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sábado, 30 de marzo de 2024

La cultura escacharrada.


     Hemos jugado muchas veces al «teléfono escacharrado», pero era eso, un juego. Y luego volvíamos a la realidad. Pero lo que ahora está pasando con el lenguaje popular es de traca. Los hay que escuchan lo que creen escuchar y luego lo sueltan como si tal cosa. Sin preocuparse de si lo han escuchado bien. Músicos de oído, pero con mal oído.

     Gentes de supuesta cultura utilizan la lengua para retorcer los vocablos hasta estrujarlos y matarlos. Y, de pronto, oyes cosas como:

«Es un hombre que se viste por la piel». Como si hiciera una transfusión de ropa a través de la dermis. Siempre nos hemos puesto los pantalones por los pies y los vestidos por la cabeza, pero ahora parece que los hombres nos inyectamos los atavíos por vía intramuscular.

«A la fuerza ahogan». Parece ser que no ahorcaban, sino ahogaban metiendo la cabeza del condenado en un cubo hasta que perdía la vida. O le apretaban fuerte el pescuezo o cualquier otro medio para que se ahogase. Seguramente sentenciaban a morir en la «ahorga». Así era más fácil, sin cadalso ni nada.

«No mezclemos churras con meninas». Ya sería complicado ver a una oveja churra como personal de servicio de un palacio o a una menina esquilada para hacer jerséis con su pelo. Las pobres ovejas merinas han sido ninguneadas hasta ese punto.

«De esos lodos estos polvos». Copular en el barro. No está mal, algo de morbo sí que tiene. Cuanto más limo o más cieno más posibilidad hay de chingar. O, también puede ser que se refiera al légamo que, bien desecado, puede producir arcilla en polvo. No sé. Pero me parece más lógico el proceso a la inversa; el polvo húmedo produce lodo.     

«Para este viaje no hacían falta forjas». Ni fraguas, hi herrerías, ni fundiciones. Aunque puede que lleves caballo y debas cambiarle las herraduras. Entonces, sí. Pero pensar que este dicho, en lugar de «alforjas»  se refiere al hierro o a herrar es yerrar en el concepto.

«Poner palos en el camino». Siempre pensé que lo que frenaba a los carros era poner (o meter) palos en las ruedas. Pero según alguna lumbrera, el poner palos en el camino interrumpe más la marcha. ¿Por qué ponen traviesas en las vías del tren? ¿O pavimentan con madera suelos y sendas? ¿No estaremos complicándonos la vida? Mejor sin tablones donde tengamos que pisar, según parece.

«A freír puñetas». Sí, claro, y «a hacer espárragos». Ya me imagino a un juez togado con sus puños adornados de espárragos. Quizá confunden las puñetas con las puntillas de los huevos fritos, pero no es lo mismo. Las puñetas están hechas de puntillas, pero de las de punto, no de clara de huevo.

«Poner la venda antes que el grano». ¡Qué cosas! Y «una herida no hace heridero», seguro que piensan. Pobres adolescentes, llenos de granos y envueltos en vendas como momias. Pero si se las ponen antes de que salgan es que son previsores. Nos salen-granos de ello.

«Dejemos tiempo al tiempo». Lo que nos lleva a la variación «Demos tiempo pasar». Digo yo, no sé. Cambiar “dar” con “dejar” es de una tacañería supina. Aunque sea con el tiempo. Algunos no dan ni el tiempo, solo lo dejan.

«Corrígeme si no me equivoco». ¿Pero cómo te voy a corregir si aciertas? Muy cuñao sería yo. A ver si es que no quieres que te enmiende en ninguno de los casos.

«Está contra la espada y la pared». Seguramente apoyado en una pared donde hay colgada una espada. Siempre pensé que esta expresión se refería a estar entre el filo de una espada y bloqueado por el otro lado con una pared. Emparedado en medio, entre un acero y un muro. Pero le han dado un giro, y ahora el sándwich es persona-espada-pared. En ese orden.

«Estar en misa y replicando». Protestando a todo lo que dice el cura, digamos. Raro sí que es, porque si no estás de acuerdo con lo que allí se cuenta, no vayas. Pero siempre hay quien lanza las campanas al vuelo con sus controversias.

«Vamos a poner las cosas sobre las íes». Todas las íes aplastadas con cosas. Y los puntos por ahí, de copas, libres, como el sol cuando amanece. Si  es que no hago carrera de vosotros.

A mí no me importa que personas mayores o que no han tenido oportunidad de estudiar confundan “polígono” con “polígamo”, o “vídeo” con “vídrio”, o “exhalación” con “instalación”. Pero que seres supuestamente cultos peguen estas patadas a nuestro lenguaje es que «me pone de quicio» y «me saca de los nervios».

 



   

miércoles, 29 de diciembre de 2021

En ocasiones descubro personas

 


     Hay veces que captas algo difícil de describir en ciertos seres humanos. Y, con el tiempo, te vas dando cuenta de que delante tienes alguien a quien comprendes perfectamente, mucho más allá de su personaje o su rol público.

     Así me pasó con Ángel Martín.

     Mi risa se hizo amiga de su humor, y yo me hice adicto a su retranca en «Sé lo que hicísteis». Quizá porque sentía que debajo de los gags y su forma de administrarlos había una sensibilidad fuera de la norma y cercana para mí. A través del tubo catódico (y luego el plasma) captaba algo más que el show televisivo.

     Luego tuve la suerte de trabajar con él, mano a mano, y comprobé qué es lo que ocurría. Nos reíamos igual, nos quedábamos serios igual, nos llegábamos a ilusionar igual. Yo le admiraba y sentía que él también me daba su parte de admiración.

     Después me contó sus ganas de hacer teatro hasta el punto de desplazarse (para mi sorpresa) para verme actuar en una ciudad al sur de Madrid. Intercambiamos opiniones de lo maravilloso que resultaba un escenario con los espectadores respirando al ritmo que tu les marcabas. De lo que quemaba la televisión y lo que apetecía estar cara a cara con el público. Por eso me sentí muy feliz cuando lo vi, al poco tiempo, en el teatro con el musical «Nunca es tarde». Brillaba y me llenaba de gozo el verle allí arriba.

     También colaboré en alguno de sus programas de televisión y de radio. Y siempre tenía la tranquilidad de que su complicidad me colocaría en el lugar más generoso. No somos amigos, pero creo que hablamos el mismo lenguaje.

     Por eso, cuando he encontrado su libro, no me ha sorprendido lo que cuenta en él. Esa locura solo está reservada a los genios. Le entiendo, y algo me dice que lo que le ha pasado yo ya lo sabía.  Es esa conexión que no se puede explicar.

     Por eso, creo que descubrí al Ángel Martín auténtico hace bastantes años. Y me declaro admirador del artista, pero más de la persona.




 


viernes, 8 de enero de 2021

Esos momentos íntimos.


    Interpretar es emocionarse, abrir el corazón y romperte en pedazos para los demás.

    En cierta ocasión, un compañero, al que admiro especialmente, me dijo tras verme en una representación de teatro "¡cuánta generosidad, te has quedado vacío!". Me pareció el piropo más bonito que he recibido.

