Mostrando entradas con la etiqueta doblaje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta doblaje. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de enero de 2021

Esos momentos íntimos.


    Interpretar es emocionarse, abrir el corazón y romperte en pedazos para los demás.

    En cierta ocasión, un compañero, al que admiro especialmente, me dijo tras verme en una representación de teatro "¡cuánta generosidad, te has quedado vacío!". Me pareció el piropo más bonito que he recibido.

    Ser actor también es vivir cada día con tus miedos, tus inseguridades, tu pasión, tus deseos y tus frustraciones. El público debe recibir el resultado de nuestro trabajo, pero nosotros tenemos que comernos nuestras angustias en la intimidad. Por respeto al espectador, hemos de dar siempre el cien por cien, aunque nuestras fuerzas flaqueen, nuestra alma esté rota o la justicia nos niegue su mano. Somos actores aunque no tengamos escenario, aunque actuemos sobre una baldosa y sin público.

    Por eso hoy me he emocionado en la intimidad de una sala de doblaje al ver a un compañero cómo soltaba su angustia sin poder contener sus lágrimas mientras decía "con lo hermoso que es esto, ¿por qué hay gente que lo prostituye? Hoy sí, hoy me voy lleno, porque me siento actor de verdad". Ha costado seguir, pero después de tragarnos la rabia, hemos vuelto a meternos en nuestros personajes.

    No diré su nombre, porque esto se queda para nosotros, pero me ha hecho muy feliz y quiero que todos sepáis que, aunque nuestra profesión es muy bonita, nuestras lágrimas también forman parte de nuestro gozo. El éxito y el reconocimiento es lo que llama la atención desde fuera, pero nuestra grandeza está en nuestro proceso más íntimo.

    Hoy, aunque a veces lo dude, siento que no he desperdiciado mi vida.




jueves, 22 de abril de 2010

El dolor de un adiós.


     Ójala pudiese, con mi modesta palabra, expresar lo que siente mi corazón hoy. Cuando se va un ser querido, el vacío que te deja es algo que ni el tiempo puede curar. Te acostumbras, pero sigues sintiéndote incompleto. Lo de hoy es muy superior. Ni las lágrimas tienen fuerza para aplacar este dolor.
     No se ha ido un ser querido, se me ha ido mi amigo, mi compañero, mi cómplice, mi empuje, mi fuerza, mi ejemplo. Jorge Aguado no era un hombre cualquiera, Jorge era un manantial de amor que derramaba su fuerza vital a todos los que le rodeaban. Una fuerza vital que, a fuerza de entregarla, le ha abandonado. 
     ¿Por qué? ¡No es justo, Dios mío, no es justo! 
     Tu me hiciste comprender lo que era entregar sin pedir nada a cambio, tu me enseñaste a vibrar con el arte. Ese arte del que eras un maestro sin alardes, porque te preocupaba más el bienestar de los demás que el tuyo propio. Sinceridad, honestidad, cariño y pasión están unidas por siempre a tu nombre.
     Siempre tuvimos la esperanza de volver a gozarte en tu plenitud, pero el maldito virus decidió minarte sin respetar quién eras. Hablar contigo era llenarse de ilusiones, por eso nunca creímos que esto podría pasar. Y se me rompe el alma al recordarte. Así, sonriente, animando, dando vida mientras te iban arrebatando la tuya. Y nosotros, embelesados por tu energía, nos cegábamos a la realidad. Nos queda el consuelo de saber que nunca te han faltado los cuidados de María, esa mujer que te ha acompañado y te ha dado la paz y el cariño que tanto necesitabas.
     Tiene suerte el cielo de tenerte en su seno, y allí tendrás toda la gloria que te mereces, gloria que el mundo humano nunca hizo la suficiente justicia a tanta como te corresponde. 
     En nuestros corazones quedan los bellos momentos que nos has dado, la lección de comprensión y de vida que siempre nos has ofrecido. Me gustaría escribir hermosas palabras, pero nunca serían tan importantes como tu lo has sido para mi. Ni tus ojos nos volverán a mirar de frente, ni tu voz nos volverá a alimentar el alma, pero nos queda tu cariño, que se nos ha quedado grabado para siempre. 
     Sé que no será la última vez que escriba sobre tí, ni la última vez que hable contigo. Porque hace unos días me decías que ibas a estar en el estreno de mi próximo montaje, y sé que allí estarás, mirándonos desde el cielo. Y a tí dedicaremos la representación, como tantas veces, desde que la cruel naturaleza bajó tu cuerpo del escenario. Tu cuerpo sí, pero no a tí, porque siempre te sentimos a nuestro lado, como te vamos a sentir ahora.
     Me quedo con las palabras que nos cruzamos en nuestra última conversación, cuando tu me dijiste "¿Sabes que te quiero, Edu?". Sí, lo sé, y tu sabes que yo también te seguiré queriendo eternamente.
     Hasta siempre, Jorge. Descansa, AMIGO.


