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domingo, 8 de abril de 2012

La experiencia de lo que falta


     Después de un año sin publicar ningún artículo, creo que ya va siendo hora de volver a la carga. 
     No ha sido por falta de ganas, pero algunas pérdidas de compañeros me tentaban a escribir sobre ellos y no quería convertir el blog en un panegírico de seres queridos desaparecidos. Ni quería que fuera un muro de opiniones políticas por la situación que nos está tocando vivir. Así que, centrándonos en lo estrictamente teatral, abro esta nueva etapa con una reflexión sobre mi trayectoria como actor.

     Cuando, hace más de treinta años, decidí ser actor era un joven cargado de miedos y de ilusiones. Ahora dicen que soy un “actor con experiencia”. ¿Qué es la experiencia? Muchos creen que tener experiencia es saberlo todo o casi todo. Yo pienso que es haber librado muchas batallas y adquirido algún conocimiento, pero también tomar conciencia de que hay mucho por aprender. 
     Y cuando te vas curtiendo en estas lides, cambias el miedo por la responsabilidad, que quizá sea otro tipo de miedo. Todavía me tiemblan las piernas y siento el rápido palpitar del corazón cada vez que se encienden los focos de escena o la sala de doblaje se queda en silencio para que mi voz lo rompa, o el director dice aquello de “¡acción!”. 

     Como me dijo una vez una admiradísima y veterana compañera cuando le comenté que me ponía muy nervioso: “el día que dejes de sentir esos nervios, retírate, estás acabado”. Y creo que aún puedo seguir, porque esos nervios no se me han pasado. Cierto es que he aprendido a dominarlos para que no se apoderen de mí, pero sigo sintiéndolos. Quizá eso sea lo más destacable de lo que te da la experiencia. 
     Al igual que los reconocimientos. Parece que un reconocimiento es la posibilidad de tumbarte a recoger los frutos. Pero no es así, la cosecha hay que seguir cuidándola. Ya me comentó otra gran actriz que fue presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (nombre largo donde los haya): “los premios pueden ser muy peligrosos, porque los demás piensan que ya eres inaccesible y tu puedes dormirte mirando tu reflejo en el trofeo”. 

     Así que, con bagaje o sin él, yo sigo siendo el (ya no tan joven) de mis comienzos pero que es consciente de todo lo que le queda por hacer.


lunes, 12 de julio de 2010

Hablar por hablar


    Nunca quise ser escritor. Ni lo pretendí, ni consideré que tuviese cualidades para este arte. Lo que sí he deseado siempre es comunicar. Por eso, quizá, me puedo considerar un "escribidor" de palabras, pero nada más. Reconozco, sin falsa modestia, que el idioma castellano lo conozco bastante bien; no por una capacidad especial, sino por las necesidades de mi trabajo. Para adaptar guiones hay que estar al tanto del lenguaje y saber utilizarlo correctamente. 
     Por eso me inquieta, por no decir que me ataca los nervios (no "enerva", como algunos dicen, puesto que eso significa lo contrario), que personas cuyo trabajo es hablar a los demás tengan tan poco respeto por nuestro apreciado castellano. Sobre todo en los medios radiofónicos y televisivos. 

     Entiendo, incluso me resulta divertido, que una persona de la calle le de alguna patadita al diccionario o se suba encima de él para colgar un cuadro. A falta de escalera, bueno es un diccionario de los gordos. 

     Pero que esos "tertulianos" que deberían llamarte "escupidores", o esos presentadores, o esos que se llaman periodistas porque una vez se matricularon en la universidad, no sólo le propinen patadas, sino que jueguen al rugby con el libro de la RAE... ya me toca... la moral.
     No soy tan exquisito como para pedir que en los medios se utilice un lenguaje culto, pero entre el "¿Ande paras?" y el "¿Qué lares son testigos de tus andanzas?" hay un término medio y de hermosa naturalidad. 

    Sin detenerme en el uso de un pasado verbal que muchos emplean sobrecargándolo de "eses" que se cuelan desvergonzadamente para pronunciar "dijistes", "subistes" o "vinistes"; hay un excesivo coladero de vocablos impropios en las fauces de esos hablantes que surgen de las ondas. Y no me refiero sólo a los insultos y palabras soeces. A fin de cuentas, éstas existen y son útiles si se saben emplear. 