    Ser actor también es vivir cada día con tus miedos, tus inseguridades, tu pasión, tus deseos y tus frustraciones. El público debe recibir el resultado de nuestro trabajo, pero nosotros tenemos que comernos nuestras angustias en la intimidad. Por respeto al espectador, hemos de dar siempre el cien por cien, aunque nuestras fuerzas flaqueen, nuestra alma esté rota o la justicia nos niegue su mano. Somos actores aunque no tengamos escenario, aunque actuemos sobre una baldosa y sin público.

    Por eso hoy me he emocionado en la intimidad de una sala de doblaje al ver a un compañero cómo soltaba su angustia sin poder contener sus lágrimas mientras decía "con lo hermoso que es esto, ¿por qué hay gente que lo prostituye? Hoy sí, hoy me voy lleno, porque me siento actor de verdad". Ha costado seguir, pero después de tragarnos la rabia, hemos vuelto a meternos en nuestros personajes.

    No diré su nombre, porque esto se queda para nosotros, pero me ha hecho muy feliz y quiero que todos sepáis que, aunque nuestra profesión es muy bonita, nuestras lágrimas también forman parte de nuestro gozo. El éxito y el reconocimiento es lo que llama la atención desde fuera, pero nuestra grandeza está en nuestro proceso más íntimo.

    Hoy, aunque a veces lo dude, siento que no he desperdiciado mi vida.




sábado, 27 de octubre de 2012

¡Empieza la función!



   Te pasas media la vida intentando demostrar que sabes hacer algo y, de pronto, descubres que es una pérdida de tiempo. Da igual lo que sepas hacer; siempre te va a pillar con el “paso cambiado”. 
     
   Y rectificas, cambias el paso, esperando adaptarte al paso común. Hasta que te das cuenta de que eso sólo frena tu caminar. Además no tiene sentido perder el tiempo justificando tus éxitos o tus fracasos. Sólo tú tienes el secreto de cómo hacer las cosas. 
 Entonces decides seguir tu ritmo, no aceptar imposiciones ni que muevan tus hilos. Y te conviertes en asocial. Sí, puede ser. O quizá es que has decidido comer sólo lo que te apetece. Ya no hay ritmos que seguir ni pautas que obedecer. 

   Piensas que nadie sigue tu compás, y no es cierto. Lo siguen los mismos que lo han seguido siempre, los que caminan a tu lado y no fuerzan tus pisadas. 
   Es cuando observas el lastre que has soltado, y, ligero de carga, ves como el horizonte se acerca sin esfuerzos extremos. 

   Es difícil pensar en uno mismo cuando has dedicado tanto tiempo en pensar principalmente en los demás. Pero, de tanto hacerlo, has dejado olvidado a tu “yo”. Así que, la única cura es hacerte el mejor regalo: el de tu propia vida. Dejar de poner en riesgo tu propio papel para servir el texto a los demás. 

   ¡Que suba el telón y protagonicemos nuestra propia función! 




domingo, 17 de junio de 2012

DeLaNada contra viento y marea

     
     Cuando, hace unos meses hablé del estreno de “Los últimos días de Alejandro”, lo hacía con la emoción del momento en el que el barco, tras haber sido diseñado, construido y pintado, es botado y comprobamos que, no sólo flotaba, sino que lo hacía con elegancia y con total seguridad. 

     Algunos meses han pasado de esa botadura y puedo asegurar que el viaje está siendo toda una aventura llena de grandes sensaciones. En primer lugar destacaré la valía de todos los componentes de esta tripulación. Unos iniciaron la singladura, otros se bajaron en algún puerto, otros se enrolaron en naves compañeras, y otros subieron durante la travesía. Pero todos han dado muestras de gran respeto por esta nao que se llama DeLaNada. Y ya han sido unos cuantos puertos en los que hemos fondeado. 
     Por mi parte, como dijo Antonio Machado “he andado muchos caminos, he abierto muchas veredas, he navegado en cien mares y atracado en cien riberas”, siento que esta aventura es hermosa como pocas y la última de nuestras singladuras ha sido una auténtica prueba de valía de este equipo humano. 

     DeLaNada teatro viajó a conquistar Granada con todas las dificultades imaginables. Y, como un equipo totalmente entregado, todos tomaron sus puestos sin perder la calma, sin amedrentarse y con la buena actitud que sólo los valientes tienen. Buen humor y entrega en todo momento. Capeamos el temporal y salimos victoriosos de tan temible tormenta. 

     Todos echamos de menos a Álvaro, Miguel y Gabriel, y sentimos la enfermedad de Borja que, en el último momento, le impidió estar con nosotros. Pero había que seguir, el espectáculo debía continuar, así que era hora de ponerse manos a la obra. 

     Fue fantástico ver la disposición de David Paredes y Álvaro Ramos cuando les propuse aprenderse sendos papeles durante el viaje para hacer la sustitución esa misma tarde. Furgoneta sala de ensayo
     Magnífico el coraje de Álvaro cuando, cinco minutos antes de empezar, se quitó el pinganillo que tenía preparado por si se le iba el texto y dijo “prefiero no llevar esto, vamos a por todas”: Coraje de actor
     Magnífico David Paredes que atendió mi petición sin rechistar y se aprendió el nuevo papel que defendió con ganas: Disciplina de actor
     Magnífico Javi supliéndome a mi, tras una carrera desde la cabina de luces, y haciendo un Diógenes único del que me sentí muy orgulloso: Actor sin trabas
     Sin olvidar su buena actitud cuando nos dimos cuenta de que nos faltaba el foco para un efecto: Solución de artista
     Magnífica Noe que, ante la falta de un soporte para las lanzas, salió a la calle, buscó una caja y preparó un soporte que ríete tu de Macgyver: Entrega de compañera
     Magníficos Alberto, Rubén y alguno más que, ante la falta de escudo, idearon un elemento escenográfico que dio hasta para unas risas cuando comentamos que podíamos hacer un espantapájaros: Arranque de genialidad
     Magnífica Virginia, que apareció por allí para ver la función y acabó de taquillera: Generosidad de amiga
     Magnífico Pedro, que vino a ver actuar a su hijo y estuvo atento en todo momento a lo que nos hiciera falta: Apoyo impagable.
     Magnífico Chema Cabello porque vino a ofrecernos su ayuda y vibró con el público, por si no era suficiente con ser el autor de "Los últimos días de Alejandro": Ánimo incondicional

     Y magníficos todos y cada uno, Marta, Jos, Zoraida, David Alonso, Dani y Raúl, porque no perdieron la amabilidad ni el buen humor en ningún instante: LEALTAD Y COMPAÑERISMO. 

     No hablaré del personal del Teatro Zaidín porque sólo puedo decir que hicieron su servicio escrupulosamente, o sea con todos los escrúpulos posibles. Prefiero hablar de lo positivo. 

     Sé que me ha salido un post muy serio, pero no se me ocurría otra manera de agradecer a este magnífico equipo que es DeLaNada Teatro. Aparte de unos grandes artistas, doy fe de que son unos extraordinarios seres humanos.

