domingo, 6 de junio de 2010

Brevemente frente a sí.


     Desenfocó la mirada un momento y su pensamiento voló a otros lugares, a otros instantes del pasado. La perfecta simetría de las hileras de luces iluminaba su cara mientras el algodoncito hacía su recorrido cuidadosamente estudiado por todo su rostro. El ocre claro del maquillaje iba impregnando la pequeña almohadilla para despojar a la piel de su carga. 
     Poco a poco se esfumaba el personaje de ficción y aparecía el hombre real. Sus ojos agotados escrutaban cada una de sus arrugas e iban descubriendo los recuerdos que indefectiblemente le habían dejado huella en cada uno de sus pliegues.

     De pronto, el cómico que observaba y repetía cada uno de sus movimientos al otro lado del espejo pareció hablarle: "¿Quién eres?". Extraña pregunta que no conseguía descifrar si venía de la imagen o era él mismo quien se la planteaba. 
     Al ver sus ojos empequeñecidos, pestañeó para aclarar la mirada; como tantas veces había suspirado para aclarar su corazón. Esos ojos, otrora grandes y brillantes, habían dejado de tener ese fulgor que un tiempo atrás conseguía impresionar a quienes se cruzaban con ellos. 
     El hombre había dedicado tanto tiempo, tantas energías a sus personajes, que ahora, cuando se veía a sí mismo, le parecía observar a un fantasma. Tantos entreactos en silencio le habían provocado tal cantidad de heridas en el corazón, que sólo se atrevía a mostrarlo en muy limitadas ocasiones. 

     El momento de retirar la máscara de su personaje se había convertido en un rito intermedio hasta colocarse la máscara de hombre. Eran breves los minutos que transcurrían de uno a otro estado. Ya no podía vivir sin un rol. Mostrarse tal cual, indefenso y expuesto, le había ocasionado no pocos sinsabores. 
     Ahora debía presentarse fuerte y seguro de sí mismo. Es lo que todos esperaban de él. Tenía que volver al escenario de la vida donde debía interpretar al personaje que todos esperaban. Una actuación acertada, según lo estipulado y sin lapsus que provocasen el desagrado de su público social. 


     Y, mientras retiraba los últimos restos de maquillaje, tuvo que repasar sus mejillas para retirar el rastro de dos lágrimas que se habían deslizado desde sus ojos.



domingo, 2 de mayo de 2010

La dura vida de Cuqui


     Cuqui es una mujer que se sabe ganadora. Se ha preocupado de vivir todo lo posible sin que el trabajo le suponga una merma en sus actividades personales. Su vida ha transcurrido entre las pausas diarias que su trabajo en el negociado le obliga. Aunque este "negociado" no le obligó a negociar, sí que tuvo que pelear duro para conseguir el puesto que tiene ahora. Desde aquel día que, sin saber mecanografía, consiguió el puesto de recepcionista, ha mantenido una lucha titánica para ascender hasta lo que es hoy. Han sido muchas horas de acumular bienios, trienios, e incluso algún armenio (con el que rompió por ser un anti-comunista declarado). Y eso no es fácil. Aguantar ahí, al pie del cañón tantos años, es algo que sólo pueden conseguirlo grandes luchadores como ella. Su trabajo le ha costado. 
     Además, ha seguido de cerca la lucha sindical de sus compañeros. Como una buena trabajadora de izquierdas, siempre ha respetado las huelgas y protestas organizadas por su sindicato. Nunca ha ido por libre, la lucha obrera requiere de unión, por eso ella siempre ha confiado en el sindicato para resolver sus problemas laborales. Protestar personalmente no hubiera resuelto nada y se habría jugado el puesto de trabajo. Eso lo sabe bien.
     Ahora es una competente funcionaria que sabe utilizar como nadie su horario laboral. Siempre que no se lo impida algún desconsiderado que viene a pedir tal o cual información, ella aprovecha para ponerse al día en la última moda y en poner a punto sus uñas, tan deterioradas por las 312 pulsaciones al teclado que hace de media diaria. Esa es otra capacidad que ha desarrollado extraordinariamente: la estadística. Sabe perfectamente cuántas veces va al servicio cada día Andrés, el chico de las fotocopias. O cuántas veces al mes se pone el vestido azul Laura, la de registro. Este es un don tan arraigado en ella, que se lo lleva hasta fuera del trabajo. No hay actividad o variable del vecindario que le sea ajena. El departamento tiene en Cuqui un tesoro, por su extraordinaria aptitud para estar informada. No en vano se lee tres periódicos cada día como valor añadido a su trabajo. Es, por ello, una mujer cultivada de exquisitos conocimientos con potestad para decir las verdades "al lucero del alba". 
     Por eso discutió hace unos días con su vecina, la del bar La Ilusión, que está en su mismo edificio. 
     Resulta que "La Andrea", que así la llaman porque no tiene categoría para tener un nombre sin artículo ni minimizado, cerró dos días el bar por unos asuntos de papeleo con el ayuntamiento. Este hecho no le pareció bien a Cuqui, que tuvo que caminar dos calles para tomarse un café, con lo que llegó tarde a la peluquería en su visita semanal y se perdió su clase de pilates. Con lo complicado que es arreglarse para ir a tonificar el cuerpo. Como Cuqui sabe decir las verdades y es, ante todo, sincera, le llamó la atención a "La Andrea" por haber tenido cerrado dos días el establecimiento. Le dijo que "habría que endurecer la presión con los autónomos, porque hacen lo que les da la gana, trabajan cuando les sale de las narices y como ganan tanto les da igual el resto de los mortales". Todavía no comprende la salida de tono de su vecina que le contestó "como si no tuviera otra cosa en la que pensar más que en tu café"
     Es lo que tiene la gente vulgar, que son unos maleducados y unos insolidarios. 

     Suerte que Cuqui es una persona ejemplar y está aquí para levantar el país. Nadie como ella dice aquello de "antes tiene que rellenar este formulario" o "esto es en la otra ventanilla".


jueves, 22 de abril de 2010

El dolor de un adiós.


