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miércoles, 29 de diciembre de 2021

En ocasiones descubro personas

 


     Hay veces que captas algo difícil de describir en ciertos seres humanos. Y, con el tiempo, te vas dando cuenta de que delante tienes alguien a quien comprendes perfectamente, mucho más allá de su personaje o su rol público.

     Así me pasó con Ángel Martín.

     Mi risa se hizo amiga de su humor, y yo me hice adicto a su retranca en «Sé lo que hicísteis». Quizá porque sentía que debajo de los gags y su forma de administrarlos había una sensibilidad fuera de la norma y cercana para mí. A través del tubo catódico (y luego el plasma) captaba algo más que el show televisivo.

     Luego tuve la suerte de trabajar con él, mano a mano, y comprobé qué es lo que ocurría. Nos reíamos igual, nos quedábamos serios igual, nos llegábamos a ilusionar igual. Yo le admiraba y sentía que él también me daba su parte de admiración.

     Después me contó sus ganas de hacer teatro hasta el punto de desplazarse (para mi sorpresa) para verme actuar en una ciudad al sur de Madrid. Intercambiamos opiniones de lo maravilloso que resultaba un escenario con los espectadores respirando al ritmo que tu les marcabas. De lo que quemaba la televisión y lo que apetecía estar cara a cara con el público. Por eso me sentí muy feliz cuando lo vi, al poco tiempo, en el teatro con el musical «Nunca es tarde». Brillaba y me llenaba de gozo el verle allí arriba.

     También colaboré en alguno de sus programas de televisión y de radio. Y siempre tenía la tranquilidad de que su complicidad me colocaría en el lugar más generoso. No somos amigos, pero creo que hablamos el mismo lenguaje.

     Por eso, cuando he encontrado su libro, no me ha sorprendido lo que cuenta en él. Esa locura solo está reservada a los genios. Le entiendo, y algo me dice que lo que le ha pasado yo ya lo sabía.  Es esa conexión que no se puede explicar.

     Por eso, creo que descubrí al Ángel Martín auténtico hace bastantes años. Y me declaro admirador del artista, pero más de la persona.




 


domingo, 17 de junio de 2012

DeLaNada contra viento y marea

     
     Cuando, hace unos meses hablé del estreno de “Los últimos días de Alejandro”, lo hacía con la emoción del momento en el que el barco, tras haber sido diseñado, construido y pintado, es botado y comprobamos que, no sólo flotaba, sino que lo hacía con elegancia y con total seguridad. 

     Algunos meses han pasado de esa botadura y puedo asegurar que el viaje está siendo toda una aventura llena de grandes sensaciones. En primer lugar destacaré la valía de todos los componentes de esta tripulación. Unos iniciaron la singladura, otros se bajaron en algún puerto, otros se enrolaron en naves compañeras, y otros subieron durante la travesía. Pero todos han dado muestras de gran respeto por esta nao que se llama DeLaNada. Y ya han sido unos cuantos puertos en los que hemos fondeado. 
     Por mi parte, como dijo Antonio Machado “he andado muchos caminos, he abierto muchas veredas, he navegado en cien mares y atracado en cien riberas”, siento que esta aventura es hermosa como pocas y la última de nuestras singladuras ha sido una auténtica prueba de valía de este equipo humano. 

     DeLaNada teatro viajó a conquistar Granada con todas las dificultades imaginables. Y, como un equipo totalmente entregado, todos tomaron sus puestos sin perder la calma, sin amedrentarse y con la buena actitud que sólo los valientes tienen. Buen humor y entrega en todo momento. Capeamos el temporal y salimos victoriosos de tan temible tormenta. 

     Todos echamos de menos a Álvaro, Miguel y Gabriel, y sentimos la enfermedad de Borja que, en el último momento, le impidió estar con nosotros. Pero había que seguir, el espectáculo debía continuar, así que era hora de ponerse manos a la obra. 

     Fue fantástico ver la disposición de David Paredes y Álvaro Ramos cuando les propuse aprenderse sendos papeles durante el viaje para hacer la sustitución esa misma tarde. Furgoneta sala de ensayo
     Magnífico el coraje de Álvaro cuando, cinco minutos antes de empezar, se quitó el pinganillo que tenía preparado por si se le iba el texto y dijo “prefiero no llevar esto, vamos a por todas”: Coraje de actor
     Magnífico David Paredes que atendió mi petición sin rechistar y se aprendió el nuevo papel que defendió con ganas: Disciplina de actor
     Magnífico Javi supliéndome a mi, tras una carrera desde la cabina de luces, y haciendo un Diógenes único del que me sentí muy orgulloso: Actor sin trabas
     Sin olvidar su buena actitud cuando nos dimos cuenta de que nos faltaba el foco para un efecto: Solución de artista
     Magnífica Noe que, ante la falta de un soporte para las lanzas, salió a la calle, buscó una caja y preparó un soporte que ríete tu de Macgyver: Entrega de compañera
     Magníficos Alberto, Rubén y alguno más que, ante la falta de escudo, idearon un elemento escenográfico que dio hasta para unas risas cuando comentamos que podíamos hacer un espantapájaros: Arranque de genialidad
     Magnífica Virginia, que apareció por allí para ver la función y acabó de taquillera: Generosidad de amiga
     Magnífico Pedro, que vino a ver actuar a su hijo y estuvo atento en todo momento a lo que nos hiciera falta: Apoyo impagable.
     Magnífico Chema Cabello porque vino a ofrecernos su ayuda y vibró con el público, por si no era suficiente con ser el autor de "Los últimos días de Alejandro": Ánimo incondicional

     Y magníficos todos y cada uno, Marta, Jos, Zoraida, David Alonso, Dani y Raúl, porque no perdieron la amabilidad ni el buen humor en ningún instante: LEALTAD Y COMPAÑERISMO. 

     No hablaré del personal del Teatro Zaidín porque sólo puedo decir que hicieron su servicio escrupulosamente, o sea con todos los escrúpulos posibles. Prefiero hablar de lo positivo. 