lunes, 15 de marzo de 2010

Aprender enseñando


     A veces la vida pasa tan rápido que no da tiempo a masticarla. Nos tragamos las horas, los minutos y los días con el riesgo de atragantarnos al hacerlo con tanta rapidez.
     Uno, que intenta saborear cada instante, desearía estirar el tiempo para disfrutar de cada maravilloso momento que me ha tocado vivir.

     Me he resistido a hacer una entrada del blog en homenaje a Miguel Delibes porque he leído tantos y tan buenos artículos acerca del tema, que no creo que llegase a la altura que tan ilustre personaje requiere. Pero sirva de remembranza una frase suya que llevo muchos años aplicando cada día a mi vida: " Para escribir un buen libro no considero imprescindible conocer París ni haber leído el Quijote. Cervantes cuando lo escribió, aún no lo había leído."

     Así le pierdo el miedo a la labor docente, en la que últimamente empleo mucho de mi tiempo. Si los alumnos, según sus palabras, aguardan deseosos el día de clase (cosa que me halaga y me llena de alegría), yo siento una sensación entre vértigo y temor antes de cada clase. Sé que cada uno de ellos tienen puesta mucha ilusión en aprender esto que para mí es el pan nuestro de cada día. Así me lo demuestran con sus miradas, con su respeto, con su atención, que reconozco que me asusta a veces. Voy a ser sincero, cada vez que uno de los alumnos escucha con tanta atención mis explicaciones temo no ofrecer todo lo que están esperando de mí.
     Si ellos aprenden de mi oficio, yo aprendo más de la vida. Aprendo a no olvidarme de lo que soy y de la ilusión que me ha hecho dedicarme a esta profesión. Me gustaría inculcarles el respeto y que disfrutasen como yo gozo cada día interpretando mis personajes y dirigiendo mis doblajes. Me empeño en hacerles ver que hay que ser generosos y no escatimar esfuerzos para ofrecer algo a los demás.
     Somos fabricantes de emociones, y nuestra misión es hacer vibrar a los demás. Algo tan extraño como apasionante.
 
     Confieso que el haberme convertido en profesor es algo que nunca me planteé, pero la vida te va proponiendo y, con cierta osadía, yo soy de los que acepta los retos.
     Pero de verdad que me alegro. Me alegro de haberme atrevido; por las satisfacciones que me están dando mis alumnos, cuando veo que luchan por poner en práctica cada una de mis pautas.
     Ahora me gustaría verles triunfar, que no es otra cosa que hacer lo que les gusta y disfrutar del camino.

     Y, mientras tanto, mi mente sigue vibrando con la idea de crear, de ilusionarme con idear cosas nuevas. No tengo remedio, yo nací para cualquier cosa menos para un trabajo en el que tuviera que hacer una labor repetitiva o cubrir simplemente un horario laboral.

sábado, 27 de febrero de 2010

El cielo recibe a la cultura


     Hoy, como un día cualquiera, a primera hora de la mañana, atasco, café, cigarrillo y saludos a los compañeros que han tenido la suerte de madrugar como yo. Porque hoy en día, es una suerte tener que levantarse temprano para trabajar. Hasta aquí todo normal, dentro de lo que mi oficio se puede considerar normal. Pero, al entrar en el estudio, una nota en una puerta se me clava en los ojos y me produce tal estremecimiento que mi mano se queda apoyada en el pomo y multitud de imágenes vienen a mi mente antes de que pueda reaccionar cuando leo "El funeral por nuestro compañero, Rafael de Penagos,... "
     Aún pasarían horas para asimilar la noticia, mientras realizaba mi trabajo take a take, con un pensamiento casi único: "va por tí Don Rafael, por lo que tú tanto querías".