     Ójala pudiese, con mi modesta palabra, expresar lo que siente mi corazón hoy. Cuando se va un ser querido, el vacío que te deja es algo que ni el tiempo puede curar. Te acostumbras, pero sigues sintiéndote incompleto. Lo de hoy es muy superior. Ni las lágrimas tienen fuerza para aplacar este dolor.
     No se ha ido un ser querido, se me ha ido mi amigo, mi compañero, mi cómplice, mi empuje, mi fuerza, mi ejemplo. Jorge Aguado no era un hombre cualquiera, Jorge era un manantial de amor que derramaba su fuerza vital a todos los que le rodeaban. Una fuerza vital que, a fuerza de entregarla, le ha abandonado. 
     ¿Por qué? ¡No es justo, Dios mío, no es justo! 
     Tu me hiciste comprender lo que era entregar sin pedir nada a cambio, tu me enseñaste a vibrar con el arte. Ese arte del que eras un maestro sin alardes, porque te preocupaba más el bienestar de los demás que el tuyo propio. Sinceridad, honestidad, cariño y pasión están unidas por siempre a tu nombre.
     Siempre tuvimos la esperanza de volver a gozarte en tu plenitud, pero el maldito virus decidió minarte sin respetar quién eras. Hablar contigo era llenarse de ilusiones, por eso nunca creímos que esto podría pasar. Y se me rompe el alma al recordarte. Así, sonriente, animando, dando vida mientras te iban arrebatando la tuya. Y nosotros, embelesados por tu energía, nos cegábamos a la realidad. Nos queda el consuelo de saber que nunca te han faltado los cuidados de María, esa mujer que te ha acompañado y te ha dado la paz y el cariño que tanto necesitabas.
     Tiene suerte el cielo de tenerte en su seno, y allí tendrás toda la gloria que te mereces, gloria que el mundo humano nunca hizo la suficiente justicia a tanta como te corresponde. 
     En nuestros corazones quedan los bellos momentos que nos has dado, la lección de comprensión y de vida que siempre nos has ofrecido. Me gustaría escribir hermosas palabras, pero nunca serían tan importantes como tu lo has sido para mi. Ni tus ojos nos volverán a mirar de frente, ni tu voz nos volverá a alimentar el alma, pero nos queda tu cariño, que se nos ha quedado grabado para siempre. 
     Sé que no será la última vez que escriba sobre tí, ni la última vez que hable contigo. Porque hace unos días me decías que ibas a estar en el estreno de mi próximo montaje, y sé que allí estarás, mirándonos desde el cielo. Y a tí dedicaremos la representación, como tantas veces, desde que la cruel naturaleza bajó tu cuerpo del escenario. Tu cuerpo sí, pero no a tí, porque siempre te sentimos a nuestro lado, como te vamos a sentir ahora.
     Me quedo con las palabras que nos cruzamos en nuestra última conversación, cuando tu me dijiste "¿Sabes que te quiero, Edu?". Sí, lo sé, y tu sabes que yo también te seguiré queriendo eternamente.
     Hasta siempre, Jorge. Descansa, AMIGO.


domingo, 18 de abril de 2010

Hoy comemos... ¡Menestra!


     Hacia las 19:15 salimos de casa para degustar el plato que nos habían preparado Menestra Company. Cuando vas a un sitio que no conoces conviene salir con tiempo por si te enredas en una madeja de calles de la que cueste salir y luego llegas tarde al teatro. No es agradable para un actor ver sombras que entran y salen del patio de butacas durante la representación. ¿Da miedo? Pues no, pero es un poco desconcentrante (no existe la palabra, pero se debería instituir porque es más específica para casos como este que la admitida desconcertante, ya hablaremos de ello). Y desconcentra tanto como el sonido de un móvil. Que, por cierto, no sonó ni uno. Bravo por el público del Centro Cultural José Saramago de Leganés.
     El caso es que llegamos un poco pronto, pero así nos dio tiempo a conocer el entorno y entrar en situación, como el que espera a la puerta de un restaurante. 
     Entramos; por la puerta equivocada, eso sí, y después de estar dentro preguntamos: "¿dónde se compran las entradas?" "Ah, bueno, eso es en la otra parte del centro." Salimos, entramos por la otra puerta y cogimos las entradas. Vimos una puerta que daba al recibidor (me niego a decir hall o "jol") de la primera entrada, y allí nos dirigimos. Una voz a nuestras espaldas se escuchó: "señores, por ahí no se puede, tienen que salir y volver a entrar desde la calle". Volvimos a salir a la calle y, como unos respetables espectadores, entramos por la entrada del primer intento; entregamos las entradas, saludamos, fuimos saludados muy afablemente por los empleados del centro y nos dirigimos a la sala del teatro. Esta entrada sí fue triunfal.
     Así, entre para adentro y para afuera, consumimos los minutos que quedaban para el comienzo de la función. 
     Desde antes del inicio los ánimos del público estaban predispuestos para pasarlo bien. Fue graciosísima la reacción de los espectadores cuando se anunció por megafonía "se prohíbe tomar fotografías o la grabación de esta representación..." Todo el público se giró hacia el chico que manejaba una cámara de vídeo en un trípode. A lo que él, entre apabullado y divertido, contestó "yo tengo permiso". Risas generales. 
     Se apagan las luces de la sala y comienza el espectáculo. Guisante, Zanahoria y Calabacín hacen acto de presencia, como venidos de un onírico mundo, para pasar una serie de pruebas que les harán aptos o no aptos para formar parte de nuestro mundo. El director del proyecto les orienta hacia lo que será una serie de situaciones entre surrealistas, desternillantes y disparatadas. Risas, carcajadas, y alguna que otra sorpresa se suceden a lo largo de la representación. No voy a contar cada uno de los "esqueches" de la obra, pero puedo decir que están cargados de ingenio y de arte. Para todos los gustos y para todos los públicos. A mi me encandiló especialmente el de la gabardina que me recordaba al teatro negro de Praga, pero sin fluorescencias ni oscuridad. Dos actores dando vida a una marioneta-gabardinaconsombrero donde ellos pasaban desapercibidos para hacernos creer que era el objeto inanimado el que actuaba en aquellos momentos. La gabardina estuvo muy bien, pero sus manipuladores tenían todo el mérito en la sombra. 
     En un suspiro llegamos al final donde, como cada vez que colaboro en un espectáculo, no puedo evitar sentir los nervios ante mi intervención. Porque en esta obra también intervenía yo, aunque fuera con un personaje en off. Y en aquel momento me entró el miedo y pensé "que no tenga un lapsus, por Dios, que no me pare". Y no me paré, lo solté todo tal y como lo tenía grabado. Es la ventaja de este tipo de papeles, y la desventaja también, porque no hay posibilidad de rectificación. 
     Acabó la función, pero no el divertimento. Porque después de esperar media hora en la puerta del teatro, nos informaron de que los actores estaban esperándonos en la parte trasera del centro (¡qué centro, con tantas entradas y salidas!). Cañitas, conversación y la comunión de siempre entre compañeros conocidos y acabados de conocer. 