     Sé que me ha salido un post muy serio, pero no se me ocurría otra manera de agradecer a este magnífico equipo que es DeLaNada Teatro. Aparte de unos grandes artistas, doy fe de que son unos extraordinarios seres humanos.

     Sois muy grandes y estoy orgulloso de dirigiros.






domingo, 20 de mayo de 2012

¿Alguna vez te has disfrazado de Spiderman?




     Parece que las premoniciones existen. Cuando, hace unos días, escribía una frase en el desfogante muro de Facebook, no imaginaba yo que iba a tener una prueba de ello tan evidente y tan pronto. Yo decía “la genialidad del actor es hacer que el personaje reviva cada día, que no se muera disecado en su propia complacencia”
     Y esto es lo que vi ayer en “Teoría y práctica sobre los principios mecánicos del sexo”. Unos actores y actrices (qué lata esto de tener que separar los sexos), haciendo tan real y tan fresco un texto que daba la impresión de no haber texto. 

     El público reunido en el Garaje Lumière se convirtió en voyeur (y conste que utilizo esta palabra francesa en honor a los Lumière) de la vida de unos seres poco alejados de cualquiera de nosotros. La mentira y los secretos forman parte de nuestra vida. Y quien lo niegue cae en la peor mentira que se puede decir: la mentira a uno mismo. Una divertida historia que no se queda en la superficialidad; donde puedes observar que lo que se dice no tiene por qué corresponder con lo que se hace.

     Impresionante la difícil sencillez con que el autor y director Miguel Ángel Cárcano crea un texto al que no se le ven los andamios. Esa humildad para no hacer lucimiento de su técnica, cuando sin duda la hay, porque de otro modo la historia no puede desarrollarse con esa composición tan meticulosa de cada uno de los personajes. La infidelidad de Daniel con su pareja contrasta con la fidelidad que le tiene a su amigo Carlos. O la sorprendente dualidad moral de Marta oculta tras su femenina intuición y sus elaboradas sospechas. O la compulsiva infidelidad de Carlos a quien le razona mejor su bragueta que su cerebro; un ser básico, sin maldad pero con poco de maquiavélico. Incluso Virginia, a quien su ética le censura hacer lo que su instinto le pide a gritos, no es ajena a esta impura honradez.

     En este caldo de sabores sin sabor y desahogo de represiones se mueve la obra. Y nuestra cabeza se golpea entre la risa (o carcajadas en algunos momentos) y el autoanálisis vergonzoso de nuestra propia moral. Con esta obra tienes la sensación de ver desnudos a los personajes en todo momento, porque sus actos y sus palabras delatan la mayor de las intimidades, la de sus almas. 

    Y, puesto que fue mi amigo Juan Vinuesa quien me animó para ir a verlos, no puedo reprimirme la necesidad de decir cuánto lo admiro. Hace una creación única en el rol de Carlos, tierno y comprensible a pesar de que su actitud no sea un dechado de prudencia. O ese reproche que tanto hiere a su personaje: "falta de madurez". Con esa vis cómica mezclada con la "mala follá granaina". Una muestra de cómo se construye un personaje con sus luces y sus sombras. No por ello dejo atrás la labor de los otros actores, que disfrutan y se crecen en escena hasta hacernos olvidar que están interpretando un papel. 

     No contaré el final, pero sí diré que me pareció un canto al “vive y deja vivir”, donde cada cual tiene que apechugar con sus fantasmas y sus telarañas para disfrutar de esta vida que no tiene vuelta atrás. 

     Porque, ¿quién no se ha disfrazado alguna vez de Spiderman?




martes, 17 de abril de 2012

Teatro de niños

 
     En ocasiones cierro los ojos e intento visualizar aquella primera incursión en el universo de la interpretación. Temprana, muy temprana fue mi llegada al mundo del teatro. Siete años de un niño que ya formó su propia compañía. Duró poco, desde luego, pero ya fue un apunte de lo que luego sería mi vida. Después el tiempo se encargaría de cambiar mi rumbo y, como la cabra tira al monte, pasados unos años volví a mi idea, esta vez mejor armado, sin duda, porque me ha durado hasta hoy.
     Me gustaría recordar el nombre de la obra que intentamos poner en marcha con aquel grupo de niños-actores. Lo que sí recuerdo es que había un sofá (hecho con cajones y una manta), una mesa, un mantel y una escena en la que yo me tenía que enfadar mucho. Sí, el mantel y el enfado son detalles importantes, porque fueron los detonantes de la disolución de la compañía. En pleno ensayo y haciendo gala de una enérgica actuación, tiré del mantel para hacer caer los vasos y platos que había sobre la mesa. Con tan mala suerte que el mantel rajó y el enfado de la actriz-escenógrafa que había prestado ese elemento del atrezzo nos llevó a una bronca que acabó con el proyecto. 

     Cierto es que aquello era un teatro muy infantil, pero la imaginación es el don natural de los niños y nosotros teníamos varios cestos llenos. Y como infantil es igual a pequeño, también era pequeño nuestro local para las representaciones: el patio de mi casa con las sillas que traían los espectadores bastaba. 

     Nuestro sistema de promoción no era gran cosa, pero cumplía su cometido. Para publicitar las funciones hacíamos un cucurucho de cartón a modo de megáfono y paseábamos a pie y grito por las calles del pueblo que por entonces tenía unos mil habitantes. 
     Iluminación ninguna, las funciones se hacían en horario solar. Y en cuanto a atrezzo, cualquier cosa encontrada en un desván servía. Hasta una pintura que años después un tasador descubrió que tenía un valor millonario por ser la obra de un pintor muy antiguo y prestigioso. No sé decir quién era el autor porque la noticia me llegó muy filtrada bastantes años después y ya se sabe lo que pasa con el “me han dicho que le han dicho a fulanito que menganito se ha enterado”. 