     Hablar de don Rafael de Penagos, es hablar de una institución, un maestro, un ser humano al que la historia dará su justo valor, y al que, quienes lo conocimos, nunca podremos pagar lo que nos entregó.
     Un poeta y un hombre culto que paseaba su estilo y su caballerosidad allí por donde pasaba. Su educación exquisita le permitían no hacer distingos entre quienes le rodeaban, tratando a todos con el mismo respeto y consideración.
     Nunca he oído a nadie una queja sobre don Rafael, todo eran muestras de admiración hacia un hombre que se hacía querer. Repartía felicidad y sabiduría sin egoísmo, sin menospreciar ni despreciar a nadie. Lo que sí hacía, de un modo muy divertido, era adoptar posturas y aptitudes de aristócrata. Nos encantaba verle así y, a veces, le provocábamos para que lo hiciera porque tenía tanta categoría que podía permitírselo.
     Hombre de extraordinaria conversación, no había tema para el que no estuviese preparado; hasta la poesía se volvía especial en sus labios cuando, llevado por la comodidad del ambiente, decidía dar rienda suelta a su capacidad de rapsoda.

     Su personal voz, ha llenado los hogares españoles de buenos momentos. Desde el señor Roper de "Los Roper" hasta el Cardenal Richelieu de "Dartacan y los tres mosqueperros" pasando por Miguel de Cervantes de "El Quijote", cientos de personajes han llegado a nuestros oídos con su voz. Sus libros, sus conferencias y su defensa de la cultura son un legado difícil de cuantificar.

     Y, personalmente, llevo en el corazón algo maravilloso que hizo conmigo: me animó y me dio fuerzas cuando más lo necesitaba. Yo era un jovencito al que le dieron la oportunidad de dirigir el doblaje de una serie como "Las aventuras de Sherlock Holmes". La serie era importante, pero los actores a los que debía dirigir no lo eran menos. Tres grandes estrellas del doblaje como don Rafael de Penagos, don Pedro Sempson y don Julio Núñez estarían a mis órdenes. Si a Sempson y a Núñez los admiraba como actores, a Penagos lo admiraba además como literato. Y allí estaba un joven lleno de dudas con la responsabilidad de conducir a unos artistas de una categoría profesional muy por encima de la suya. En todo momento, durante casi un año, se me trató con el máximo respeto y consideración. Un día don Rafael me dijo "Eduardito, tengo que comentarte algo sobre tus guiones". Mis piernas temblaron cuando me di cuenta de que un poeta de la categoría de Rafael de Penagos (Premio Nacional de Literatura 1964) iba a opinar sobre mis adaptaciones. Pero con su gran generosidad continuó "escribes con mucha lógica, tus frases son fáciles de decir, porque suenan a diálogos de seres humanos, no a textos de un libro". Aquello fue una lección para toda mi vida y un empujón impagable para un joven con todos los miedos del mundo.

     Gracias, maestro. Nos dejas muy solos, pero siempre estarás con nosotros, porque tus enseñanzas están grabadas en nuestros corazones.

     Descansa en paz, don Rafael.


viernes, 8 de enero de 2010

El sonido del recuerdo



     Sonidos, olores y lugares nos transportan a otros tiempos añorados y nunca perdidos del todo en la memoria.

     Ha transcurrido mucho tiempo desde que un hombre, al que siempre agradeceré el haberme inyectado este veneno del teatro, me ofreció unirme al grupo de teatro del que era director tras compartir con él los micrófonos de una radio libre (aunque también la llamaban pirata en aquella época). Eran los tiempos de Radio TU; "tu radio" como decía nuestro eslogan.

     Aquello era un teatro pobre, no sé si como el del Grotowski, aunque pobre y sencillo sí que lo era. Pero tenía todos los alicientes para inocularnos la savia del amor por la interpretación. De la mano de Roberto conocí a mis compañeros, me hice amigo de ellos y vivimos momentos de ilusión y de conocimiento de un mundo que nos encandilaría hasta el punto de convertirlo en nuestra profesión. No en vano, muchos de aquel elenco forman parte de la élite de actores de doblaje de nuestro país. Fueron sábados y domingos metidos en el colegio Pio XII, creando y recreando obras para luego representarlas con unos sencillos soportes con ocho bombillas de colores haciendo de sistema de iluminación, y unas cintas de cassete que requerían de mucha habilidad para que los efectos sonasen en el momento oportuno.  Hasta el equipo de sonido había que desmontarlo de casa del director para llevarlo a ese espacio donde, con sillas plegables, convertíamos en teatro una casa de la cultura que disponía de escasa o casi nula equipación para tales menesteres. Todo tenía un aspecto tan artesanal que aprendimos desde abajo los fundamentos de este oficio de actor.
     Tampoco puedo olvidar las tardes en casa de nuestro director, donde siempre nos acompañaba la banda sonora de "Los Diez Mandamientos" a modo de introducción al estudio de obras y personajes. Y de sus largas charlas donde aprendíamos no sólo interpretación, sino a respetar y adorar este oficio. Aquella música nos sirvió para hacer algún chascarrillo porque de tanto oírla casi entrábamos a la casa tarareándola. La orquesta de "El Cid" también realizó bastantes bolos en aquella plaza. 