¡Qué auténtica es la gente de teatro!


domingo, 28 de marzo de 2010

Teatro en blanco y negro


     Viajamos por la vida cargándonos de recuerdos y de conocimientos en los que nuestros maestros aportan su experiencia para enriquecer nuestro mundo.  Ellos son nuestra referencia y el ejemplo al que recurrimos con admiración. Y siempre hay que agradecerles  que sus pasos son los que han hecho el camino que pisamos ahora.

      El pasado martes, una cita de mi admirada directora Julia Mª Butrón, me llevó de nuevo a subir al escenario de la Casa de Córdoba en Madrid. Mis amigos del Teatro de Cámara Góngora, nunca me dijeron adiós, y cada vez que hay un evento o un nuevo montaje recibo su invitación para participar en él.
     En esta ocasión se celebraban las bodas de oro con el teatro. 50 años de teatro y cultura de los que he tenido el honor de compartir algunos. Y, tras la propuesta de mi amigo Rafael Casas y la insistencia de Julia María, allí me presenté.

     Se entregaba el V premio de teatro al actor Fernando Guillén Cuervo y se hacía un homenaje a la historia de este grupo. En estos eventos uno discute con su propio ego para no destacar demasiado. Como actores nos gusta exhibirnos ante el público, pero hay que tener mucho cuidado para no ser el centro de atención. Por eso me resistía a la primera propuesta que era hacer un monólogo de "Calígula" como complemento al monólogo de "Cyrano" que podía hacer Manuel Galiana. Por suerte, los organizadores lo pensaron mejor y mi intervención se limitó a la lectura de unos juegos florales en compañía de Mª José Alfonso, Pepe Ruiz y María Bravo.
     La noche transcurrió entre la admiración y la emotividad de encontrarme con amigos y compañeros. Fernando Guillén Cuervo, al recoger su premio, dijo que se sentía honrado porque el premio se lo entregaban auténticos sabios. Por mi parte también sentí orgullo de haber pertenecido a ese cuadro artístico por el que han pasado grandes actores y directores de la escena española.

     El color de la fotografía de esa noche era el blanco y negro porque por allí desfilaron auténticas glorias vivas y representación de otras que han formado parte de la historia de nuestro teatro. Jesús Guzmán, Gemma Cuervo, Julia Trujillo, Alberto González Vergel, la viuda de Max Aub y un buen número de representantes de nuestra cultura nos hicieron vibrar con sus anécdotas y sus comentarios.
     Me hizo especial gracia la presentación de Pepe Ruiz, que decía que toda su vida ha estado reivindicando su nombre porque le habían llamado desde Pedro Ruiz hasta Pepe Rubio y ahora que casi lo consigue, todo el mundo le llama Abelino. Es lo que tiene conseguir cierto éxito mediático, que los actores dejan de ser conocidos por su nombre y empiezan a ser nombrados con el nombre de su personaje. Yo empiezo a volver la cabeza cuando oigo "Stewie".

     El Teatro de Cámara Góngora ha conseguido conjugar su carácter vocacional con el respeto y la colaboración de profesionales de la escena y la literatura. No en vano, Antonio Gala es el presidente de honor de los premios que esta agrupación concede periódicamente. Lo que demuestra que el teatro aficionado no es enemigo del profesional, sino que pueden caminar de la mano. 

     Bravo por el Teatro de Cámara Góngora que ha sabido potenciar la cultura durante estos 50 años. ¡Que vengan otros 50!

lunes, 22 de marzo de 2010

Toc toc, ¿quién llama?


     Es mejor aprovecharse del destino que empeñarse en echarle un pulso. Este jueves esperaba que fuese otro día de nervios y encierro en otra sala de doblaje. 
     Pero mira por donde, se suspende la convocatoria hasta la próxima semana y éste pasa a ser un día festivo para mí. ¿Qué hacer? La respuesta la da el teléfono con una llamada de mi amigo Juan. ¿Qué haces mañana? Nada. Pues quedamos a desayunar y así nos ponemos al día. Dicho y hecho, desayunamos y le comento mis planes para la tarde. Ya que la tengo libre, iré a ver la obra de teatro "Toc Toc" que ya tenía ganas. A lo que Juan se apunta.

     Terapias necesitamos todos, y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Yo, al menos, no seré el primero. Y con nuestros Trastornos Obsesivos Compulsivos tenemos que vivir. Como decía al principio refiriéndome al destino, es más útil saber convivir con ellos que tratar de eliminarlos. Así transcurre esta función, entre carcajadas y Tocs a cual más insólito. 
     Desde el síndrome de Touret... ¡te la meto del revés!... perdón; desde el que grita obscenidades, hasta la que repite todo dos veces, hasta la que repite todo dos veces... Vaya, ya me lo ha pegado. Bueno, el caso es que las situaciones hilarantes se repiten hasta retorcerte en la butaca. 
     Obra divertida donde las haya, y unos actores que disfrutan en escena y hacen disfrutar al público. Reconozco que sufrí por la integridad de Dani porque sólo le faltó colgarse de la lámpara (creo que por eso no pusieron lámpara, para que no se subiese en ella). 
     Un reparto redondo donde cada cual recrea su personaje sacándole todo el jugo para que las risas no decaigan en ningún momento. Estupendo Esteve Ferrer en su doble faceta como director del montaje y su personaje de K1000-O, o sea, Camilo. Fantástico el veterano Nicolás Dueñas, o Ana Mª Barbany. Y qué decir de Daniel Muriel, Gracia Olano, Inge Martín e incluso Sara Moros quien hace unas pequeñas pero muy correctas intervenciones. 
     Histrionismo y energía para demostrarnos que, a veces, basta con escucharnos unos a otros para aceptarnos a nosotros mismos. Y el humor, siempre presente, en este mundo donde parecemos olvidar que no hay que tomarse nada demasiado en serio. 

     Buena tarde de teatro, y un día bien aprovechado, alimentando el espíritu con la compañía de un buen amigo y la divertida evasión de una obra de teatro. ¿Qué más se puede pedir para un jueves?
 

miércoles, 17 de marzo de 2010

Actores, actorcillos y... eso



     Tanto hablar de intrusismo en esta, mi profesión, y resulta que el intrusismo lo tenemos dentro. Gran incongruencia.
     Conozco a algunos que viven de la profesión de actor y no son actores, son simples funcionarios de este oficio. Estos son los intrusos. Los que no sienten, ni viven, ni se comportan como actores. Son meros ejecutantes que, con más o menos acierto, se ganan la vida haciendo creer que interpretan. También suelen llenar sus conversaciones con los demás de palabrería para demostrar lo magníficos que son. Lo que contrasta con lo poco que ofrecen.