     Sois muy grandes y estoy orgulloso de dirigiros.






domingo, 20 de mayo de 2012

¿Alguna vez te has disfrazado de Spiderman?




     Parece que las premoniciones existen. Cuando, hace unos días, escribía una frase en el desfogante muro de Facebook, no imaginaba yo que iba a tener una prueba de ello tan evidente y tan pronto. Yo decía “la genialidad del actor es hacer que el personaje reviva cada día, que no se muera disecado en su propia complacencia”
     Y esto es lo que vi ayer en “Teoría y práctica sobre los principios mecánicos del sexo”. Unos actores y actrices (qué lata esto de tener que separar los sexos), haciendo tan real y tan fresco un texto que daba la impresión de no haber texto. 

     El público reunido en el Garaje Lumière se convirtió en voyeur (y conste que utilizo esta palabra francesa en honor a los Lumière) de la vida de unos seres poco alejados de cualquiera de nosotros. La mentira y los secretos forman parte de nuestra vida. Y quien lo niegue cae en la peor mentira que se puede decir: la mentira a uno mismo. Una divertida historia que no se queda en la superficialidad; donde puedes observar que lo que se dice no tiene por qué corresponder con lo que se hace.

     Impresionante la difícil sencillez con que el autor y director Miguel Ángel Cárcano crea un texto al que no se le ven los andamios. Esa humildad para no hacer lucimiento de su técnica, cuando sin duda la hay, porque de otro modo la historia no puede desarrollarse con esa composición tan meticulosa de cada uno de los personajes. La infidelidad de Daniel con su pareja contrasta con la fidelidad que le tiene a su amigo Carlos. O la sorprendente dualidad moral de Marta oculta tras su femenina intuición y sus elaboradas sospechas. O la compulsiva infidelidad de Carlos a quien le razona mejor su bragueta que su cerebro; un ser básico, sin maldad pero con poco de maquiavélico. Incluso Virginia, a quien su ética le censura hacer lo que su instinto le pide a gritos, no es ajena a esta impura honradez.

     En este caldo de sabores sin sabor y desahogo de represiones se mueve la obra. Y nuestra cabeza se golpea entre la risa (o carcajadas en algunos momentos) y el autoanálisis vergonzoso de nuestra propia moral. Con esta obra tienes la sensación de ver desnudos a los personajes en todo momento, porque sus actos y sus palabras delatan la mayor de las intimidades, la de sus almas. 

    Y, puesto que fue mi amigo Juan Vinuesa quien me animó para ir a verlos, no puedo reprimirme la necesidad de decir cuánto lo admiro. Hace una creación única en el rol de Carlos, tierno y comprensible a pesar de que su actitud no sea un dechado de prudencia. O ese reproche que tanto hiere a su personaje: "falta de madurez". Con esa vis cómica mezclada con la "mala follá granaina". Una muestra de cómo se construye un personaje con sus luces y sus sombras. No por ello dejo atrás la labor de los otros actores, que disfrutan y se crecen en escena hasta hacernos olvidar que están interpretando un papel. 

     No contaré el final, pero sí diré que me pareció un canto al “vive y deja vivir”, donde cada cual tiene que apechugar con sus fantasmas y sus telarañas para disfrutar de esta vida que no tiene vuelta atrás. 

     Porque, ¿quién no se ha disfrazado alguna vez de Spiderman?




martes, 17 de abril de 2012

Teatro de niños

 
     En ocasiones cierro los ojos e intento visualizar aquella primera incursión en el universo de la interpretación. Temprana, muy temprana fue mi llegada al mundo del teatro. Siete años de un niño que ya formó su propia compañía. Duró poco, desde luego, pero ya fue un apunte de lo que luego sería mi vida. Después el tiempo se encargaría de cambiar mi rumbo y, como la cabra tira al monte, pasados unos años volví a mi idea, esta vez mejor armado, sin duda, porque me ha durado hasta hoy.
     Me gustaría recordar el nombre de la obra que intentamos poner en marcha con aquel grupo de niños-actores. Lo que sí recuerdo es que había un sofá (hecho con cajones y una manta), una mesa, un mantel y una escena en la que yo me tenía que enfadar mucho. Sí, el mantel y el enfado son detalles importantes, porque fueron los detonantes de la disolución de la compañía. En pleno ensayo y haciendo gala de una enérgica actuación, tiré del mantel para hacer caer los vasos y platos que había sobre la mesa. Con tan mala suerte que el mantel rajó y el enfado de la actriz-escenógrafa que había prestado ese elemento del atrezzo nos llevó a una bronca que acabó con el proyecto. 

     Cierto es que aquello era un teatro muy infantil, pero la imaginación es el don natural de los niños y nosotros teníamos varios cestos llenos. Y como infantil es igual a pequeño, también era pequeño nuestro local para las representaciones: el patio de mi casa con las sillas que traían los espectadores bastaba. 

     Nuestro sistema de promoción no era gran cosa, pero cumplía su cometido. Para publicitar las funciones hacíamos un cucurucho de cartón a modo de megáfono y paseábamos a pie y grito por las calles del pueblo que por entonces tenía unos mil habitantes. 
     Iluminación ninguna, las funciones se hacían en horario solar. Y en cuanto a atrezzo, cualquier cosa encontrada en un desván servía. Hasta una pintura que años después un tasador descubrió que tenía un valor millonario por ser la obra de un pintor muy antiguo y prestigioso. No sé decir quién era el autor porque la noticia me llegó muy filtrada bastantes años después y ya se sabe lo que pasa con el “me han dicho que le han dicho a fulanito que menganito se ha enterado”. 

     En fin, que sin añorar aquellos incipientes inicios, me alegro de haber tenido que echar mano de tanto ingenio para hacer cosas que ahora, en muchos casos, me las dan hechas.



domingo, 8 de abril de 2012

La experiencia de lo que falta


     Después de un año sin publicar ningún artículo, creo que ya va siendo hora de volver a la carga. 
     No ha sido por falta de ganas, pero algunas pérdidas de compañeros me tentaban a escribir sobre ellos y no quería convertir el blog en un panegírico de seres queridos desaparecidos. Ni quería que fuera un muro de opiniones políticas por la situación que nos está tocando vivir. Así que, centrándonos en lo estrictamente teatral, abro esta nueva etapa con una reflexión sobre mi trayectoria como actor.

     Cuando, hace más de treinta años, decidí ser actor era un joven cargado de miedos y de ilusiones. Ahora dicen que soy un “actor con experiencia”. ¿Qué es la experiencia? Muchos creen que tener experiencia es saberlo todo o casi todo. Yo pienso que es haber librado muchas batallas y adquirido algún conocimiento, pero también tomar conciencia de que hay mucho por aprender. 
     Y cuando te vas curtiendo en estas lides, cambias el miedo por la responsabilidad, que quizá sea otro tipo de miedo. Todavía me tiemblan las piernas y siento el rápido palpitar del corazón cada vez que se encienden los focos de escena o la sala de doblaje se queda en silencio para que mi voz lo rompa, o el director dice aquello de “¡acción!”. 