     Años después, este mismo director me propuso dedicarme al doblaje porque escuchó una grabación que hicimos jugando algunos de los componentes del grupo. Con el miedo y el respeto que produce entrar en el mundo profesional, accedí a ello y puse todo mi empeño en prepararme para lo que luego ha sido mi forma de vida. Ayer se cumplieron 23 años del día que hice mi primer trabajo profesional en doblaje. El gran regalo de Reyes que recibí el 7 de enero de 1987.

     La vida nos ha hecho surcar, tanto a mi maestro como a mí, mares de alegrías, tristezas, encuentros, desencuentros, etc. Pero nunca (aún en los períodos de no hablarnos) se ha apagado la llama del cariño entre nosotros.

     La ironía del destino hizo que ayer, 7 de enero, volviéramos a coincidir mi maestro y yo en una sala de doblaje. Pero esta vez era yo quien dirigía y él quien estaba a mis órdenes. Y recibí el regalo más hermoso que recuerdo en muchos años. Roberto sacó de su bolsillo un CD y me dijo "toma, Eduardito, esto está descatalogado, pero quiero que lo tengas". Era la banda sonora de "Los Diez Mandamientos".

     Me regaló un pedazo de nuestra vida pasada.

     Gracias, MAESTRO.  


lunes, 4 de enero de 2010

En ocasiones oigo frases



     Resulta curioso y, ¿por qué no decirlo?, halagador cuando descubres que algunas expresiones que tu mismo te has inventado pasan a formar parte de el uso o se convierten en populares.

     Es la ventaja que tiene el escribir guiones, o adaptarlos en mi caso. El guión cinematográfico llega a muchos espectadores, y así de forma subliminal, sus frases empiezan a formar parte de nuestra vida.

     Recuerdo que en los años ochenta había una expresión muy habitual en las pantallas de cine y que, en algunos casos, hay personas que la siguen considerando normal: el "jodido" lo que sea. Lo eran las puertas, los teléfonos, los lápices... todo era fornicado. Siempre he creído que se podía estar así, pero veía difícil que se fuera eso, y más los objetos inanimados. A mi modo de ver tenemos expresiones castellanas que pueden sustituir a esa traducción literal del "fuck" inglés. Puñetero, por ejemplo, o para darle mayor énfasis "puto". Por suerte esa tendencia ha disminuido y ya son menos objetos los que son víctimas de esta práctica sexual.

     Otra de las expresiones que siempre me han producido cierto escalofrío al oírlas es el "¿te encuentras bien?" a una persona que ha sido tiroteada, ha tenido un accidente o se ha caído de un puente. Bien, lo que se dice bien, seguro que no se encuentra, después de semejante acontecimiento. Se le puede preguntar si "se le está pasando", si "está herido", si "le duele mucho", si "puede aguantarlo"... pero preguntarle si se encuentra bien es una total falta de sensibilidad. Evidentemente NO SE ENCUENTRA BIEN, vamos que yo creo que no tiene ganas ni de buscarse.

     En cuanto a expresiones propias, me acuerdo que en mis principios oí alguna crítica negativa a vocablos que empecé a utilizar en mis guiones por considerar que estaban al cabo de la calle. Estos fueron el "guay" y el "genial" (como expresión de júbilo). El tiempo los ha ido imponiendo, tanto a nivel de la calle como a nivel cinematográfico, y ahora parece que ya nadie se extraña de oírlos en una película.

     Mucha mejor aceptación tuvo el "en ocasiones veo muertos" con el que nadie se ha planteado lo rebuscado de la frase. Simplemente sonó y se hizo popular tal cual. Pero yo tuve mis dudas cuando la elegí, porque me parecía un diálogo demasiado erudito para un niño. No obstante tuve que utilizarla para amoldarnos al movimiento de esos labios que decían "I see dead people" (veo gente muerta).

     Otra de las muchas expresiones que he visto cómo se han hecho populares al nivel del "¿me entiendes?" de la Esteban, pero con la ventaja de que nadie pone cara al autor, es "¡Zás, en toda la boca!". Reconozco que suelo esbozar una sonrisa cada vez que la oigo acordándome del día que decidí que el "POW! Right in the Kisser!" (¡Pum, justo en los labios!) inglés se convirtiera en ésta tan popular ahora.