     Hace ya mucho tiempo que me vengo planteando la cuestión de qué es exactamente un actor. Yo, que en muchas ocasiones he combinado el teatro aficionado con mi trabajo como actor profesional, he llegado a la conclusión de que el artista no necesita de títulos ni de contratos. Artista es quien se siente así y vive como tal. Se da por sentado que un actor profesional está preparado y tiene cierta calidad, pero no siempre es así. He visto malos actores viviendo de ello y magníficos actores haciendo teatro aficionado. Como también he visto algunos aficionados que pretenden llamarse actores y no pasan de ser imitadores de pacotilla.
     Un actor es alguien comprometido con la sociedad y con el ser humano. Pero debe serlo sinceramente; no "de cara a la galería". Un actor es una persona que desea comunicar, desea contar historias, desea conmover almas. No únicamente destacar y salir en todas las fotos. Un actor es alguien que crea por la simple pasión de crear y es generoso a la hora de ofrecer su esfuerzo para el disfrute de los demás. Un actor debe tener la humildad suficiente para saber que en el aprendizaje está la superación. Y no deja de investigar, de innovar, de buscar nuevas formas de expresión. Un buen pianista no lo es sólo por tocar todas las notas, sino por hacer con ellas música que conmueva. Del mismo modo, un actor no es quien repite un texto, sino quien es capaz de hacerlo provocando sensaciones. Como auténtico artista debe ser creativo y no conformarse con lo establecido, porque el adocenamiento conduce a su muerte como comediante.

     Bravo por los artistas que aún se permiten equivocarse porque no se conforman con lo manido, porque se atreven a investigar y creen en sus propias convicciones. Por eso no considero intrusismo que alguien que siente y vive como actor se gane la vida con ello. Considero más intruso a aquel que, sin otro afán que el del dinero o el de saciar su ego, ocupa un lugar en el mundo interpretativo.


lunes, 15 de marzo de 2010

Aprender enseñando


     A veces la vida pasa tan rápido que no da tiempo a masticarla. Nos tragamos las horas, los minutos y los días con el riesgo de atragantarnos al hacerlo con tanta rapidez.
     Uno, que intenta saborear cada instante, desearía estirar el tiempo para disfrutar de cada maravilloso momento que me ha tocado vivir.

     Me he resistido a hacer una entrada del blog en homenaje a Miguel Delibes porque he leído tantos y tan buenos artículos acerca del tema, que no creo que llegase a la altura que tan ilustre personaje requiere. Pero sirva de remembranza una frase suya que llevo muchos años aplicando cada día a mi vida: " Para escribir un buen libro no considero imprescindible conocer París ni haber leído el Quijote. Cervantes cuando lo escribió, aún no lo había leído."

     Así le pierdo el miedo a la labor docente, en la que últimamente empleo mucho de mi tiempo. Si los alumnos, según sus palabras, aguardan deseosos el día de clase (cosa que me halaga y me llena de alegría), yo siento una sensación entre vértigo y temor antes de cada clase. Sé que cada uno de ellos tienen puesta mucha ilusión en aprender esto que para mí es el pan nuestro de cada día. Así me lo demuestran con sus miradas, con su respeto, con su atención, que reconozco que me asusta a veces. Voy a ser sincero, cada vez que uno de los alumnos escucha con tanta atención mis explicaciones temo no ofrecer todo lo que están esperando de mí.
     Si ellos aprenden de mi oficio, yo aprendo más de la vida. Aprendo a no olvidarme de lo que soy y de la ilusión que me ha hecho dedicarme a esta profesión. Me gustaría inculcarles el respeto y que disfrutasen como yo gozo cada día interpretando mis personajes y dirigiendo mis doblajes. Me empeño en hacerles ver que hay que ser generosos y no escatimar esfuerzos para ofrecer algo a los demás.
     Somos fabricantes de emociones, y nuestra misión es hacer vibrar a los demás. Algo tan extraño como apasionante.
 
     Confieso que el haberme convertido en profesor es algo que nunca me planteé, pero la vida te va proponiendo y, con cierta osadía, yo soy de los que acepta los retos.
     Pero de verdad que me alegro. Me alegro de haberme atrevido; por las satisfacciones que me están dando mis alumnos, cuando veo que luchan por poner en práctica cada una de mis pautas.
     Ahora me gustaría verles triunfar, que no es otra cosa que hacer lo que les gusta y disfrutar del camino.

     Y, mientras tanto, mi mente sigue vibrando con la idea de crear, de ilusionarme con idear cosas nuevas. No tengo remedio, yo nací para cualquier cosa menos para un trabajo en el que tuviera que hacer una labor repetitiva o cubrir simplemente un horario laboral.

martes, 2 de marzo de 2010

Por sus ojos y nuestro corazón


     Vuelvo a la sala Tribueñe a disfrutar del teatro en su más puro concepto.
     Esta vez a imbuirme en la historia de una mujer cuya vida pudo ser de todo menos simple. Esta es la historia que la compañía Tribueñe nos ofrece en un jueves desapacible en el exterior, pero que se convierte en calor y magia dentro de estas paredes.
     Los personajes salidos de la función nos reciben trasladándonos a los inicios del siglo XX, en el que una mujer, Francisca Marqués López, desarrollaría una vida llena de música y sensaciones.

     "Por los ojos de Raquel Meller" nos muestra un personaje desgarrado, que se embarca en una carrera musical no siempre feliz. La ambición y la lucha por su estilo propio jalonarían una vida de deseos, genio, y tortura psicológica.
     Después de disfrutar de un espectáculo como este, es difícil desgranar la cantidad de sensaciones que vive uno como público. Es tan fuerte la sensación de haber sido hipnotizado y embaucado por tanta magia escénica, que sería como desentrañar toda una vida.

     Las candilejas que enmarcan el espacio escénico te sumergen en una época pasada y la voz y el piano en directo, sin ningún artefacto tecnológico que la distancie del público, crean la atmósfera mágica que lleva al espectador a formar parte de la acción.
     La voz de Maribel Per alcanza tanto preciosismo que te envuelve en cada uno de los temas que interpreta. Desde una primera etapa con temas en los que acata lo que le impone la necesidad de llegar al gran público con unas canciones de tono picaresco, hasta las últimas, buscando un estilo más "profundo" en el que llega a impresionar el patetismo de un ser humano perdido en su propio endiosamiento.
 
     Hugo Pérez, en la dirección de este montaje da muestras de una extraordinaria imaginación, rayando con la genialidad, al componer cuadros tan artísticos y aprovechando al máximo las posibilidades tanto de escena como de intérpretes.
     Es gratificante ver que cada personaje encaja en su intérprete como un guante. Nunca se sabe si el personaje está hecho para el actor o el actor está hecho para el personaje. Las capacidades de cada artista son exploradas y explotadas con sabiduría por este joven director. Cada uno de los personajes está perfectamente encajado en el conjunto, adoptando la importancia de un protagonista por los matices que aporta a la obra.