     En fin, que sin añorar aquellos incipientes inicios, me alegro de haber tenido que echar mano de tanto ingenio para hacer cosas que ahora, en muchos casos, me las dan hechas.



domingo, 8 de abril de 2012

La experiencia de lo que falta


     Después de un año sin publicar ningún artículo, creo que ya va siendo hora de volver a la carga. 
     No ha sido por falta de ganas, pero algunas pérdidas de compañeros me tentaban a escribir sobre ellos y no quería convertir el blog en un panegírico de seres queridos desaparecidos. Ni quería que fuera un muro de opiniones políticas por la situación que nos está tocando vivir. Así que, centrándonos en lo estrictamente teatral, abro esta nueva etapa con una reflexión sobre mi trayectoria como actor.

     Cuando, hace más de treinta años, decidí ser actor era un joven cargado de miedos y de ilusiones. Ahora dicen que soy un “actor con experiencia”. ¿Qué es la experiencia? Muchos creen que tener experiencia es saberlo todo o casi todo. Yo pienso que es haber librado muchas batallas y adquirido algún conocimiento, pero también tomar conciencia de que hay mucho por aprender. 
     Y cuando te vas curtiendo en estas lides, cambias el miedo por la responsabilidad, que quizá sea otro tipo de miedo. Todavía me tiemblan las piernas y siento el rápido palpitar del corazón cada vez que se encienden los focos de escena o la sala de doblaje se queda en silencio para que mi voz lo rompa, o el director dice aquello de “¡acción!”. 

     Como me dijo una vez una admiradísima y veterana compañera cuando le comenté que me ponía muy nervioso: “el día que dejes de sentir esos nervios, retírate, estás acabado”. Y creo que aún puedo seguir, porque esos nervios no se me han pasado. Cierto es que he aprendido a dominarlos para que no se apoderen de mí, pero sigo sintiéndolos. Quizá eso sea lo más destacable de lo que te da la experiencia. 
     Al igual que los reconocimientos. Parece que un reconocimiento es la posibilidad de tumbarte a recoger los frutos. Pero no es así, la cosecha hay que seguir cuidándola. Ya me comentó otra gran actriz que fue presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (nombre largo donde los haya): “los premios pueden ser muy peligrosos, porque los demás piensan que ya eres inaccesible y tu puedes dormirte mirando tu reflejo en el trofeo”. 

     Así que, con bagaje o sin él, yo sigo siendo el (ya no tan joven) de mis comienzos pero que es consciente de todo lo que le queda por hacer.


viernes, 11 de marzo de 2011

"Los últimos días de Alejandro"


    Nuestra mente es un mundo lleno de fantasmas y pensamientos más o menos tangibles. Y, en esta amalgama de ideas, debes seleccionar las simples locuras pasajeras de los auténticos conceptos factibles.
     Cuando, hace ahora un año, tenía la última conversación con mi añorado amigo Jorge Aguado, no tenía muy claro si el proyecto podría realizarse. Y mi querido compañero me animaba a embarcarme en esta aventura, diciéndome que él sería el primer espectador en el patio de butacas. Desgraciadamente, Jorge no estará allí físicamente, pero nos acompañará su espíritu y su recuerdo. En aquel momento yo acababa de terminar una relación artística algo tortuosa y mi sesera se debatía entre el "quiero" y el "debo". Por suerte hice caso al "quiero" y al apoyo de mis compañeros y me animé a iniciar el proyecto.

     Al cabo de unos meses, junto a mis admirados compañeros que han sido un ejemplo de ánimo e ilusión, nos encontramos preparando lo que estamos a punto de estrenar.
     No sé si la intuición de Julián Salas, uno de los autores de la obra, cuando me pasó el texto sin conocernos siquiera, ha sido la más acertada (nótese la chanza). Pero lo que está claro es que, al que suscribe y a su grupo de acólitos nos ha dado, y seguro que nos dará, muy gratificantes momentos.

     El proceso creativo de "Los últimos días de Alejandro" ha sido un placer plagado de grandes descubrimientos y luchas de superación como pocas cosas en la vida nos pueden dar. Admiro la lealtad de todos los que se han puesto a mis órdenes, aún sabiendo que en ocasiones puedo resultar difícil de entender. Todos y cada uno de ellos han puesto todo su saber al servicio de este proyecto. Desde Beteta, al que echamos de menos y sé que pronto volverá a incorporarse, hasta el último de los llegados.

     Me gustaría hacer una relación de cada uno de ellos, pero este escrito se alargaría hasta hacerse eterno. Así que me limitaré a darles las gracias, como lo haría de uno en uno, y desearles que disfruten su trabajo hasta llegar a tocar el cielo.
     Gracias por tener dudas, gracias por vuestras miradas perdidas en busca de esa inspiración que parecía no llegar, gracias por dar brillo al opaco mundo, gracias por vuestras risas que destruyen mi rigidez, gracias por vuestros miedos a no estar a la altura, gracias por estar celosos de que os preste atención, gracias por preguntar, gracias por ponérmelo difícil cuando no veíais claras mis decisiones, gracias por apreciar el trabajo de vuestros compañeros, gracias por apoyaros entre vosotros, gracias por conseguir estremecerme hasta el punto de tener que ocultar alguna lágrima furtiva.

     Quedan pocas horas para que nuestro trabajo se presente al público, y lo único que se me ocurre es deciros lo que os dije en el último ensayo "vaciaos de toda vuestra carga, jugad, haced vuestros los personajes y vivid la magia del escenario".

     Alejandro cabalga en pos de grandes conquistas.


sábado, 7 de agosto de 2010

¿Me explica lo que es el arte?


     Leo en un diario nacional un artículo de un tal John J. Healey que titula "El problema más grave del cine español" y me retumba en la cabeza una sentencia: "tu eres tonto y a partir de ahí no hay más que hablar". Es que uno se harta ya de oír simplezas, mamarrachadas y exquisiteces de las mentes preclaras que pretenden sentar cátedra sobre lo que debe ser el arte (y lo he escrito bien, sin "de", porque lo hacen como una imposición). 