     Como me dijo una vez una admiradísima y veterana compañera cuando le comenté que me ponía muy nervioso: “el día que dejes de sentir esos nervios, retírate, estás acabado”. Y creo que aún puedo seguir, porque esos nervios no se me han pasado. Cierto es que he aprendido a dominarlos para que no se apoderen de mí, pero sigo sintiéndolos. Quizá eso sea lo más destacable de lo que te da la experiencia. 
     Al igual que los reconocimientos. Parece que un reconocimiento es la posibilidad de tumbarte a recoger los frutos. Pero no es así, la cosecha hay que seguir cuidándola. Ya me comentó otra gran actriz que fue presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (nombre largo donde los haya): “los premios pueden ser muy peligrosos, porque los demás piensan que ya eres inaccesible y tu puedes dormirte mirando tu reflejo en el trofeo”. 

     Así que, con bagaje o sin él, yo sigo siendo el (ya no tan joven) de mis comienzos pero que es consciente de todo lo que le queda por hacer.


sábado, 30 de abril de 2011

Sé valiente, "No tengas miedo"



     Cuando hace unos años, una jovencita encantadora dio un ejemplo de lealtad y coraje al negarse a trabajar en cierto proyecto si despedían a su director, la emoción hizo que mi alma se encogiese y creyese un poco más en el ser humano y en los amigos. El pasado jueves, al ver a esa misma joven brillar por derecho en la pantalla de un cine, el alma se me volvió a encoger y creo más en la autenticidad y la genialidad interpretativa. Esa joven de ojos azules que muestran un universo de vida es Michelle Jenner, y aquel humilde director soy yo.
     Llevo dos días pensando en esta entrada del blog y me debatía entre hacer un comentario sobre la película "No tengas miedo" como espectador o sobre las emociones que ha provocado en mí como persona. Intentaré ser equitativo en ambas sensaciones.
     Para mí la película es un pedazo de vida extraída tal cual, sin adornos ni fuegos artificiales. He leído en alguna crítica que la cámara camina a la altura del personaje para hacernos ver la vida como la ve Silvia, la protagonista, y reconozco que no fui consciente de este detalle técnico, pero sin duda debió de ser algo por lo que me tuvo pegado al asiento los 90 minutos de proyección. Pero lo que sí pude apreciar era el viaje por un torrente de momentos de conversaciones truncadas, de frases inacabadas (como la vida misma) que nos llevan al dolor y a la incomprensión. Las dudas y los miedos continuos de Silvia y de sus padres nos muestran una relación de medias palabras, donde la única salida es aceptar y mirar al miedo de frente.
     Michelle hace un trabajo interpretativo tan profundo, tan de dentro, que es difícil mirarlo sin que se te encoja el estómago. Sin artificios, sin momentos efectistas de lágrima fácil. Con la contención que hace que te sientas dentro de la narración más que pensar en el trabajo actoral de los protagonistas. Aquí tengo que recalcar la extraordinaria generosidad de Belén Rueda y Lluis Homar que ponen su profesionalidad al servicio de una historia, o más bien de un testimonio, sin buscar su lucimiento.
     Genial el duelo interpretativo de Belén y Michelle en la cafetería, con sus miradas perdidas, sus frases inconclusas, sus pausas llenas de significado. Esto no se calcula, esto se siente y se ama o no surgen momentos así. Y, por destacar otro momento, como actor me impactó la conversación con su amiga Maite donde le pregunta "¿mi padre ha abusado de tí?". La respuesta de Nuria Gago (Maite) no puede ser más visceral; todo un ejemplo de lo que es actuar de verdad, desde las tripas.
     Cada uno de los actores que interviene en esta película aporta un trabajo tan digno que podríamos desgranar cada descubrimiento como parte primordial de un conjunto perfecto.
     En cuanto a Michelle, te hace vivir cada emoción en una íntima relación que no parece estar en la pantalla, sino ser una persona de carne y hueso que tienes a tu lado. Y que te hace sentir la extraña sensación, cuando acaba la película, de que más que una película, has visto la vida. Arriesgada apuesta de Montxo Armendáriz y que agradezco mucho porque le da al cine otra dimensión.
     Por eso salí de la sala en una especie de aturdimiento en el que mi mente se planteaba un sinfín de cuestiones. Y que sólo se desvaneció cuando, entre las cabezas de todo el mundo, vi aparecer a Michelle y gritarme "¡Guti!". En aquel momento, volví a la realidad, y comprobé que mi adorada Michelle estaba allí y lo que había visto era una magistral interpretación y una imprescindible película.
     Luego vino el reencuentro con los papás; Miguel Ángel Jenner, que es para mí, más que un amigo, mi ángel, y Martina que lleva su amor al límite de permanecer una hora de pie a pesar de su reciente operación. 
     Ver triunfar a un amigo es tan gratificante como triunfar uno mismo, porque ver feliz a un amigo te alimenta el corazón como pocas cosas.
     Bonita noche que me da energías para seguir creyendo en mi profesión y que guardaré entre mis más bellos recuerdos. Y con una frase que resuena en mi cabeza: "No tengas miedo".

viernes, 11 de marzo de 2011

"Los últimos días de Alejandro"


    Nuestra mente es un mundo lleno de fantasmas y pensamientos más o menos tangibles. Y, en esta amalgama de ideas, debes seleccionar las simples locuras pasajeras de los auténticos conceptos factibles.
     Cuando, hace ahora un año, tenía la última conversación con mi añorado amigo Jorge Aguado, no tenía muy claro si el proyecto podría realizarse. Y mi querido compañero me animaba a embarcarme en esta aventura, diciéndome que él sería el primer espectador en el patio de butacas. Desgraciadamente, Jorge no estará allí físicamente, pero nos acompañará su espíritu y su recuerdo. En aquel momento yo acababa de terminar una relación artística algo tortuosa y mi sesera se debatía entre el "quiero" y el "debo". Por suerte hice caso al "quiero" y al apoyo de mis compañeros y me animé a iniciar el proyecto.

     Al cabo de unos meses, junto a mis admirados compañeros que han sido un ejemplo de ánimo e ilusión, nos encontramos preparando lo que estamos a punto de estrenar.
     No sé si la intuición de Julián Salas, uno de los autores de la obra, cuando me pasó el texto sin conocernos siquiera, ha sido la más acertada (nótese la chanza). Pero lo que está claro es que, al que suscribe y a su grupo de acólitos nos ha dado, y seguro que nos dará, muy gratificantes momentos.

     El proceso creativo de "Los últimos días de Alejandro" ha sido un placer plagado de grandes descubrimientos y luchas de superación como pocas cosas en la vida nos pueden dar. Admiro la lealtad de todos los que se han puesto a mis órdenes, aún sabiendo que en ocasiones puedo resultar difícil de entender. Todos y cada uno de ellos han puesto todo su saber al servicio de este proyecto. Desde Beteta, al que echamos de menos y sé que pronto volverá a incorporarse, hasta el último de los llegados.