     Me quedo con las sensaciones, la experiencia de haberme trasladado en el tiempo y haber vivido dos horas un sueño mágico de otro tiempo.

sábado, 27 de febrero de 2010

El cielo recibe a la cultura


     Hoy, como un día cualquiera, a primera hora de la mañana, atasco, café, cigarrillo y saludos a los compañeros que han tenido la suerte de madrugar como yo. Porque hoy en día, es una suerte tener que levantarse temprano para trabajar. Hasta aquí todo normal, dentro de lo que mi oficio se puede considerar normal. Pero, al entrar en el estudio, una nota en una puerta se me clava en los ojos y me produce tal estremecimiento que mi mano se queda apoyada en el pomo y multitud de imágenes vienen a mi mente antes de que pueda reaccionar cuando leo "El funeral por nuestro compañero, Rafael de Penagos,... "
     Aún pasarían horas para asimilar la noticia, mientras realizaba mi trabajo take a take, con un pensamiento casi único: "va por tí Don Rafael, por lo que tú tanto querías".

     Hablar de don Rafael de Penagos, es hablar de una institución, un maestro, un ser humano al que la historia dará su justo valor, y al que, quienes lo conocimos, nunca podremos pagar lo que nos entregó.
     Un poeta y un hombre culto que paseaba su estilo y su caballerosidad allí por donde pasaba. Su educación exquisita le permitían no hacer distingos entre quienes le rodeaban, tratando a todos con el mismo respeto y consideración.
     Nunca he oído a nadie una queja sobre don Rafael, todo eran muestras de admiración hacia un hombre que se hacía querer. Repartía felicidad y sabiduría sin egoísmo, sin menospreciar ni despreciar a nadie. Lo que sí hacía, de un modo muy divertido, era adoptar posturas y aptitudes de aristócrata. Nos encantaba verle así y, a veces, le provocábamos para que lo hiciera porque tenía tanta categoría que podía permitírselo.
     Hombre de extraordinaria conversación, no había tema para el que no estuviese preparado; hasta la poesía se volvía especial en sus labios cuando, llevado por la comodidad del ambiente, decidía dar rienda suelta a su capacidad de rapsoda.

     Su personal voz, ha llenado los hogares españoles de buenos momentos. Desde el señor Roper de "Los Roper" hasta el Cardenal Richelieu de "Dartacan y los tres mosqueperros" pasando por Miguel de Cervantes de "El Quijote", cientos de personajes han llegado a nuestros oídos con su voz. Sus libros, sus conferencias y su defensa de la cultura son un legado difícil de cuantificar.

     Y, personalmente, llevo en el corazón algo maravilloso que hizo conmigo: me animó y me dio fuerzas cuando más lo necesitaba. Yo era un jovencito al que le dieron la oportunidad de dirigir el doblaje de una serie como "Las aventuras de Sherlock Holmes". La serie era importante, pero los actores a los que debía dirigir no lo eran menos. Tres grandes estrellas del doblaje como don Rafael de Penagos, don Pedro Sempson y don Julio Núñez estarían a mis órdenes. Si a Sempson y a Núñez los admiraba como actores, a Penagos lo admiraba además como literato. Y allí estaba un joven lleno de dudas con la responsabilidad de conducir a unos artistas de una categoría profesional muy por encima de la suya. En todo momento, durante casi un año, se me trató con el máximo respeto y consideración. Un día don Rafael me dijo "Eduardito, tengo que comentarte algo sobre tus guiones". Mis piernas temblaron cuando me di cuenta de que un poeta de la categoría de Rafael de Penagos (Premio Nacional de Literatura 1964) iba a opinar sobre mis adaptaciones. Pero con su gran generosidad continuó "escribes con mucha lógica, tus frases son fáciles de decir, porque suenan a diálogos de seres humanos, no a textos de un libro". Aquello fue una lección para toda mi vida y un empujón impagable para un joven con todos los miedos del mundo.

     Gracias, maestro. Nos dejas muy solos, pero siempre estarás con nosotros, porque tus enseñanzas están grabadas en nuestros corazones.

     Descansa en paz, don Rafael.


domingo, 21 de febrero de 2010

Un paisaje de cerezos


     Unas vías de tren, unas maletas esperando que alguien les dé movimiento y una luz que  juguetea en la escena mientras personajes anónimos, viajeros del tiempo, comienzan un trasiego a cámara lenta que te imbuye en un mundo de irremediables cambios.
     Así empieza "El jardín de los cerezos" que la compañía del Teatro Tribueñe presenta en su sala. Una sala que, dicho sea de paso, invita a la imaginación teatral, puesto que ella misma desprende magia.

     Chejov nos habla en su obra del cambio social, pero nos muestra mucho más. Nos presenta un catálogo de personajes, unos inmersos en su costumbre y otros con el deseo del cambio. Todos los personajes se mueven, y marcan con su movimiento el destino de los demás.
     El simbolismo de las maletas que se convierten en raíces de unos cerezos que son, a la vez, los remos que empujarán nuestro destino, nos mantiene durante tres horas inmersos en el juego teatral. Un juego de complicidad y de cercanía que nos hace identificarnos con uno u otro personaje durante la representación.

     Pero algo que me llegó a emocionar de la obra es el sentido que le encontré a este "Jardín de los cerezos", sin flor, en una decadencia obligada por las nuevas formas de vida burguesa. Un jardín que se ve abocado a su destrucción por el deseo de los nuevos veraneantes que esperan sustituirlo por chaletes de esparcimiento. Culpa que comparten unos terratenientes inútiles y adormecidos en la seguridad de su posición.
     La belleza de un sueño perdida en pro del progreso y de los intereses monetarios. Y ahí, Irina Kouberskaya hace una composición de su personaje al principio de la historia que me recordaba a nuestro Alonso Quijano; un ser que vive en su mundo y mantiene su orgullo y su estatus para no plegarse a la destructiva realidad. Curiosa mezcla de un personaje ruso con el hidalgo español. Su ética le lleva, incluso, a resistirse a volver con un amor pasado aunque esto solucionase sus problemas económicos. El ideal por encima del interés.
     Un precioso cuadro de seres humanos. Desde el decrépito criado-esclavo que acepta su posición y cuando su muerte parece ser inminente estalla en una energía desbordante, hasta el parásito amigo que pide dinero continuamente y en su momento de triunfo se dedica a devolver todo lo prestado en un alarde de agradecida prepotencia. Un cuadro con cientos de lecturas que dependerán de quién sea el observador, pero que me han hecho disfrutar de ver teatro de verdad.