     Después de algunos años de dar bandazos en el mundo del espectáculo y habiendo estado en contacto desde sus bases más humildes a sus más refulgentes esferas, me he callado demasiadas veces para no caer en descalificaciones. Pero hay un momento en que peligra la integridad de mi aguante. 
     Según el iletrado revestido de erudito, el público está equivocado y quienes hacen películas de culto y de extremada estética se encuentran con que la sociedad no está preparada para algo tan exquisito. "Haberlas, haylas", aunque no todo el monte es orégano. Perdone usted, pero el arte no se impone. Una obra de arte que no provoca nada en el espectador, no es obra de arte, es una guarrería. Y eso es lo que están haciendo con el arte dramático los enteradillos que van de genios. El teatro en España se lo cargaron durante una época los lumbreras que pretendieron imponer un teatro experimental y de vanguardia que no interesaba a nadie. Suerte que ahora está resurgiendo porque hay compañías y profesionales que saben atraer al público. 

     Con el cine tres cuartos de lo mismo. Demasiadas subvenciones han alimentado un cine que no interesa y que hace creer al espectador que es un memo por no entenderlo.
     Habla el esclarecido de que la "naturalidad en la interpretación" no cala en el público vulgar porque está demasiado acostumbrado a estereotipos teatrales y forzados. Vamos a ver, el arte no es la vida tal cual. Tiene que ofrecer algo sugestivo, exponer su visión de la realidad y hacerlo con los resortes necesarios para resultar atractivo al público. Si quieren naturalidad, que se vean cualquier programa de prensa rosa. Ahí tienen un reflejo muy natural de ciertos personajes. Sin embargo, no podemos llamar arte a esto, y de "buen gusto" no tiene ni el conocimiento de lo que significa. 
     Pero si hasta la fotografía utiliza efectos y modifica la imagen real para resultar artística. Que no me vengan ahora con que hay que ser totalmente fieles a la realidad. ¿Qué sentido tendría entonces la poesía? ¿Hay alguien que hable así en su vida cotidiana? Pues no, pero ahí está la genialidad del poeta, en mostrar sentimientos utilizando sus propios y antinaturales recursos. ¿Es estricto con la realidad Van Gogh en sus "Girasoles Ciegos"? Alguien diría que utiliza sus tópicos trazos y su gama cromática habitual. Pero esa es la virtud de un artista, crear sensaciones atractivas con su propio estilo. 

     Otro de los manidos argumentos que se utilizan para defender cierto indefendible cine español es el mal que provoca el doblaje. Esa práctica en la que se utilizan clichés, entonaciones y frases hechas que nada tienen que ver con la sociedad española. Pues, mira por dónde, no voy a argumentar los pros y contras de esta práctica, por evitar un dicho que se utiliza en mi pueblo: "¿Quién alaba a la novia? La guarra de su madre."  Pero sólo diré que, por mucho que se empeñen algunos, si eso es lo que el público entiende y lo que al público le llena, irá a disfrutar de eso o no irá a ver nada. No se puede obligar a la gente a aguantar algo que no soporta. Y el arte tiene que gustar. Si no encandila a quien lo observa no deja de ser un capricho de su autor, o la justificación de un incompetente. Sobre todo, cuando éstos se empeñan en que es algo que debe gustar a todo el mundo o, de lo contrario, a las neuronas del público les falta un hervor.

     Sólo pido que cada cual tenga la suficiente capacidad de elegir lo que le llena y lo que no. No nos dejemos engañar por esas genialidades que no son sino fiascos para seguir viviendo del cuento. Ni por lo que estos gurús de la cultura nos tratan de imponer bajo la insinuación de que, de lo contrario, seremos burdos e ignorantes.

     Hoy no estoy gracioso, pero es que hay cosas que me cambian el humor. Ese empeño en imponer o menospreciar a quienes tienen unos gustos o unos conceptos alejados de lo que estas personas desearían (quizá para poder vivir de su/el cuento) sí que es un problema para el cine español. Seamos honestos y un poquito más terrenales


domingo, 6 de junio de 2010

Brevemente frente a sí.


     Desenfocó la mirada un momento y su pensamiento voló a otros lugares, a otros instantes del pasado. La perfecta simetría de las hileras de luces iluminaba su cara mientras el algodoncito hacía su recorrido cuidadosamente estudiado por todo su rostro. El ocre claro del maquillaje iba impregnando la pequeña almohadilla para despojar a la piel de su carga. 
     Poco a poco se esfumaba el personaje de ficción y aparecía el hombre real. Sus ojos agotados escrutaban cada una de sus arrugas e iban descubriendo los recuerdos que indefectiblemente le habían dejado huella en cada uno de sus pliegues.

     De pronto, el cómico que observaba y repetía cada uno de sus movimientos al otro lado del espejo pareció hablarle: "¿Quién eres?". Extraña pregunta que no conseguía descifrar si venía de la imagen o era él mismo quien se la planteaba. 
     Al ver sus ojos empequeñecidos, pestañeó para aclarar la mirada; como tantas veces había suspirado para aclarar su corazón. Esos ojos, otrora grandes y brillantes, habían dejado de tener ese fulgor que un tiempo atrás conseguía impresionar a quienes se cruzaban con ellos. 
     El hombre había dedicado tanto tiempo, tantas energías a sus personajes, que ahora, cuando se veía a sí mismo, le parecía observar a un fantasma. Tantos entreactos en silencio le habían provocado tal cantidad de heridas en el corazón, que sólo se atrevía a mostrarlo en muy limitadas ocasiones. 

     El momento de retirar la máscara de su personaje se había convertido en un rito intermedio hasta colocarse la máscara de hombre. Eran breves los minutos que transcurrían de uno a otro estado. Ya no podía vivir sin un rol. Mostrarse tal cual, indefenso y expuesto, le había ocasionado no pocos sinsabores. 
     Ahora debía presentarse fuerte y seguro de sí mismo. Es lo que todos esperaban de él. Tenía que volver al escenario de la vida donde debía interpretar al personaje que todos esperaban. Una actuación acertada, según lo estipulado y sin lapsus que provocasen el desagrado de su público social. 