     Es difícil que predizca lo que delante mía va a ocurrir, ni podré tenerlo bajo control hasta que no se calle. Frase que puede surgir en cualquier momento de los ínclitos charlatanes televisivos. Curiosa conjugación del verbo predecir, apropiación indebida del adverbio delante, traducir literalmente el "under control" desconociendo que en el idioma de Cervantes se tiene controlado, y "hasta que no se calle" significa hasta que esté hablando. 
     Ya no nos sorprendemos al oír cosas como "todos los cadáveres aparecieron muertos" o "tira al hueco vacío". Digo yo, si algún cadáver aparece vivo, menudo susto, ¿no? O, ¿qué pasaría si al tirar al hueco, éste se llena? ¿Habría tirado al hueco o al lleno? También he oído en algún informativo la frase "las tres personas y los dos niños salieron ilesos del accidente". Es cuando yo me pregunto: ¿qué eran los niños? Arácnidos, seguro. 
     Lo de "el momento álgido" se ha repetido tanto que hasta la propia RAE ha tenido que claudicar y admitirlo. Pero a mi no hay quien me quite de la cabeza imaginarme una situación gélida al oir "álgido". Así es como se creó esa palabra y ese ha sido su significado durante algunos siglos. Tampoco es raro oír cómo a algunos se les pone "la piel como escarpias", "los pelos de gallina" o "la piel de punta". A mí sí que se me erizan los vellos ante tamañas barbaridades que oscurecen el mismo candelabro de la Mazagatos. 

     Por eso me conformo con seguir estudiando el idioma y, sin pretensiones, intentar no caer en la prepotencia léxica que lleva a estos desahogados a pisotear las dulces uvas del castellano para producir un vino amargo y cabezón hasta resultar indigesto.


lunes, 15 de marzo de 2010

Aprender enseñando


     A veces la vida pasa tan rápido que no da tiempo a masticarla. Nos tragamos las horas, los minutos y los días con el riesgo de atragantarnos al hacerlo con tanta rapidez.
     Uno, que intenta saborear cada instante, desearía estirar el tiempo para disfrutar de cada maravilloso momento que me ha tocado vivir.

     Me he resistido a hacer una entrada del blog en homenaje a Miguel Delibes porque he leído tantos y tan buenos artículos acerca del tema, que no creo que llegase a la altura que tan ilustre personaje requiere. Pero sirva de remembranza una frase suya que llevo muchos años aplicando cada día a mi vida: " Para escribir un buen libro no considero imprescindible conocer París ni haber leído el Quijote. Cervantes cuando lo escribió, aún no lo había leído."

     Así le pierdo el miedo a la labor docente, en la que últimamente empleo mucho de mi tiempo. Si los alumnos, según sus palabras, aguardan deseosos el día de clase (cosa que me halaga y me llena de alegría), yo siento una sensación entre vértigo y temor antes de cada clase. Sé que cada uno de ellos tienen puesta mucha ilusión en aprender esto que para mí es el pan nuestro de cada día. Así me lo demuestran con sus miradas, con su respeto, con su atención, que reconozco que me asusta a veces. Voy a ser sincero, cada vez que uno de los alumnos escucha con tanta atención mis explicaciones temo no ofrecer todo lo que están esperando de mí.
     Si ellos aprenden de mi oficio, yo aprendo más de la vida. Aprendo a no olvidarme de lo que soy y de la ilusión que me ha hecho dedicarme a esta profesión. Me gustaría inculcarles el respeto y que disfrutasen como yo gozo cada día interpretando mis personajes y dirigiendo mis doblajes. Me empeño en hacerles ver que hay que ser generosos y no escatimar esfuerzos para ofrecer algo a los demás.
     Somos fabricantes de emociones, y nuestra misión es hacer vibrar a los demás. Algo tan extraño como apasionante.
 