     Un teatro sin pretensiones de grandes carteleras, hecho con el amor y la entrega de gentes que adoran de verdad este arte. Artistas que igual preparan un vestuario o un decorado que construyen ladrillo a ladrillo una sala como la Tribueñe.

     Gracias por alimentar el verdadero teatro.



viernes, 5 de febrero de 2010

A un gran hombre




Sé que estás ahí,
entre las estrellas que se asoman
tras la oscuridad de la noche.

A veces siento el tacto de tus manos
encallecidas y tiernas.
Me gustaría no haberlas perdido
cuando un aliento suave
te durmió para siempre. 
Desearía agarrarme a ellas
como aquella última vez
y recuperar tantos
abrazos perdidos.
Manos endurecidas por el trabajo
que nunca abusaron de su poder,
que sólo se preocuparon de guiarnos.

Hombre sin cultura
pero sabio de la vida.
Tus lecciones no tenían guión,
ni palabras altisonantes,
ni pesados conceptos.
Tu enseñanza eras tú,
con cada movimiento,
con cada acción,
con cada silencio.

Hablo contigo, pero no te veo.
Me contestas, pero no suena tu voz.

Te siento en cada paso que doy,
en cada decisión que tomo,
descubriendo lo importante
que fue tu ejemplo.

Un héroe sin estatuta,
un valiente sin espada,
un luchador sin ejército,
un compañero respetado.

Yo te admiro,
te quiero,
te hablo,
te siento conmigo,
aunque no estés aquí.

Y, de vez en cuando,
miro al cielo y te hago la gran pregunta:
"¿Estás orgulloso de mí, padre?"


martes, 2 de febrero de 2010

A un soñador que luchó.


 Querido amigo:
Hace mucho que te fuiste, envuelto en sombras y con la marca de la venganza. Suicidio, dijeron, y dieron el caso por concluído. Luchabas por la justicia, y la justicia escondió su mano y te condenó al olvido. Pero algunos, al oír de tí, pensamos que aún estás entre nosotros, luchando, gritando, buscando la verdad. Esa verdad y esa justicia que tantas veces nos han prometido y que nunca llega. Los tiempos han cambiado. Ya no se grita en las universidades porque se puede hablar, pero el descontento perdura. Ahora no se hacen reuniones secretas porque se permite el asociacionismo, pero seguimos discutiendo los males de nuestra sociedad y nos rebelamos contra ellos. Cada vez se hacen menos pintadas; ahora se envían cartas a los periódicos o se llama a la radio para protestar.  Ahora se puede hablar, aunque nadie escuche lo que dices. Cada cuál va a lo suyo. Lo importante es ganar mucho dinero y formar parte de lo que llaman la sociedad del bienestar. ¿Qué bienestar? ¿De verdad queremos esto? ¿Un buen coche, un chalé y trescientos euros para copas es bienestar?
¡No! Yo quiero el bienestar de la tranquilidad, la solidaridad, la amistad, la honestidad, la justicia. Me gustaría mirar al futuro con ilusión, con la esperanza en que el trabajo me hará un hombre digno, con el deseo en que la honradez tendrá su recompensa. Me gustaría que el respeto enterrase guerras y violencia y sembrase en su lugar comprensión y paz.
Cuando tú estabas aquí, la militancia en un partido era nuestra forma de luchar. En estos tiempos, ya no sirve para nada. Todo está corrompido. Los ideales no son la meta a alcanzar, la meta es el poder. El asqueroso poder sin más; porque si el poder acarrease la práctica de los ideales estaría bien.
          Pero no te preocupes, amigo, aquí aún quedamos algunos que seguimos luchando. Aunque tengamos que pagar precios muy altos por nuestra osadía, aunque nos releguen al cuarto trastero y nos pongan etiquetas de descrédito.


(*Texto recuperado de mis antiguas notas) 

sábado, 16 de enero de 2010

Ser o... no dejar de serlo



     Ir al teatro es una aventura que no tiene comparación con ir al cine o ver la televisión, aunque ésta última, por la proximidad con todos, a veces sea el escaparate para actores que gracias a ella pueden llegar a "tener cartel". No es que yo esté muy de acuerdo con que haya que ser "conocido" para ofrecer un espectáculo de calidad. Pero el mercado es así, y lo acepto mientras eso lleve espectadores al teatro.

     En el caso de "Ser o no ser" la combinación cumple las expectativas, y ofrece un montaje para disfrutar y para seguir amando el mundo de la escena.

     Quizá muchas referencias queden ocultas para el espectador de calle, pero los guiños al mundo del teatro, hacen que para los que nos dedicamos a esto sea una montaña rusa de imágenes y detalles que no dejan de aparecer durante toda la obra. Me recuerda a mis tiempos de chavalillo, cuando leyendo tebeos siempre buscaba en los rincones de las viñetas al ratoncillo fumando, o el gato haciendo pesas... Infinidad de pequeños detalles que hacían de cada cuadro un conjunto completo y perfecto.

     De entrada la escenografía cumple con su cometido (difícil dados los precedentes de la película de Lubitsch) llevándonos de un espacio a otro sin aparatosos artificios. Hay momentos en los que dudas de si estás viendo una película o los actores están ahí. La iluminación y el sonido son sencillos pero efectivos. Recargarlo más hubiese sido distraer la atención de la comedia para la que están diseñados. Con un sonido sencillo pero efectivo. Por buscarle un pero yo hubiese situado algunos sonidos en lugares determinados del escenario. Como los diálogos que surgían de las proyecciones, que podrían haber salido de detrás de la pantalla dando una efecto más compacto del conjunto puesto que a veces se encadenaban las grabaciones con la imagen real de los actores.

     Y llegamos a la pieza fundamental en el teatro... los actores. Sé que se han hecho experimentos sin actores y que en un espectáculo de hoy en día todo cuenta. No es mi intención, ni mucho menos, menospreciar la importancia de la parte técnica, como no minimizo la necesidad de cualquier faceta de la producción. Pero yo soy de la opinión que es suficiente con que haya un actor para que se pueda realizar el acto teatral. Un simple artista en un parque ante un público eventual ya es teatro.

     Pero lo que quiero hacer constar es que "Ser o no ser" está plagada de actores haciendo su cometido de un modo brillante. También hay alguna sombra, como Amparo Larrañaga, que parece tirar de recursos para ofrecer un personaje demasiado indefinido e irreal ante la batería de genios que tiene a su alrededor. Pero creo que esta circunstancia queda minimizada por los magníficos compañeros que la arropan en escena.