     Y, mientras retiraba los últimos restos de maquillaje, tuvo que repasar sus mejillas para retirar el rastro de dos lágrimas que se habían deslizado desde sus ojos.



domingo, 18 de abril de 2010

Hoy comemos... ¡Menestra!


     Hacia las 19:15 salimos de casa para degustar el plato que nos habían preparado Menestra Company. Cuando vas a un sitio que no conoces conviene salir con tiempo por si te enredas en una madeja de calles de la que cueste salir y luego llegas tarde al teatro. No es agradable para un actor ver sombras que entran y salen del patio de butacas durante la representación. ¿Da miedo? Pues no, pero es un poco desconcentrante (no existe la palabra, pero se debería instituir porque es más específica para casos como este que la admitida desconcertante, ya hablaremos de ello). Y desconcentra tanto como el sonido de un móvil. Que, por cierto, no sonó ni uno. Bravo por el público del Centro Cultural José Saramago de Leganés.
     El caso es que llegamos un poco pronto, pero así nos dio tiempo a conocer el entorno y entrar en situación, como el que espera a la puerta de un restaurante. 
     Entramos; por la puerta equivocada, eso sí, y después de estar dentro preguntamos: "¿dónde se compran las entradas?" "Ah, bueno, eso es en la otra parte del centro." Salimos, entramos por la otra puerta y cogimos las entradas. Vimos una puerta que daba al recibidor (me niego a decir hall o "jol") de la primera entrada, y allí nos dirigimos. Una voz a nuestras espaldas se escuchó: "señores, por ahí no se puede, tienen que salir y volver a entrar desde la calle". Volvimos a salir a la calle y, como unos respetables espectadores, entramos por la entrada del primer intento; entregamos las entradas, saludamos, fuimos saludados muy afablemente por los empleados del centro y nos dirigimos a la sala del teatro. Esta entrada sí fue triunfal.
     Así, entre para adentro y para afuera, consumimos los minutos que quedaban para el comienzo de la función. 
     Desde antes del inicio los ánimos del público estaban predispuestos para pasarlo bien. Fue graciosísima la reacción de los espectadores cuando se anunció por megafonía "se prohíbe tomar fotografías o la grabación de esta representación..." Todo el público se giró hacia el chico que manejaba una cámara de vídeo en un trípode. A lo que él, entre apabullado y divertido, contestó "yo tengo permiso". Risas generales. 
     Se apagan las luces de la sala y comienza el espectáculo. Guisante, Zanahoria y Calabacín hacen acto de presencia, como venidos de un onírico mundo, para pasar una serie de pruebas que les harán aptos o no aptos para formar parte de nuestro mundo. El director del proyecto les orienta hacia lo que será una serie de situaciones entre surrealistas, desternillantes y disparatadas. Risas, carcajadas, y alguna que otra sorpresa se suceden a lo largo de la representación. No voy a contar cada uno de los "esqueches" de la obra, pero puedo decir que están cargados de ingenio y de arte. Para todos los gustos y para todos los públicos. A mi me encandiló especialmente el de la gabardina que me recordaba al teatro negro de Praga, pero sin fluorescencias ni oscuridad. Dos actores dando vida a una marioneta-gabardinaconsombrero donde ellos pasaban desapercibidos para hacernos creer que era el objeto inanimado el que actuaba en aquellos momentos. La gabardina estuvo muy bien, pero sus manipuladores tenían todo el mérito en la sombra. 
     En un suspiro llegamos al final donde, como cada vez que colaboro en un espectáculo, no puedo evitar sentir los nervios ante mi intervención. Porque en esta obra también intervenía yo, aunque fuera con un personaje en off. Y en aquel momento me entró el miedo y pensé "que no tenga un lapsus, por Dios, que no me pare". Y no me paré, lo solté todo tal y como lo tenía grabado. Es la ventaja de este tipo de papeles, y la desventaja también, porque no hay posibilidad de rectificación. 
     Acabó la función, pero no el divertimento. Porque después de esperar media hora en la puerta del teatro, nos informaron de que los actores estaban esperándonos en la parte trasera del centro (¡qué centro, con tantas entradas y salidas!). Cañitas, conversación y la comunión de siempre entre compañeros conocidos y acabados de conocer. 

¡Qué auténtica es la gente de teatro!


domingo, 28 de marzo de 2010

Teatro en blanco y negro


     Viajamos por la vida cargándonos de recuerdos y de conocimientos en los que nuestros maestros aportan su experiencia para enriquecer nuestro mundo.  Ellos son nuestra referencia y el ejemplo al que recurrimos con admiración. Y siempre hay que agradecerles  que sus pasos son los que han hecho el camino que pisamos ahora.

      El pasado martes, una cita de mi admirada directora Julia Mª Butrón, me llevó de nuevo a subir al escenario de la Casa de Córdoba en Madrid. Mis amigos del Teatro de Cámara Góngora, nunca me dijeron adiós, y cada vez que hay un evento o un nuevo montaje recibo su invitación para participar en él.
     En esta ocasión se celebraban las bodas de oro con el teatro. 50 años de teatro y cultura de los que he tenido el honor de compartir algunos. Y, tras la propuesta de mi amigo Rafael Casas y la insistencia de Julia María, allí me presenté.

     Se entregaba el V premio de teatro al actor Fernando Guillén Cuervo y se hacía un homenaje a la historia de este grupo. En estos eventos uno discute con su propio ego para no destacar demasiado. Como actores nos gusta exhibirnos ante el público, pero hay que tener mucho cuidado para no ser el centro de atención. Por eso me resistía a la primera propuesta que era hacer un monólogo de "Calígula" como complemento al monólogo de "Cyrano" que podía hacer Manuel Galiana. Por suerte, los organizadores lo pensaron mejor y mi intervención se limitó a la lectura de unos juegos florales en compañía de Mª José Alfonso, Pepe Ruiz y María Bravo.
     La noche transcurrió entre la admiración y la emotividad de encontrarme con amigos y compañeros. Fernando Guillén Cuervo, al recoger su premio, dijo que se sentía honrado porque el premio se lo entregaban auténticos sabios. Por mi parte también sentí orgullo de haber pertenecido a ese cuadro artístico por el que han pasado grandes actores y directores de la escena española.