     Confieso que el haberme convertido en profesor es algo que nunca me planteé, pero la vida te va proponiendo y, con cierta osadía, yo soy de los que acepta los retos.
     Pero de verdad que me alegro. Me alegro de haberme atrevido; por las satisfacciones que me están dando mis alumnos, cuando veo que luchan por poner en práctica cada una de mis pautas.
     Ahora me gustaría verles triunfar, que no es otra cosa que hacer lo que les gusta y disfrutar del camino.

     Y, mientras tanto, mi mente sigue vibrando con la idea de crear, de ilusionarme con idear cosas nuevas. No tengo remedio, yo nací para cualquier cosa menos para un trabajo en el que tuviera que hacer una labor repetitiva o cubrir simplemente un horario laboral.

viernes, 5 de febrero de 2010

A un gran hombre




Sé que estás ahí,
entre las estrellas que se asoman
tras la oscuridad de la noche.

A veces siento el tacto de tus manos
encallecidas y tiernas.
Me gustaría no haberlas perdido
cuando un aliento suave
te durmió para siempre. 
Desearía agarrarme a ellas
como aquella última vez
y recuperar tantos
abrazos perdidos.
Manos endurecidas por el trabajo
que nunca abusaron de su poder,
que sólo se preocuparon de guiarnos.

Hombre sin cultura
pero sabio de la vida.
Tus lecciones no tenían guión,
ni palabras altisonantes,
ni pesados conceptos.
Tu enseñanza eras tú,
con cada movimiento,
con cada acción,
con cada silencio.

Hablo contigo, pero no te veo.
Me contestas, pero no suena tu voz.

Te siento en cada paso que doy,
en cada decisión que tomo,
descubriendo lo importante
que fue tu ejemplo.

Un héroe sin estatuta,
un valiente sin espada,
un luchador sin ejército,
un compañero respetado.

Yo te admiro,
te quiero,
te hablo,
te siento conmigo,
aunque no estés aquí.

Y, de vez en cuando,
miro al cielo y te hago la gran pregunta:
"¿Estás orgulloso de mí, padre?"


martes, 2 de febrero de 2010

A un soñador que luchó.


 Querido amigo:
Hace mucho que te fuiste, envuelto en sombras y con la marca de la venganza. Suicidio, dijeron, y dieron el caso por concluído. Luchabas por la justicia, y la justicia escondió su mano y te condenó al olvido. Pero algunos, al oír de tí, pensamos que aún estás entre nosotros, luchando, gritando, buscando la verdad. Esa verdad y esa justicia que tantas veces nos han prometido y que nunca llega. Los tiempos han cambiado. Ya no se grita en las universidades porque se puede hablar, pero el descontento perdura. Ahora no se hacen reuniones secretas porque se permite el asociacionismo, pero seguimos discutiendo los males de nuestra sociedad y nos rebelamos contra ellos. Cada vez se hacen menos pintadas; ahora se envían cartas a los periódicos o se llama a la radio para protestar.  Ahora se puede hablar, aunque nadie escuche lo que dices. Cada cuál va a lo suyo. Lo importante es ganar mucho dinero y formar parte de lo que llaman la sociedad del bienestar. ¿Qué bienestar? ¿De verdad queremos esto? ¿Un buen coche, un chalé y trescientos euros para copas es bienestar?
¡No! Yo quiero el bienestar de la tranquilidad, la solidaridad, la amistad, la honestidad, la justicia. Me gustaría mirar al futuro con ilusión, con la esperanza en que el trabajo me hará un hombre digno, con el deseo en que la honradez tendrá su recompensa. Me gustaría que el respeto enterrase guerras y violencia y sembrase en su lugar comprensión y paz.
Cuando tú estabas aquí, la militancia en un partido era nuestra forma de luchar. En estos tiempos, ya no sirve para nada. Todo está corrompido. Los ideales no son la meta a alcanzar, la meta es el poder. El asqueroso poder sin más; porque si el poder acarrease la práctica de los ideales estaría bien.
          Pero no te preocupes, amigo, aquí aún quedamos algunos que seguimos luchando. Aunque tengamos que pagar precios muy altos por nuestra osadía, aunque nos releguen al cuarto trastero y nos pongan etiquetas de descrédito.


(*Texto recuperado de mis antiguas notas)