     Me gustaría hacer una relación de cada uno de ellos, pero este escrito se alargaría hasta hacerse eterno. Así que me limitaré a darles las gracias, como lo haría de uno en uno, y desearles que disfruten su trabajo hasta llegar a tocar el cielo.
     Gracias por tener dudas, gracias por vuestras miradas perdidas en busca de esa inspiración que parecía no llegar, gracias por dar brillo al opaco mundo, gracias por vuestras risas que destruyen mi rigidez, gracias por vuestros miedos a no estar a la altura, gracias por estar celosos de que os preste atención, gracias por preguntar, gracias por ponérmelo difícil cuando no veíais claras mis decisiones, gracias por apreciar el trabajo de vuestros compañeros, gracias por apoyaros entre vosotros, gracias por conseguir estremecerme hasta el punto de tener que ocultar alguna lágrima furtiva.

     Quedan pocas horas para que nuestro trabajo se presente al público, y lo único que se me ocurre es deciros lo que os dije en el último ensayo "vaciaos de toda vuestra carga, jugad, haced vuestros los personajes y vivid la magia del escenario".

     Alejandro cabalga en pos de grandes conquistas.


sábado, 7 de agosto de 2010

¿Me explica lo que es el arte?


     Leo en un diario nacional un artículo de un tal John J. Healey que titula "El problema más grave del cine español" y me retumba en la cabeza una sentencia: "tu eres tonto y a partir de ahí no hay más que hablar". Es que uno se harta ya de oír simplezas, mamarrachadas y exquisiteces de las mentes preclaras que pretenden sentar cátedra sobre lo que debe ser el arte (y lo he escrito bien, sin "de", porque lo hacen como una imposición). 

     Después de algunos años de dar bandazos en el mundo del espectáculo y habiendo estado en contacto desde sus bases más humildes a sus más refulgentes esferas, me he callado demasiadas veces para no caer en descalificaciones. Pero hay un momento en que peligra la integridad de mi aguante. 
     Según el iletrado revestido de erudito, el público está equivocado y quienes hacen películas de culto y de extremada estética se encuentran con que la sociedad no está preparada para algo tan exquisito. "Haberlas, haylas", aunque no todo el monte es orégano. Perdone usted, pero el arte no se impone. Una obra de arte que no provoca nada en el espectador, no es obra de arte, es una guarrería. Y eso es lo que están haciendo con el arte dramático los enteradillos que van de genios. El teatro en España se lo cargaron durante una época los lumbreras que pretendieron imponer un teatro experimental y de vanguardia que no interesaba a nadie. Suerte que ahora está resurgiendo porque hay compañías y profesionales que saben atraer al público. 

     Con el cine tres cuartos de lo mismo. Demasiadas subvenciones han alimentado un cine que no interesa y que hace creer al espectador que es un memo por no entenderlo.
     Habla el esclarecido de que la "naturalidad en la interpretación" no cala en el público vulgar porque está demasiado acostumbrado a estereotipos teatrales y forzados. Vamos a ver, el arte no es la vida tal cual. Tiene que ofrecer algo sugestivo, exponer su visión de la realidad y hacerlo con los resortes necesarios para resultar atractivo al público. Si quieren naturalidad, que se vean cualquier programa de prensa rosa. Ahí tienen un reflejo muy natural de ciertos personajes. Sin embargo, no podemos llamar arte a esto, y de "buen gusto" no tiene ni el conocimiento de lo que significa. 
     Pero si hasta la fotografía utiliza efectos y modifica la imagen real para resultar artística. Que no me vengan ahora con que hay que ser totalmente fieles a la realidad. ¿Qué sentido tendría entonces la poesía? ¿Hay alguien que hable así en su vida cotidiana? Pues no, pero ahí está la genialidad del poeta, en mostrar sentimientos utilizando sus propios y antinaturales recursos. ¿Es estricto con la realidad Van Gogh en sus "Girasoles Ciegos"? Alguien diría que utiliza sus tópicos trazos y su gama cromática habitual. Pero esa es la virtud de un artista, crear sensaciones atractivas con su propio estilo. 

     Otro de los manidos argumentos que se utilizan para defender cierto indefendible cine español es el mal que provoca el doblaje. Esa práctica en la que se utilizan clichés, entonaciones y frases hechas que nada tienen que ver con la sociedad española. Pues, mira por dónde, no voy a argumentar los pros y contras de esta práctica, por evitar un dicho que se utiliza en mi pueblo: "¿Quién alaba a la novia? La guarra de su madre."  Pero sólo diré que, por mucho que se empeñen algunos, si eso es lo que el público entiende y lo que al público le llena, irá a disfrutar de eso o no irá a ver nada. No se puede obligar a la gente a aguantar algo que no soporta. Y el arte tiene que gustar. Si no encandila a quien lo observa no deja de ser un capricho de su autor, o la justificación de un incompetente. Sobre todo, cuando éstos se empeñan en que es algo que debe gustar a todo el mundo o, de lo contrario, a las neuronas del público les falta un hervor.

     Sólo pido que cada cual tenga la suficiente capacidad de elegir lo que le llena y lo que no. No nos dejemos engañar por esas genialidades que no son sino fiascos para seguir viviendo del cuento. Ni por lo que estos gurús de la cultura nos tratan de imponer bajo la insinuación de que, de lo contrario, seremos burdos e ignorantes.

     Hoy no estoy gracioso, pero es que hay cosas que me cambian el humor. Ese empeño en imponer o menospreciar a quienes tienen unos gustos o unos conceptos alejados de lo que estas personas desearían (quizá para poder vivir de su/el cuento) sí que es un problema para el cine español. Seamos honestos y un poquito más terrenales


jueves, 22 de abril de 2010

El dolor de un adiós.


     Ójala pudiese, con mi modesta palabra, expresar lo que siente mi corazón hoy. Cuando se va un ser querido, el vacío que te deja es algo que ni el tiempo puede curar. Te acostumbras, pero sigues sintiéndote incompleto. Lo de hoy es muy superior. Ni las lágrimas tienen fuerza para aplacar este dolor.
     No se ha ido un ser querido, se me ha ido mi amigo, mi compañero, mi cómplice, mi empuje, mi fuerza, mi ejemplo. Jorge Aguado no era un hombre cualquiera, Jorge era un manantial de amor que derramaba su fuerza vital a todos los que le rodeaban. Una fuerza vital que, a fuerza de entregarla, le ha abandonado. 
     ¿Por qué? ¡No es justo, Dios mío, no es justo! 
     Tu me hiciste comprender lo que era entregar sin pedir nada a cambio, tu me enseñaste a vibrar con el arte. Ese arte del que eras un maestro sin alardes, porque te preocupaba más el bienestar de los demás que el tuyo propio. Sinceridad, honestidad, cariño y pasión están unidas por siempre a tu nombre.
     Siempre tuvimos la esperanza de volver a gozarte en tu plenitud, pero el maldito virus decidió minarte sin respetar quién eras. Hablar contigo era llenarse de ilusiones, por eso nunca creímos que esto podría pasar. Y se me rompe el alma al recordarte. Así, sonriente, animando, dando vida mientras te iban arrebatando la tuya. Y nosotros, embelesados por tu energía, nos cegábamos a la realidad. Nos queda el consuelo de saber que nunca te han faltado los cuidados de María, esa mujer que te ha acompañado y te ha dado la paz y el cariño que tanto necesitabas.
     Tiene suerte el cielo de tenerte en su seno, y allí tendrás toda la gloria que te mereces, gloria que el mundo humano nunca hizo la suficiente justicia a tanta como te corresponde. 
     En nuestros corazones quedan los bellos momentos que nos has dado, la lección de comprensión y de vida que siempre nos has ofrecido. Me gustaría escribir hermosas palabras, pero nunca serían tan importantes como tu lo has sido para mi. Ni tus ojos nos volverán a mirar de frente, ni tu voz nos volverá a alimentar el alma, pero nos queda tu cariño, que se nos ha quedado grabado para siempre. 
     Sé que no será la última vez que escriba sobre tí, ni la última vez que hable contigo. Porque hace unos días me decías que ibas a estar en el estreno de mi próximo montaje, y sé que allí estarás, mirándonos desde el cielo. Y a tí dedicaremos la representación, como tantas veces, desde que la cruel naturaleza bajó tu cuerpo del escenario. Tu cuerpo sí, pero no a tí, porque siempre te sentimos a nuestro lado, como te vamos a sentir ahora.
     Me quedo con las palabras que nos cruzamos en nuestra última conversación, cuando tu me dijiste "¿Sabes que te quiero, Edu?". Sí, lo sé, y tu sabes que yo también te seguiré queriendo eternamente.
     Hasta siempre, Jorge. Descansa, AMIGO.