     El color de la fotografía de esa noche era el blanco y negro porque por allí desfilaron auténticas glorias vivas y representación de otras que han formado parte de la historia de nuestro teatro. Jesús Guzmán, Gemma Cuervo, Julia Trujillo, Alberto González Vergel, la viuda de Max Aub y un buen número de representantes de nuestra cultura nos hicieron vibrar con sus anécdotas y sus comentarios.
     Me hizo especial gracia la presentación de Pepe Ruiz, que decía que toda su vida ha estado reivindicando su nombre porque le habían llamado desde Pedro Ruiz hasta Pepe Rubio y ahora que casi lo consigue, todo el mundo le llama Abelino. Es lo que tiene conseguir cierto éxito mediático, que los actores dejan de ser conocidos por su nombre y empiezan a ser nombrados con el nombre de su personaje. Yo empiezo a volver la cabeza cuando oigo "Stewie".

     El Teatro de Cámara Góngora ha conseguido conjugar su carácter vocacional con el respeto y la colaboración de profesionales de la escena y la literatura. No en vano, Antonio Gala es el presidente de honor de los premios que esta agrupación concede periódicamente. Lo que demuestra que el teatro aficionado no es enemigo del profesional, sino que pueden caminar de la mano. 

     Bravo por el Teatro de Cámara Góngora que ha sabido potenciar la cultura durante estos 50 años. ¡Que vengan otros 50!

miércoles, 17 de marzo de 2010

Actores, actorcillos y... eso



     Tanto hablar de intrusismo en esta, mi profesión, y resulta que el intrusismo lo tenemos dentro. Gran incongruencia.
     Conozco a algunos que viven de la profesión de actor y no son actores, son simples funcionarios de este oficio. Estos son los intrusos. Los que no sienten, ni viven, ni se comportan como actores. Son meros ejecutantes que, con más o menos acierto, se ganan la vida haciendo creer que interpretan. También suelen llenar sus conversaciones con los demás de palabrería para demostrar lo magníficos que son. Lo que contrasta con lo poco que ofrecen.

     Hace ya mucho tiempo que me vengo planteando la cuestión de qué es exactamente un actor. Yo, que en muchas ocasiones he combinado el teatro aficionado con mi trabajo como actor profesional, he llegado a la conclusión de que el artista no necesita de títulos ni de contratos. Artista es quien se siente así y vive como tal. Se da por sentado que un actor profesional está preparado y tiene cierta calidad, pero no siempre es así. He visto malos actores viviendo de ello y magníficos actores haciendo teatro aficionado. Como también he visto algunos aficionados que pretenden llamarse actores y no pasan de ser imitadores de pacotilla.
     Un actor es alguien comprometido con la sociedad y con el ser humano. Pero debe serlo sinceramente; no "de cara a la galería". Un actor es una persona que desea comunicar, desea contar historias, desea conmover almas. No únicamente destacar y salir en todas las fotos. Un actor es alguien que crea por la simple pasión de crear y es generoso a la hora de ofrecer su esfuerzo para el disfrute de los demás. Un actor debe tener la humildad suficiente para saber que en el aprendizaje está la superación. Y no deja de investigar, de innovar, de buscar nuevas formas de expresión. Un buen pianista no lo es sólo por tocar todas las notas, sino por hacer con ellas música que conmueva. Del mismo modo, un actor no es quien repite un texto, sino quien es capaz de hacerlo provocando sensaciones. Como auténtico artista debe ser creativo y no conformarse con lo establecido, porque el adocenamiento conduce a su muerte como comediante.

     Bravo por los artistas que aún se permiten equivocarse porque no se conforman con lo manido, porque se atreven a investigar y creen en sus propias convicciones. Por eso no considero intrusismo que alguien que siente y vive como actor se gane la vida con ello. Considero más intruso a aquel que, sin otro afán que el del dinero o el de saciar su ego, ocupa un lugar en el mundo interpretativo.


martes, 2 de marzo de 2010

Por sus ojos y nuestro corazón


     Vuelvo a la sala Tribueñe a disfrutar del teatro en su más puro concepto.
     Esta vez a imbuirme en la historia de una mujer cuya vida pudo ser de todo menos simple. Esta es la historia que la compañía Tribueñe nos ofrece en un jueves desapacible en el exterior, pero que se convierte en calor y magia dentro de estas paredes.
     Los personajes salidos de la función nos reciben trasladándonos a los inicios del siglo XX, en el que una mujer, Francisca Marqués López, desarrollaría una vida llena de música y sensaciones.

     "Por los ojos de Raquel Meller" nos muestra un personaje desgarrado, que se embarca en una carrera musical no siempre feliz. La ambición y la lucha por su estilo propio jalonarían una vida de deseos, genio, y tortura psicológica.
     Después de disfrutar de un espectáculo como este, es difícil desgranar la cantidad de sensaciones que vive uno como público. Es tan fuerte la sensación de haber sido hipnotizado y embaucado por tanta magia escénica, que sería como desentrañar toda una vida.

     Las candilejas que enmarcan el espacio escénico te sumergen en una época pasada y la voz y el piano en directo, sin ningún artefacto tecnológico que la distancie del público, crean la atmósfera mágica que lleva al espectador a formar parte de la acción.
     La voz de Maribel Per alcanza tanto preciosismo que te envuelve en cada uno de los temas que interpreta. Desde una primera etapa con temas en los que acata lo que le impone la necesidad de llegar al gran público con unas canciones de tono picaresco, hasta las últimas, buscando un estilo más "profundo" en el que llega a impresionar el patetismo de un ser humano perdido en su propio endiosamiento.
 
