nivel del "¿me entiendes?" de la Esteban, pero con la ventaja de que nadie pone cara al autor, es "¡Zás, en toda la boca!". Reconozco que suelo esbozar una sonrisa cada vez que la oigo acordándome del día que decidí que el "POW! Right in the Kisser!" (¡Pum, justo en los labios!) inglés se convirtiera en ésta tan popular ahora.

     Entiendo que son muchas frases las que uno escribe en sus guiones cada día, y admito que siento cierto orgullo cuando oigo alguna de ellas en la calle. Todavía me tengo que reprimir a veces para no decir "¿sabes que eso es creación mía?". El ego humano, ya ves tú. Pero, en el fondo, me divierte más permanecer en el anonimato porque tampoco es que lo mío sea El Quijote.


sábado, 2 de enero de 2010

De Vampiros


      ¿Quién no se ha preguntado alguna vez "qué tiene esta persona que me siento tan bien después de estar con ella"? Con la misma intensidad notamos a veces que otras personas nos dejan agotados. Y ahí entramos en la reflexión que me lleva a hacer este comentario de hoy: las personas Vampiro y las personas Transfusión. También me da por llamarles personas Recargantes y personas Descargantes. Son seres que te recargan la energía o que te la absorben. Creo que en este punto, aunque sólo sea por comparación, ya debéis saber quienes son de cada grupo. Y en ocasiones no tiene que ver con la bondad o maldad de la persona, es más una característica independiente. He conocido personas Vampiro de buen corazón, aunque es más común que las personas que te cargan las baterías sean los generosos y cariñosos.
      Debe de ser una cuestión de energías, de polaridad o de algún factor difícil de definir, pero lo cierto es que las personas Vampiro por mucho que se empeñen en empujarte o en proponerte ideas, sólo consiguen chuparte las energías y dejarte agotado.

     Me quedo con los seres recargantes, esas personas que, ya sea con su actitud vital o con su comportamiento, son capaces de cargarte las pilas y sentir que su compañía te da vitalidad. Doy gracias por haber tenido a mi lado amigos que me han hecho resurgir y afrontar retos que ni yo mismo era consciente de que podía realizar. Esos han sido mi revulsivo, los que han conseguido con sus conversaciones, su compañía, sus palabras o sus oídos, recargar mis energías día a día. Esas personas son tan valiosas que los busco, intento cuidarlos y los disfruto cada minuto, cada segundo que vivo con ellos.

      Yo no creo en los gafes, pero quizá los seres Vampiro pueden llegar a provocar situaciones gafe cuando descargan tanto a los demás que la energía se convierte en negativa. No es nada producente estar rodeado de negatividad.

      Quizá un psicólogo pueda establecer causas-efectos en la mentalidad humana, pero yo, como un simple viajero, sólo sé hablar de mis sensaciones. 



viernes, 1 de enero de 2010

Propósitos



     Comenzar un nuevo año siempre es un cúmulo de buenos propósitos y de hacer lo que tantas veces estamos postergando.

     Es como estrenar un cuaderno. Las primeras páginas tienen una ortografía perfecta y unas líneas en total armonía. Nos ilusionamos con que "este" cuaderno lo llevaremos limpio y sin tachones. Aunque sabemos que, según discurran las páginas, nuestra ortografía se volverá caótica y empezaremos a llenar de tachones y desorden las hojas. Esas hojas tan estéticas del principio darán paso a las abigarradas páginas del final.

     Pero sabemos que es así, y cuando llegamos al final y repasamos los apuntes nos damos cuenta de cuántas historias hemos vivido, cuántos momentos han quedado plasmados en el cuaderno y en nuestra memoria.

     Este año me he propuesto muchos objetivos. No sé si demasiados para las páginas que tiene este cuaderno, pero lo voy a empezar con la ilusión de cada año y la esperanza de que va a ser un período (con acento en la í, no confundir con el proceso femenino) único y engrandecedor.

     Voy a limpiar el acuario, seguiré fumando pero menos, buscaré tiempo para unas vacaciones de vez en cuando, aprenderé cuanto pueda con mis alumnos, me esforzaré en hacer mejor mis trabajos, intentaré poner en marcha mi nuevo proyecto, ordenaré mi mesa, charlaré más con mis amigos, veré más a mi familia... y, de vez en cuando, volveré a esta primera página para recordarme lo que pretendía.

     Pero, sobre todo, intentaré aprovechar cada día para ser un poco mejor y ofrecer algo a los demás.


     Bienvenido, nuevo año.



jueves, 31 de diciembre de 2009

Trabajar con y para niños



    Ayer, mientras me introducía en el mágico mundo de los cuentos de la mano de Flash Teatro con la obra "Deletreando" me sentía uno más en aquel patio de butacas.
     Mi compañero Pablo llevaba tiempo insistiéndome en que debía ver la obra, y no podía dejar pasar la ocasión para disfrutarla. Los ojos y las manos de Gemma y Pablo me hipnotizaron hasta el punto de vivir las aventuras de Superman, del lector ruidoso, de la princesa y su amor imposible y de ese adorable Fermín, un ratón que devoraba los libros en el sentido más literal. Yo era un niño más y disfruté igual que mis compañeros de público.
     Sin tener hijos, mi vida ha estado marcada por los niños y su verdad.
     Trabajar con niños tiene la recompensa del respeto y el cariño que te devuelven. Me han hecho muy feliz y me han dado muchas energías cuando las mías decaían.
     Muchas imágenes tengo en la memoria de buenos momentos vividos con ellos.