domingo, 18 de abril de 2010

Hoy comemos... ¡Menestra!


     Hacia las 19:15 salimos de casa para degustar el plato que nos habían preparado Menestra Company. Cuando vas a un sitio que no conoces conviene salir con tiempo por si te enredas en una madeja de calles de la que cueste salir y luego llegas tarde al teatro. No es agradable para un actor ver sombras que entran y salen del patio de butacas durante la representación. ¿Da miedo? Pues no, pero es un poco desconcentrante (no existe la palabra, pero se debería instituir porque es más específica para casos como este que la admitida desconcertante, ya hablaremos de ello). Y desconcentra tanto como el sonido de un móvil. Que, por cierto, no sonó ni uno. Bravo por el público del Centro Cultural José Saramago de Leganés.
     El caso es que llegamos un poco pronto, pero así nos dio tiempo a conocer el entorno y entrar en situación, como el que espera a la puerta de un restaurante. 
     Entramos; por la puerta equivocada, eso sí, y después de estar dentro preguntamos: "¿dónde se compran las entradas?" "Ah, bueno, eso es en la otra parte del centro." Salimos, entramos por la otra puerta y cogimos las entradas. Vimos una puerta que daba al recibidor (me niego a decir hall o "jol") de la primera entrada, y allí nos dirigimos. Una voz a nuestras espaldas se escuchó: "señores, por ahí no se puede, tienen que salir y volver a entrar desde la calle". Volvimos a salir a la calle y, como unos respetables espectadores, entramos por la entrada del primer intento; entregamos las entradas, saludamos, fuimos saludados muy afablemente por los empleados del centro y nos dirigimos a la sala del teatro. Esta entrada sí fue triunfal.
     Así, entre para adentro y para afuera, consumimos los minutos que quedaban para el comienzo de la función. 
     Desde antes del inicio los ánimos del público estaban predispuestos para pasarlo bien. Fue graciosísima la reacción de los espectadores cuando se anunció por megafonía "se prohíbe tomar fotografías o la grabación de esta representación..." Todo el público se giró hacia el chico que manejaba una cámara de vídeo en un trípode. A lo que él, entre apabullado y divertido, contestó "yo tengo permiso". Risas generales. 
     Se apagan las luces de la sala y comienza el espectáculo. Guisante, Zanahoria y Calabacín hacen acto de presencia, como venidos de un onírico mundo, para pasar una serie de pruebas que les harán aptos o no aptos para formar parte de nuestro mundo. El director del proyecto les orienta hacia lo que será una serie de situaciones entre surrealistas, desternillantes y disparatadas. Risas, carcajadas, y alguna que otra sorpresa se suceden a lo largo de la representación. No voy a contar cada uno de los "esqueches" de la obra, pero puedo decir que están cargados de ingenio y de arte. Para todos los gustos y para todos los públicos. A mi me encandiló especialmente el de la gabardina que me recordaba al teatro negro de Praga, pero sin fluorescencias ni oscuridad. Dos actores dando vida a una marioneta-gabardinaconsombrero donde ellos pasaban desapercibidos para hacernos creer que era el objeto inanimado el que actuaba en aquellos momentos. La gabardina estuvo muy bien, pero sus manipuladores tenían todo el mérito en la sombra. 
     En un suspiro llegamos al final donde, como cada vez que colaboro en un espectáculo, no puedo evitar sentir los nervios ante mi intervención. Porque en esta obra también intervenía yo, aunque fuera con un personaje en off. Y en aquel momento me entró el miedo y pensé "que no tenga un lapsus, por Dios, que no me pare". Y no me paré, lo solté todo tal y como lo tenía grabado. Es la ventaja de este tipo de papeles, y la desventaja también, porque no hay posibilidad de rectificación. 
     Acabó la función, pero no el divertimento. Porque después de esperar media hora en la puerta del teatro, nos informaron de que los actores estaban esperándonos en la parte trasera del centro (¡qué centro, con tantas entradas y salidas!). Cañitas, conversación y la comunión de siempre entre compañeros conocidos y acabados de conocer. 

¡Qué auténtica es la gente de teatro!


miércoles, 17 de marzo de 2010

Actores, actorcillos y... eso



     Tanto hablar de intrusismo en esta, mi profesión, y resulta que el intrusismo lo tenemos dentro. Gran incongruencia.
     Conozco a algunos que viven de la profesión de actor y no son actores, son simples funcionarios de este oficio. Estos son los intrusos. Los que no sienten, ni viven, ni se comportan como actores. Son meros ejecutantes que, con más o menos acierto, se ganan la vida haciendo creer que interpretan. También suelen llenar sus conversaciones con los demás de palabrería para demostrar lo magníficos que son. Lo que contrasta con lo poco que ofrecen.

     Hace ya mucho tiempo que me vengo planteando la cuestión de qué es exactamente un actor. Yo, que en muchas ocasiones he combinado el teatro aficionado con mi trabajo como actor profesional, he llegado a la conclusión de que el artista no necesita de títulos ni de contratos. Artista es quien se siente así y vive como tal. Se da por sentado que un actor profesional está preparado y tiene cierta calidad, pero no siempre es así. He visto malos actores viviendo de ello y magníficos actores haciendo teatro aficionado. Como también he visto algunos aficionados que pretenden llamarse actores y no pasan de ser imitadores de pacotilla.
     Un actor es alguien comprometido con la sociedad y con el ser humano. Pero debe serlo sinceramente; no "de cara a la galería". Un actor es una persona que desea comunicar, desea contar historias, desea conmover almas. No únicamente destacar y salir en todas las fotos. Un actor es alguien que crea por la simple pasión de crear y es generoso a la hora de ofrecer su esfuerzo para el disfrute de los demás. Un actor debe tener la humildad suficiente para saber que en el aprendizaje está la superación. Y no deja de investigar, de innovar, de buscar nuevas formas de expresión. Un buen pianista no lo es sólo por tocar todas las notas, sino por hacer con ellas música que conmueva. Del mismo modo, un actor no es quien repite un texto, sino quien es capaz de hacerlo provocando sensaciones. Como auténtico artista debe ser creativo y no conformarse con lo establecido, porque el adocenamiento conduce a su muerte como comediante.