     Hugo Pérez, en la dirección de este montaje da muestras de una extraordinaria imaginación, rayando con la genialidad, al componer cuadros tan artísticos y aprovechando al máximo las posibilidades tanto de escena como de intérpretes.
     Es gratificante ver que cada personaje encaja en su intérprete como un guante. Nunca se sabe si el personaje está hecho para el actor o el actor está hecho para el personaje. Las capacidades de cada artista son exploradas y explotadas con sabiduría por este joven director. Cada uno de los personajes está perfectamente encajado en el conjunto, adoptando la importancia de un protagonista por los matices que aporta a la obra.

     Me quedo con las sensaciones, la experiencia de haberme trasladado en el tiempo y haber vivido dos horas un sueño mágico de otro tiempo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Un paisaje de cerezos


     Unas vías de tren, unas maletas esperando que alguien les dé movimiento y una luz que  juguetea en la escena mientras personajes anónimos, viajeros del tiempo, comienzan un trasiego a cámara lenta que te imbuye en un mundo de irremediables cambios.
     Así empieza "El jardín de los cerezos" que la compañía del Teatro Tribueñe presenta en su sala. Una sala que, dicho sea de paso, invita a la imaginación teatral, puesto que ella misma desprende magia.

     Chejov nos habla en su obra del cambio social, pero nos muestra mucho más. Nos presenta un catálogo de personajes, unos inmersos en su costumbre y otros con el deseo del cambio. Todos los personajes se mueven, y marcan con su movimiento el destino de los demás.
     El simbolismo de las maletas que se convierten en raíces de unos cerezos que son, a la vez, los remos que empujarán nuestro destino, nos mantiene durante tres horas inmersos en el juego teatral. Un juego de complicidad y de cercanía que nos hace identificarnos con uno u otro personaje durante la representación.

     Pero algo que me llegó a emocionar de la obra es el sentido que le encontré a este "Jardín de los cerezos", sin flor, en una decadencia obligada por las nuevas formas de vida burguesa. Un jardín que se ve abocado a su destrucción por el deseo de los nuevos veraneantes que esperan sustituirlo por chaletes de esparcimiento. Culpa que comparten unos terratenientes inútiles y adormecidos en la seguridad de su posición.
     La belleza de un sueño perdida en pro del progreso y de los intereses monetarios. Y ahí, Irina Kouberskaya hace una composición de su personaje al principio de la historia que me recordaba a nuestro Alonso Quijano; un ser que vive en su mundo y mantiene su orgullo y su estatus para no plegarse a la destructiva realidad. Curiosa mezcla de un personaje ruso con el hidalgo español. Su ética le lleva, incluso, a resistirse a volver con un amor pasado aunque esto solucionase sus problemas económicos. El ideal por encima del interés.
     Un precioso cuadro de seres humanos. Desde el decrépito criado-esclavo que acepta su posición y cuando su muerte parece ser inminente estalla en una energía desbordante, hasta el parásito amigo que pide dinero continuamente y en su momento de triunfo se dedica a devolver todo lo prestado en un alarde de agradecida prepotencia. Un cuadro con cientos de lecturas que dependerán de quién sea el observador, pero que me han hecho disfrutar de ver teatro de verdad.

     Un teatro sin pretensiones de grandes carteleras, hecho con el amor y la entrega de gentes que adoran de verdad este arte. Artistas que igual preparan un vestuario o un decorado que construyen ladrillo a ladrillo una sala como la Tribueñe.

     Gracias por alimentar el verdadero teatro.



sábado, 16 de enero de 2010

Ser o... no dejar de serlo



     Ir al teatro es una aventura que no tiene comparación con ir al cine o ver la televisión, aunque ésta última, por la proximidad con todos, a veces sea el escaparate para actores que gracias a ella pueden llegar a "tener cartel". No es que yo esté muy de acuerdo con que haya que ser "conocido" para ofrecer un espectáculo de calidad. Pero el mercado es así, y lo acepto mientras eso lleve espectadores al teatro.

     En el caso de "Ser o no ser" la combinación cumple las expectativas, y ofrece un montaje para disfrutar y para seguir amando el mundo de la escena.

     Quizá muchas referencias queden ocultas para el espectador de calle, pero los guiños al mundo del teatro, hacen que para los que nos dedicamos a esto sea una montaña rusa de imágenes y detalles que no dejan de aparecer durante toda la obra. Me recuerda a mis tiempos de chavalillo, cuando leyendo tebeos siempre buscaba en los rincones de las viñetas al ratoncillo fumando, o el gato haciendo pesas... Infinidad de pequeños detalles que hacían de cada cuadro un conjunto completo y perfecto.

     De entrada la escenografía cumple con su cometido (difícil dados los precedentes de la película de Lubitsch) llevándonos de un espacio a otro sin aparatosos artificios. Hay momentos en los que dudas de si estás viendo una película o los actores están ahí. La iluminación y el sonido son sencillos pero efectivos. Recargarlo más hubiese sido distraer la atención de la comedia para la que están diseñados. Con un sonido sencillo pero efectivo. Por buscarle un pero yo hubiese situado algunos sonidos en lugares determinados del escenario. Como los diálogos que surgían de las proyecciones, que podrían haber salido de detrás de la pantalla dando una efecto más compacto del conjunto puesto que a veces se encadenaban las grabaciones con la imagen real de los actores.

     Y llegamos a la pieza fundamental en el teatro... los actores. Sé que se han hecho experimentos sin actores y que en un espectáculo de hoy en día todo cuenta. No es mi intención, ni mucho menos, menospreciar la importancia de la parte técnica, como no minimizo la necesidad de cualquier faceta de la producción. Pero yo soy de la opinión que es suficiente con que haya un actor para que se pueda realizar el acto teatral. Un simple artista en un parque ante un público eventual ya es teatro.