     Recuerdo el abrazo de Paula cuando, después de un año sin vernos tras del doblaje de "Bichos", nos encontramos en un estudio de Barcelona. Corrió desde el fondo del pasillo al grito de ¡Gutiiii!... y se me lanzó a los brazos. Si no lloré es porque mi mente se debatía entre la emoción y lo impresionante de su reacción.

     También me acuerdo de los días pasados con mis niños de "Los cachorros del libro de la selva". Grandes alegrías me han dado años después, cuando Nacho me sobrecogía subido a las tablas del Teatro Español junto a Pepe Viyuela, o Adrián cuando me contó que estaba estudiando arte dramático, o Borja me hacía estremecer cada vez que lo veía en televisión como uno de los triunfitos, o David cuando me llamó para pedirme consejo sobre su papel en "Hoy no me puedo levantar". Sus corazones se quedaron en mí, y creo que el mío un poco en ellos como me han demostrado después.

     Sus detalles inocentes se han convertido en un alimento único para mi espíritu.

     En una época de duro trabajo, mi lucha contracorriente al sistema establecido había agotado tanto mis energías que me estaba planteando de qué servían los madrugones y las largas horas delante de un monitor y un guión. Un día entré en un centro comercial y de pronto surgió la respuesta: Cuatro niños sentados delante de un televisor miraban extasiados y se reían con la película "Buscando a Nemo". En ese momento lo ví claro, esos cuatro niños y su respuesta a esos diálogos que tanto me costaba a veces, era lo que daba sentido a mi trabajo. Aunque sólo fuera por su sonrisa merecía la pena seguir esforzándome.

     Nunca olvidaré todos los que han compartido conmigo tan gratificantes momentos. Olivia, mi eterna Lilo cuya mirada vale un mundo; Claudia, que no necesita hablar para mostrar su ternura; Rodrigo, que me hace sentir grande cuando me escucha; Juan María, que me tiene una admiración sólo comparable con la que yo siento por él. Mi niña Michelle (porque la conocí siendo una niña) y que ahora me enorgullece cada vez que la veo en "Los hombres de Paco"  o en cualquiera de los magníficos trabajos que hace. Axel, que empezó a ser Harry Potter tan, tan pequeño y ahora es todo un tío con su grupo musical y todo. 
     Auri, Diego, Nicolás, Ian, Raúl, Klaus (mi pequeño Nemo), Pepe, Junio, David, Kolia, Daniel, Sergio, Marta, Jorge, Pablo, Iván, Fernando (Mogli de voz angelical), Ramón, Eduardo (mi sobrino, que acabará siendo artista, pero no pienso forzar), Gabriel, Adrián...

     Y los que, desde fuera, dan valor a mi trabajo. Como Tony, el hijo de una amiga y compañera, que enterado de la faena que me habían hecho al retirarme de la dirección del doblaje de la saga "Harry Potter", le dijo a su madre "si no está Eduardo, no me llevéis a ver la película, ni me compréis el DVD". La amargura que sentía en ese momento por haber perdido ese trabajo que tanto quería, se transformó en llanto y en ganas de devolver a esos niños lo que me habían dado.

     Sirva esta reflexión como homenaje a esos niños que tanto me han regalado y a la deuda que tengo con ellos.



martes, 29 de diciembre de 2009

No te rindas



No te rindas, aún estás a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras,
enterrar tus miedos,
liberar el lastre,
retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros, 

y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda,
y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma
aún hay vida en tus sueños.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo.
Porque lo has querido y porque te quiero.
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,
quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron,
vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa,
ensayar un canto,
bajar la guardia y extender las manos.

Desplegar las alas
e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños.
Porque cada día es un comienzo nuevo,
porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero.


Mario Benedetti             



             

lunes, 28 de diciembre de 2009

Soy actor.





     Actor porque actúo, porque me muevo, porque respondo en cada escena de mi vida según se desarrolla la obra. No me debo a un único guión, como no me debo a un único teatro.
     Desde pequeño siempre quise ser actor. No busqué las grandes marquesinas, ni ser cara popular en esa ventana falsa que cada casa tiene al mundo. Sólo quería sentir la libertad que te da ser una persona y muchos personajes a la vez. Simplemente por el placer de sentirme libre.
     Libre para elegir, libre para sentir, reír, sufrir, llorar y amar. Amar lo que quisiera, sin que la sociedad me impusiese lo que debía ser amado. Amar a un árbol, amar a un perro, amar a una sonrisa. Y, a veces, con tanta pasión que ha dado lugar a malas interpretaciones o a repulsa por no ser políticamente correcto. Pero he seguido mi papel, el papel que me ha tocado en cada momento, sin cortapisas en la indumentaria ni en el movimiento.
     Las únicas limitaciones que he tenido son las que me ha dado el espacio. Un espacio, por otra parte, que sé que no es eterno. Cada día un nuevo escenario, cada día una nueva representación. Y la posibilidad de enmendar errores y corregir acciones que no llevaban a nada.
     Un camino no siempre alfombrado de alegrías, pero que me han enseñado, me han enriquecido en cada paso. Y muchos actores (unos más que otros) que me han acompañado y que han ido ocupando su puesto en mi representación de la vida. Quienes quisieron actuar siguieron, quienes se acomodaron en su papel aprendido continúan con su obra. Su única obra y, en algunos casos, su único escenario.
     Yo mientras tanto sigo creando obras, unas mejores que otras; creando mundos y descubriendo día a día la maravilla de extasiarte con un suspiro, con una mirada, con una sonrisa cómplice.

Por eso soy actor, porque actúo.