     Bravo por los artistas que aún se permiten equivocarse porque no se conforman con lo manido, porque se atreven a investigar y creen en sus propias convicciones. Por eso no considero intrusismo que alguien que siente y vive como actor se gane la vida con ello. Considero más intruso a aquel que, sin otro afán que el del dinero o el de saciar su ego, ocupa un lugar en el mundo interpretativo.


martes, 2 de marzo de 2010

Por sus ojos y nuestro corazón


     Vuelvo a la sala Tribueñe a disfrutar del teatro en su más puro concepto.
     Esta vez a imbuirme en la historia de una mujer cuya vida pudo ser de todo menos simple. Esta es la historia que la compañía Tribueñe nos ofrece en un jueves desapacible en el exterior, pero que se convierte en calor y magia dentro de estas paredes.
     Los personajes salidos de la función nos reciben trasladándonos a los inicios del siglo XX, en el que una mujer, Francisca Marqués López, desarrollaría una vida llena de música y sensaciones.

     "Por los ojos de Raquel Meller" nos muestra un personaje desgarrado, que se embarca en una carrera musical no siempre feliz. La ambición y la lucha por su estilo propio jalonarían una vida de deseos, genio, y tortura psicológica.
     Después de disfrutar de un espectáculo como este, es difícil desgranar la cantidad de sensaciones que vive uno como público. Es tan fuerte la sensación de haber sido hipnotizado y embaucado por tanta magia escénica, que sería como desentrañar toda una vida.

     Las candilejas que enmarcan el espacio escénico te sumergen en una época pasada y la voz y el piano en directo, sin ningún artefacto tecnológico que la distancie del público, crean la atmósfera mágica que lleva al espectador a formar parte de la acción.
     La voz de Maribel Per alcanza tanto preciosismo que te envuelve en cada uno de los temas que interpreta. Desde una primera etapa con temas en los que acata lo que le impone la necesidad de llegar al gran público con unas canciones de tono picaresco, hasta las últimas, buscando un estilo más "profundo" en el que llega a impresionar el patetismo de un ser humano perdido en su propio endiosamiento.
 
     Hugo Pérez, en la dirección de este montaje da muestras de una extraordinaria imaginación, rayando con la genialidad, al componer cuadros tan artísticos y aprovechando al máximo las posibilidades tanto de escena como de intérpretes.
     Es gratificante ver que cada personaje encaja en su intérprete como un guante. Nunca se sabe si el personaje está hecho para el actor o el actor está hecho para el personaje. Las capacidades de cada artista son exploradas y explotadas con sabiduría por este joven director. Cada uno de los personajes está perfectamente encajado en el conjunto, adoptando la importancia de un protagonista por los matices que aporta a la obra.

     Me quedo con las sensaciones, la experiencia de haberme trasladado en el tiempo y haber vivido dos horas un sueño mágico de otro tiempo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Un paisaje de cerezos


     Unas vías de tren, unas maletas esperando que alguien les dé movimiento y una luz que  juguetea en la escena mientras personajes anónimos, viajeros del tiempo, comienzan un trasiego a cámara lenta que te imbuye en un mundo de irremediables cambios.
     Así empieza "El jardín de los cerezos" que la compañía del Teatro Tribueñe presenta en su sala. Una sala que, dicho sea de paso, invita a la imaginación teatral, puesto que ella misma desprende magia.

     Chejov nos habla en su obra del cambio social, pero nos muestra mucho más. Nos presenta un catálogo de personajes, unos inmersos en su costumbre y otros con el deseo del cambio. Todos los personajes se mueven, y marcan con su movimiento el destino de los demás.
     El simbolismo de las maletas que se convierten en raíces de unos cerezos que son, a la vez, los remos que empujarán nuestro destino, nos mantiene durante tres horas inmersos en el juego teatral. Un juego de complicidad y de cercanía que nos hace identificarnos con uno u otro personaje durante la representación.

     Pero algo que me llegó a emocionar de la obra es el sentido que le encontré a este "Jardín de los cerezos", sin flor, en una decadencia obligada por las nuevas formas de vida burguesa. Un jardín que se ve abocado a su destrucción por el deseo de los nuevos veraneantes que esperan sustituirlo por chaletes de esparcimiento. Culpa que comparten unos terratenientes inútiles y adormecidos en la seguridad de su posición.
     La belleza de un sueño perdida en pro del progreso y de los intereses monetarios. Y ahí, Irina Kouberskaya hace una composición de su personaje al principio de la historia que me recordaba a nuestro Alonso Quijano; un ser que vive en su mundo y mantiene su orgullo y su estatus para no plegarse a la destructiva realidad. Curiosa mezcla de un personaje ruso con el hidalgo español. Su ética le lleva, incluso, a resistirse a volver con un amor pasado aunque esto solucionase sus problemas económicos. El ideal por encima del interés.
     Un precioso cuadro de seres humanos. Desde el decrépito criado-esclavo que acepta su posición y cuando su muerte parece ser inminente estalla en una energía desbordante, hasta el parásito amigo que pide dinero continuamente y en su momento de triunfo se dedica a devolver todo lo prestado en un alarde de agradecida prepotencia. Un cuadro con cientos de lecturas que dependerán de quién sea el observador, pero que me han hecho disfrutar de ver teatro de verdad.

     Un teatro sin pretensiones de grandes carteleras, hecho con el amor y la entrega de gentes que adoran de verdad este arte. Artistas que igual preparan un vestuario o un decorado que construyen ladrillo a ladrillo una sala como la Tribueñe.

     Gracias por alimentar el verdadero teatro.



sábado, 16 de enero de 2010

Ser o... no dejar de serlo



     Ir al teatro es una aventura que no tiene comparación con ir al cine o ver la televisión, aunque ésta última, por la proximidad con todos, a veces sea el escaparate para actores que gracias a ella pueden llegar a "tener cartel". No es que yo esté muy de acuerdo con que haya que ser "conocido" para ofrecer un espectáculo de calidad. Pero el mercado es así, y lo acepto mientras eso lleve espectadores al teatro.

     En el caso de "Ser o no ser" la combinación cumple las expectativas, y ofrece un montaje para disfrutar y para seguir amando el mundo de la escena.

     Quizá muchas referencias queden ocultas para el espectador de calle, pero los guiños al mundo del teatro, hacen que para los que nos dedicamos a esto sea una montaña rusa de imágenes y detalles que no dejan de aparecer durante toda la obra. Me recuerda a mis tiempos de chavalillo, cuando leyendo tebeos siempre buscaba en los rincones de las viñetas al ratoncillo fumando, o el gato haciendo pesas... Infinidad de pequeños detalles que hacían de cada cuadro un conjunto completo y perfecto.