     ¡Qué decir de mi amigo Jose Luis Gil! No descubro en él nada que no supiese: que es un derroche de talento y tiene una gracia innata que empapa cada cosa que hace. Su dominio de la voz no tiene discusión, conociendo cada inflexión hasta exprimir un texto en sus más sutiles intenciones. Y su control físico, con sus caras y sus gestos, acompaña en sus pausas y sus miradas a un diálogo tan bien escrito que no hay recoveco del texto que pase desapercibido. Eso es lo que desencadena tal interés en el público, que casi espera deseoso cada una de sus apariciones en escena. Intervenciones tan hilarantes en ciertos momentos que las carcajadas del público fuerzan al obligado "frenazo" en escena para que los espectadores no se pierdan la siguiente acción. El maestro Gil tiene esa capacidad para encandilar al espectador y la generosidad de entregarse al ciento por ciento en escena (aunque trabajar por la mañana en la serie de televisión y por la tarde en el teatro lo tenga agotado, como me reconoció después).

     En cuanto al resto del reparto, no puedo decir sino elogios. Su entrega y respeto por cada uno de sus personajes hacen que compongan un cuadro lleno de matices y detalles magistrales.

     He visto momentos desternillantes.
     Como, por ejemplo, los dos actores que luchan por ser considerados dentro de la compañía y en el mundo de la escena. Con ese texto de ‟El mercader de Venecia” (tan acorde con el sufrimiento judío ante los Nazis) repetido hasta la saciedad, como una muestra de la obsesión de estos actores por conseguir su sueño de interpretarlo: "Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis, ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?".

     O la escena anterior a cada monólogo de Hamlet, donde los dos actores se marcan sendos personajes en los que representan al actor demasiado metido en su papel y al actor que suelta el texto sin ningún interés. ¡Qué divertida cada una de las versiones que hacen, en el transcurso de la obra!

     Bastantes actores de los que intervienen son reconocidos por sus trabajos en televisión, pero lo que para mí importa realmente en esta obra es cómo se dejan la piel y el corazón en escena para hacernos volar y divertirnos como hacía tiempo que no me reía en el teatro.

      Podría estar horas contando detalles de lo que he visto, pero sirva esto como apunte para que quienes queráis disfrutar del teatro tengáis una referencia de algo digno de ver.


viernes, 8 de enero de 2010

El sonido del recuerdo



     Sonidos, olores y lugares nos transportan a otros tiempos añorados y nunca perdidos del todo en la memoria.

     Ha transcurrido mucho tiempo desde que un hombre, al que siempre agradeceré el haberme inyectado este veneno del teatro, me ofreció unirme al grupo de teatro del que era director tras compartir con él los micrófonos de una radio libre (aunque también la llamaban pirata en aquella época). Eran los tiempos de Radio TU; "tu radio" como decía nuestro eslogan.

     Aquello era un teatro pobre, no sé si como el del Grotowski, aunque pobre y sencillo sí que lo era. Pero tenía todos los alicientes para inocularnos la savia del amor por la interpretación. De la mano de Roberto conocí a mis compañeros, me hice amigo de ellos y vivimos momentos de ilusión y de conocimiento de un mundo que nos encandilaría hasta el punto de convertirlo en nuestra profesión. No en vano, muchos de aquel elenco forman parte de la élite de actores de doblaje de nuestro país. Fueron sábados y domingos metidos en el colegio Pio XII, creando y recreando obras para luego representarlas con unos sencillos soportes con ocho bombillas de colores haciendo de sistema de iluminación, y unas cintas de cassete que requerían de mucha habilidad para que los efectos sonasen en el momento oportuno.  Hasta el equipo de sonido había que desmontarlo de casa del director para llevarlo a ese espacio donde, con sillas plegables, convertíamos en teatro una casa de la cultura que disponía de escasa o casi nula equipación para tales menesteres. Todo tenía un aspecto tan artesanal que aprendimos desde abajo los fundamentos de este oficio de actor.
     Tampoco puedo olvidar las tardes en casa de nuestro director, donde siempre nos acompañaba la banda sonora de "Los Diez Mandamientos" a modo de introducción al estudio de obras y personajes. Y de sus largas charlas donde aprendíamos no sólo interpretación, sino a respetar y adorar este oficio. Aquella música nos sirvió para hacer algún chascarrillo porque de tanto oírla casi entrábamos a la casa tarareándola. La orquesta de "El Cid" también realizó bastantes bolos en aquella plaza. 

     Años después, este mismo director me propuso dedicarme al doblaje porque escuchó una grabación que hicimos jugando algunos de los componentes del grupo. Con el miedo y el respeto que produce entrar en el mundo profesional, accedí a ello y puse todo mi empeño en prepararme para lo que luego ha sido mi forma de vida. Ayer se cumplieron 23 años del día que hice mi primer trabajo profesional en doblaje. El gran regalo de Reyes que recibí el 7 de enero de 1987.

     La vida nos ha hecho surcar, tanto a mi maestro como a mí, mares de alegrías, tristezas, encuentros, desencuentros, etc. Pero nunca (aún en los períodos de no hablarnos) se ha apagado la llama del cariño entre nosotros.

     La ironía del destino hizo que ayer, 7 de enero, volviéramos a coincidir mi maestro y yo en una sala de doblaje. Pero esta vez era yo quien dirigía y él quien estaba a mis órdenes. Y recibí el regalo más hermoso que recuerdo en muchos años. Roberto sacó de su bolsillo un CD y me dijo "toma, Eduardito, esto está descatalogado, pero quiero que lo tengas". Era la banda sonora de "Los Diez Mandamientos".

     Me regaló un pedazo de nuestra vida pasada.

     Gracias, MAESTRO.  


miércoles, 6 de enero de 2010

La crisis del trabajo



     Cuando la crisis afecta al bolsillo la sociedad se echa las manos a la cabeza, pero hace más tiempo que sufrimos otra crisis: la de la profesionalidad. No sé si una es efecto de la otra, pero sin duda, difícil es acabar con una mientras exista la otra. Pongan ustedes las cifras de la ecuación en la parte del enunciado que más les convenga.
     Al hablar de crisis del trabajo me refiero a la crisis de profesionales. En muchos casos se ha sustituido al profesional por el trabajador. Interesa más una persona que "saque" un trabajo que un profesional que "realice" un trabajo como es debido.
     ¿Quién no ha ido a comprar un electrodoméstico y el "despachador" (no se merece otro nombre) no tenía ni idea de qué le hablabas? ¿O quién no ha ido a tomar una copa y más que servírsela como corresponde a un camarero se la han puesto como el que echa de comer a un pollo? O el famoso dicho del albañil, que lo primero que comenta es "¿quién ha hecho esta chapuza?" para encubrir las posibles ineptitudes que le pueden surgir en el trabajo, porque se escudará en "no hay quien arregle este desaguisado".