     Entiendo que son muchas frases las que uno escribe en sus guiones cada día, y admito que siento cierto orgullo cuando oigo alguna de ellas en la calle. Todavía me tengo que reprimir a veces para no decir "¿sabes que eso es creación mía?". El ego humano, ya ves tú. Pero, en el fondo, me divierte más permanecer en el anonimato porque tampoco es que lo mío sea El Quijote.


jueves, 31 de diciembre de 2009

Trabajar con y para niños



    Ayer, mientras me introducía en el mágico mundo de los cuentos de la mano de Flash Teatro con la obra "Deletreando" me sentía uno más en aquel patio de butacas.
     Mi compañero Pablo llevaba tiempo insistiéndome en que debía ver la obra, y no podía dejar pasar la ocasión para disfrutarla. Los ojos y las manos de Gemma y Pablo me hipnotizaron hasta el punto de vivir las aventuras de Superman, del lector ruidoso, de la princesa y su amor imposible y de ese adorable Fermín, un ratón que devoraba los libros en el sentido más literal. Yo era un niño más y disfruté igual que mis compañeros de público.
     Sin tener hijos, mi vida ha estado marcada por los niños y su verdad.
     Trabajar con niños tiene la recompensa del respeto y el cariño que te devuelven. Me han hecho muy feliz y me han dado muchas energías cuando las mías decaían.
     Muchas imágenes tengo en la memoria de buenos momentos vividos con ellos.

     Recuerdo el abrazo de Paula cuando, después de un año sin vernos tras del doblaje de "Bichos", nos encontramos en un estudio de Barcelona. Corrió desde el fondo del pasillo al grito de ¡Gutiiii!... y se me lanzó a los brazos. Si no lloré es porque mi mente se debatía entre la emoción y lo impresionante de su reacción.

     También me acuerdo de los días pasados con mis niños de "Los cachorros del libro de la selva". Grandes alegrías me han dado años después, cuando Nacho me sobrecogía subido a las tablas del Teatro Español junto a Pepe Viyuela, o Adrián cuando me contó que estaba estudiando arte dramático, o Borja me hacía estremecer cada vez que lo veía en televisión como uno de los triunfitos, o David cuando me llamó para pedirme consejo sobre su papel en "Hoy no me puedo levantar". Sus corazones se quedaron en mí, y creo que el mío un poco en ellos como me han demostrado después.

     Sus detalles inocentes se han convertido en un alimento único para mi espíritu.

     En una época de duro trabajo, mi lucha contracorriente al sistema establecido había agotado tanto mis energías que me estaba planteando de qué servían los madrugones y las largas horas delante de un monitor y un guión. Un día entré en un centro comercial y de pronto surgió la respuesta: Cuatro niños sentados delante de un televisor miraban extasiados y se reían con la película "Buscando a Nemo". En ese momento lo ví claro, esos cuatro niños y su respuesta a esos diálogos que tanto me costaba a veces, era lo que daba sentido a mi trabajo. Aunque sólo fuera por su sonrisa merecía la pena seguir esforzándome.

     Nunca olvidaré todos los que han compartido conmigo tan gratificantes momentos. Olivia, mi eterna Lilo cuya mirada vale un mundo; Claudia, que no necesita hablar para mostrar su ternura; Rodrigo, que me hace sentir grande cuando me escucha; Juan María, que me tiene una admiración sólo comparable con la que yo siento por él. Mi niña Michelle (porque la conocí siendo una niña) y que ahora me enorgullece cada vez que la veo en "Los hombres de Paco"  o en cualquiera de los magníficos trabajos que hace. Axel, que empezó a ser Harry Potter tan, tan pequeño y ahora es todo un tío con su grupo musical y todo. 
     Auri, Diego, Nicolás, Ian, Raúl, Klaus (mi pequeño Nemo), Pepe, Junio, David, Kolia, Daniel, Sergio, Marta, Jorge, Pablo, Iván, Fernando (Mogli de voz angelical), Ramón, Eduardo (mi sobrino, que acabará siendo artista, pero no pienso forzar), Gabriel, Adrián...

     Y los que, desde fuera, dan valor a mi trabajo. Como Tony, el hijo de una amiga y compañera, que enterado de la faena que me habían hecho al retirarme de la dirección del doblaje de la saga "Harry Potter", le dijo a su madre "si no está Eduardo, no me llevéis a ver la película, ni me compréis el DVD". La amargura que sentía en ese momento por haber perdido ese trabajo que tanto quería, se transformó en llanto y en ganas de devolver a esos niños lo que me habían dado.

     Sirva esta reflexión como homenaje a esos niños que tanto me han regalado y a la deuda que tengo con ellos.