     De entrada la escenografía cumple con su cometido (difícil dados los precedentes de la película de Lubitsch) llevándonos de un espacio a otro sin aparatosos artificios. Hay momentos en los que dudas de si estás viendo una película o los actores están ahí. La iluminación y el sonido son sencillos pero efectivos. Recargarlo más hubiese sido distraer la atención de la comedia para la que están diseñados. Con un sonido sencillo pero efectivo. Por buscarle un pero yo hubiese situado algunos sonidos en lugares determinados del escenario. Como los diálogos que surgían de las proyecciones, que podrían haber salido de detrás de la pantalla dando una efecto más compacto del conjunto puesto que a veces se encadenaban las grabaciones con la imagen real de los actores.

     Y llegamos a la pieza fundamental en el teatro... los actores. Sé que se han hecho experimentos sin actores y que en un espectáculo de hoy en día todo cuenta. No es mi intención, ni mucho menos, menospreciar la importancia de la parte técnica, como no minimizo la necesidad de cualquier faceta de la producción. Pero yo soy de la opinión que es suficiente con que haya un actor para que se pueda realizar el acto teatral. Un simple artista en un parque ante un público eventual ya es teatro.

     Pero lo que quiero hacer constar es que "Ser o no ser" está plagada de actores haciendo su cometido de un modo brillante. También hay alguna sombra, como Amparo Larrañaga, que parece tirar de recursos para ofrecer un personaje demasiado indefinido e irreal ante la batería de genios que tiene a su alrededor. Pero creo que esta circunstancia queda minimizada por los magníficos compañeros que la arropan en escena.

     ¡Qué decir de mi amigo Jose Luis Gil! No descubro en él nada que no supiese: que es un derroche de talento y tiene una gracia innata que empapa cada cosa que hace. Su dominio de la voz no tiene discusión, conociendo cada inflexión hasta exprimir un texto en sus más sutiles intenciones. Y su control físico, con sus caras y sus gestos, acompaña en sus pausas y sus miradas a un diálogo tan bien escrito que no hay recoveco del texto que pase desapercibido. Eso es lo que desencadena tal interés en el público, que casi espera deseoso cada una de sus apariciones en escena. Intervenciones tan hilarantes en ciertos momentos que las carcajadas del público fuerzan al obligado "frenazo" en escena para que los espectadores no se pierdan la siguiente acción. El maestro Gil tiene esa capacidad para encandilar al espectador y la generosidad de entregarse al ciento por ciento en escena (aunque trabajar por la mañana en la serie de televisión y por la tarde en el teatro lo tenga agotado, como me reconoció después).

     En cuanto al resto del reparto, no puedo decir sino elogios. Su entrega y respeto por cada uno de sus personajes hacen que compongan un cuadro lleno de matices y detalles magistrales.

     He visto momentos desternillantes.
     Como, por ejemplo, los dos actores que luchan por ser considerados dentro de la compañía y en el mundo de la escena. Con ese texto de ‟El mercader de Venecia” (tan acorde con el sufrimiento judío ante los Nazis) repetido hasta la saciedad, como una muestra de la obsesión de estos actores por conseguir su sueño de interpretarlo: "Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?".

     O la escena anterior a cada monólogo de Hamlet, donde los dos actores se marcan sendos personajes en los que representan al actor demasiado metido en su papel y al actor que suelta el texto sin ningún interés. ¡Qué divertida cada una de las versiones que hacen, en el transcurso de la obra!

     Bastantes actores de los que intervienen son reconocidos por sus trabajos en televisión, pero lo que para mí importa realmente en esta obra es cómo se dejan la piel y el corazón en escena para hacernos volar y divertirnos como hacía tiempo que no me reía en el teatro.

      Podría estar horas contando detalles de lo que he visto, pero sirva esto como apunte para que quienes queráis disfrutar del teatro tengáis una referencia de algo digno de ver.


lunes, 4 de enero de 2010

En ocasiones oigo frases



     Resulta curioso y, ¿por qué no decirlo?, halagador cuando descubres que algunas expresiones que tu mismo te has inventado pasan a formar parte de el uso o se convierten en populares.

     Es la ventaja que tiene el escribir guiones, o adaptarlos en mi caso. El guión cinematográfico llega a muchos espectadores, y así de forma subliminal, sus frases empiezan a formar parte de nuestra vida.

     Recuerdo que en los años ochenta había una expresión muy habitual en las pantallas de cine y que, en algunos casos, hay personas que la siguen considerando normal: el "jodido" lo que sea. Lo eran las puertas, los teléfonos, los lápices... todo era fornicado. Siempre he creído que se podía estar así, pero veía difícil que se fuera eso, y más los objetos inanimados. A mi modo de ver tenemos expresiones castellanas que pueden sustituir a esa traducción literal del "fuck" inglés. Puñetero, por ejemplo, o para darle mayor énfasis "puto". Por suerte esa tendencia ha disminuido y ya son menos objetos los que son víctimas de esta práctica sexual.

     Otra de las expresiones que siempre me han producido cierto escalofrío al oírlas es el "¿te encuentras bien?" a una persona que ha sido tiroteada, ha tenido un accidente o se ha caído de un puente. Bien, lo que se dice bien, seguro que no se encuentra, después de semejante acontecimiento. Se le puede preguntar si "se le está pasando", si "está herido", si "le duele mucho", si "puede aguantarlo"... pero preguntarle si se encuentra bien es una total falta de sensibilidad. Evidentemente NO SE ENCUENTRA BIEN, vamos que yo creo que no tiene ganas ni de buscarse.

     En cuanto a expresiones propias, me acuerdo que en mis principios oí alguna crítica negativa a vocablos que empecé a utilizar en mis guiones por considerar que estaban al cabo de la calle. Estos fueron el "guay" y el "genial" (como expresión de júbilo). El tiempo los ha ido imponiendo, tanto a nivel de la calle como a nivel cinematográfico, y ahora parece que ya nadie se extraña de oírlos en una película.

     Mucha mejor aceptación tuvo el "en ocasiones veo muertos" con el que nadie se ha planteado lo rebuscado de la frase. Simplemente sonó y se hizo popular tal cual. Pero yo tuve mis dudas cuando la elegí, porque me parecía un diálogo demasiado erudito para un niño. No obstante tuve que utilizarla para amoldarnos al movimiento de esos labios que decían "I see dead people" (veo gente muerta).

     Otra de las muchas expresiones que he visto cómo se han hecho populares al nivel del "¿me entiendes?" de la Esteban, pero con la ventaja de que nadie pone cara al autor, es "¡Zás, en toda la boca!". Reconozco que suelo esbozar una sonrisa cada vez que la oigo acordándome del día que decidí que el "POW! Right in the Kisser!" (¡Pum, justo en los labios!) inglés se convirtiera en ésta tan popular ahora.

     Entiendo que son muchas frases las que uno escribe en sus guiones cada día, y admito que siento cierto orgullo cuando oigo alguna de ellas en la calle. Todavía me tengo que reprimir a veces para no decir "¿sabes que eso es creación mía?". El ego humano, ya ves tú. Pero, en el fondo, me divierte más permanecer en el anonimato porque tampoco es que lo mío sea El Quijote.