     Pero lo que quiero hacer constar es que "Ser o no ser" está plagada de actores haciendo su cometido de un modo brillante. También hay alguna sombra, como Amparo Larrañaga, que parece tirar de recursos para ofrecer un personaje demasiado indefinido e irreal ante la batería de genios que tiene a su alrededor. Pero creo que esta circunstancia queda minimizada por los magníficos compañeros que la arropan en escena.

     ¡Qué decir de mi amigo Jose Luis Gil! No descubro en él nada que no supiese: que es un derroche de talento y tiene una gracia innata que empapa cada cosa que hace. Su dominio de la voz no tiene discusión, conociendo cada inflexión hasta exprimir un texto en sus más sutiles intenciones. Y su control físico, con sus caras y sus gestos, acompaña en sus pausas y sus miradas a un diálogo tan bien escrito que no hay recoveco del texto que pase desapercibido. Eso es lo que desencadena tal interés en el público, que casi espera deseoso cada una de sus apariciones en escena. Intervenciones tan hilarantes en ciertos momentos que las carcajadas del público fuerzan al obligado "frenazo" en escena para que los espectadores no se pierdan la siguiente acción. El maestro Gil tiene esa capacidad para encandilar al espectador y la generosidad de entregarse al ciento por ciento en escena (aunque trabajar por la mañana en la serie de televisión y por la tarde en el teatro lo tenga agotado, como me reconoció después).

     En cuanto al resto del reparto, no puedo decir sino elogios. Su entrega y respeto por cada uno de sus personajes hacen que compongan un cuadro lleno de matices y detalles magistrales.

     He visto momentos desternillantes.
     Como, por ejemplo, los dos actores que luchan por ser considerados dentro de la compañía y en el mundo de la escena. Con ese texto de ‟El mercader de Venecia” (tan acorde con el sufrimiento judío ante los Nazis) repetido hasta la saciedad, como una muestra de la obsesión de estos actores por conseguir su sueño de interpretarlo: "Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?".

     O la escena anterior a cada monólogo de Hamlet, donde los dos actores se marcan sendos personajes en los que representan al actor demasiado metido en su papel y al actor que suelta el texto sin ningún interés. ¡Qué divertida cada una de las versiones que hacen, en el transcurso de la obra!

     Bastantes actores de los que intervienen son reconocidos por sus trabajos en televisión, pero lo que para mí importa realmente en esta obra es cómo se dejan la piel y el corazón en escena para hacernos volar y divertirnos como hacía tiempo que no me reía en el teatro.

      Podría estar horas contando detalles de lo que he visto, pero sirva esto como apunte para que quienes queráis disfrutar del teatro tengáis una referencia de algo digno de ver.


viernes, 8 de enero de 2010

El sonido del recuerdo



     Sonidos, olores y lugares nos transportan a otros tiempos añorados y nunca perdidos del todo en la memoria.

     Ha transcurrido mucho tiempo desde que un hombre, al que siempre agradeceré el haberme inyectado este veneno del teatro, me ofreció unirme al grupo de teatro del que era director tras compartir con él los micrófonos de una radio libre (aunque también la llamaban pirata en aquella época). Eran los tiempos de Radio TU; "tu radio" como decía nuestro eslogan.

     Aquello era un teatro pobre, no sé si como el del Grotowski, aunque pobre y sencillo sí que lo era. Pero tenía todos los alicientes para inocularnos la savia del amor por la interpretación. De la mano de Roberto conocí a mis compañeros, me hice amigo de ellos y vivimos momentos de ilusión y de conocimiento de un mundo que nos encandilaría hasta el punto de convertirlo en nuestra profesión. No en vano, muchos de aquel elenco forman parte de la élite de actores de doblaje de nuestro país. Fueron sábados y domingos metidos en el colegio Pio XII, creando y recreando obras para luego representarlas con unos sencillos soportes con ocho bombillas de colores haciendo de sistema de iluminación, y unas cintas de cassete que requerían de mucha habilidad para que los efectos sonasen en el momento oportuno.  Hasta el equipo de sonido había que desmontarlo de casa del director para llevarlo a ese espacio donde, con sillas plegables, convertíamos en teatro una casa de la cultura que disponía de escasa o casi nula equipación para tales menesteres. Todo tenía un aspecto tan artesanal que aprendimos desde abajo los fundamentos de este oficio de actor.
     Tampoco puedo olvidar las tardes en casa de nuestro director, donde siempre nos acompañaba la banda sonora de "Los Diez Mandamientos" a modo de introducción al estudio de obras y personajes. Y de sus largas charlas donde aprendíamos no sólo interpretación, sino a respetar y adorar este oficio. Aquella música nos sirvió para hacer algún chascarrillo porque de tanto oírla casi entrábamos a la casa tarareándola. La orquesta de "El Cid" también realizó bastantes bolos en aquella plaza. 

     Años después, este mismo director me propuso dedicarme al doblaje porque escuchó una grabación que hicimos jugando algunos de los componentes del grupo. Con el miedo y el respeto que produce entrar en el mundo profesional, accedí a ello y puse todo mi empeño en prepararme para lo que luego ha sido mi forma de vida. Ayer se cumplieron 23 años del día que hice mi primer trabajo profesional en doblaje. El gran regalo de Reyes que recibí el 7 de enero de 1987.

     La vida nos ha hecho surcar, tanto a mi maestro como a mí, mares de alegrías, tristezas, encuentros, desencuentros, etc. Pero nunca (aún en los períodos de no hablarnos) se ha apagado la llama del cariño entre nosotros.

     La ironía del destino hizo que ayer, 7 de enero, volviéramos a coincidir mi maestro y yo en una sala de doblaje. Pero esta vez era yo quien dirigía y él quien estaba a mis órdenes. Y recibí el regalo más hermoso que recuerdo en muchos años. Roberto sacó de su bolsillo un CD y me dijo "toma, Eduardito, esto está descatalogado, pero quiero que lo tengas". Era la banda sonora de "Los Diez Mandamientos".

     Me regaló un pedazo de nuestra vida pasada.

     Gracias, MAESTRO.