     Falta profesionalidad, auténticos profesionales que realicen su labor con dedicación, preparación y entrega. Hemos convertido el trabajo en una esclavitud que nos tiene secuestrados durante unas horas que luego son pagadas con más o menos generosidad. Generalmente con menos generosidad; a fin de cuentas no habría que dar muchos pasos para encontrar a otro que pueda hacer exactamente lo mismo.

     Es triste entrar en esa rueda donde el único aliciente es terminar el horario laboral para entregarse a un ocio muchas veces poco gratificante pues no se tiene costumbre de ser creativo y activo. Comprendo que algunos pueden considerar que es cómodo y quizá vital aprobar unas oposiciones para convertirse en funcionarios y rellenar siempre los mismos formularios según las mismas normas y en el mismo horario. Pero estas personas pierden un poco de su parte humana cuando se convierten en meros ordenadores que ejecutan su labor según unas pautas marcadas y, cuando les sacas de lo común, no saben hacer frente a las variables que desconocen.

     ¡Cuánto echo de menos aquella tienda de fotografía donde podías pedir "un filtro para que suavice los reflejos de las superficies pulidas" y te traían las distintas posibilidades! Ahora como no pidas un "filtro polarizador" no se esfuerzan ni en saber a qué te refieres. Como cliente no tienes por qué saber más de sus productos que el profesional que se dedica a ello. Dentro de nada habrá que decirles hasta en qué parte del almacén lo tienen guardado. 

      Esta sí que es una crisis difícil de resolver. 



lunes, 4 de enero de 2010

En ocasiones oigo frases



     Resulta curioso y, ¿por qué no decirlo?, halagador cuando descubres que algunas expresiones que tu mismo te has inventado pasan a formar parte de el uso o se convierten en populares.

     Es la ventaja que tiene el escribir guiones, o adaptarlos en mi caso. El guión cinematográfico llega a muchos espectadores, y así de forma subliminal, sus frases empiezan a formar parte de nuestra vida.

     Recuerdo que en los años ochenta había una expresión muy habitual en las pantallas de cine y que, en algunos casos, hay personas que la siguen considerando normal: el "jodido" lo que sea. Lo eran las puertas, los teléfonos, los lápices... todo era fornicado. Siempre he creído que se podía estar así, pero veía difícil que se fuera eso, y más los objetos inanimados. A mi modo de ver tenemos expresiones castellanas que pueden sustituir a esa traducción literal del "fuck" inglés. Puñetero, por ejemplo, o para darle mayor énfasis "puto". Por suerte esa tendencia ha disminuido y ya son menos objetos los que son víctimas de esta práctica sexual.

     Otra de las expresiones que siempre me han producido cierto escalofrío al oírlas es el "¿te encuentras bien?" a una persona que ha sido tiroteada, ha tenido un accidente o se ha caído de un puente. Bien, lo que se dice bien, seguro que no se encuentra, después de semejante acontecimiento. Se le puede preguntar si "se le está pasando", si "está herido", si "le duele mucho", si "puede aguantarlo"... pero preguntarle si se encuentra bien es una total falta de sensibilidad. Evidentemente NO SE ENCUENTRA BIEN, vamos que yo creo que no tiene ganas ni de buscarse.

     En cuanto a expresiones propias, me acuerdo que en mis principios oí alguna crítica negativa a vocablos que empecé a utilizar en mis guiones por considerar que estaban al cabo de la calle. Estos fueron el "guay" y el "genial" (como expresión de júbilo). El tiempo los ha ido imponiendo, tanto a nivel de la calle como a nivel cinematográfico, y ahora parece que ya nadie se extraña de oírlos en una película.

     Mucha mejor aceptación tuvo el "en ocasiones veo muertos" con el que nadie se ha planteado lo rebuscado de la frase. Simplemente sonó y se hizo popular tal cual. Pero yo tuve mis dudas cuando la elegí, porque me parecía un diálogo demasiado erudito para un niño. No obstante tuve que utilizarla para amoldarnos al movimiento de esos labios que decían "I see dead people" (veo gente muerta).

     Otra de las muchas expresiones que he visto cómo se han hecho populares al nivel del "¿me entiendes?" de la Esteban, pero con la ventaja de que nadie pone cara al autor, es "¡Zás, en toda la boca!". Reconozco que suelo esbozar una sonrisa cada vez que la oigo acordándome del día que decidí que el "POW! Right in the Kisser!" (¡Pum, justo en los labios!) inglés se convirtiera en ésta tan popular ahora.

     Entiendo que son muchas frases las que uno escribe en sus guiones cada día, y admito que siento cierto orgullo cuando oigo alguna de ellas en la calle. Todavía me tengo que reprimir a veces para no decir "¿sabes que eso es creación mía?". El ego humano, ya ves tú. Pero, en el fondo, me divierte más permanecer en el anonimato porque tampoco es que lo mío sea El Quijote.


sábado, 2 de enero de 2010

De Vampiros


      ¿Quién no se ha preguntado alguna vez "qué tiene esta persona que me siento tan bien después de estar con ella"? Con la misma intensidad notamos a veces que otras personas nos dejan agotados. Y ahí entramos en la reflexión que me lleva a hacer este comentario de hoy: las personas Vampiro y las personas Transfusión. También me da por llamarles personas Recargantes y personas Descargantes. Son seres que te recargan la energía o que te la absorben. Creo que en este punto, aunque sólo sea por comparación, ya debéis saber quienes son de cada grupo. Y en ocasiones no tiene que ver con la bondad o maldad de la persona, es más una característica independiente. He conocido personas Vampiro de buen corazón, aunque es más común que las personas que te cargan las baterías sean los generosos y cariñosos.
      Debe de ser una cuestión de energías, de polaridad o de algún factor difícil de definir, pero lo cierto es que las personas Vampiro por mucho que se empeñen en empujarte o en proponerte ideas, sólo consiguen chuparte las energías y dejarte agotado.

     Me quedo con los seres recargantes, esas personas que, ya sea con su actitud vital o con su comportamiento, son capaces de cargarte las pilas y sentir que su compañía te da vitalidad. Doy gracias por haber tenido a mi lado amigos que me han hecho resurgir y afrontar retos que ni yo mismo era consciente de que podía realizar. Esos han sido mi revulsivo, los que han conseguido con sus conversaciones, su compañía, sus palabras o sus oídos, recargar mis energías día a día. Esas personas son tan valiosas que los busco, intento cuidarlos y los disfruto cada minuto, cada segundo que vivo con ellos.

      Yo no creo en los gafes, pero quizá los seres Vampiro pueden llegar a provocar situaciones gafe cuando descargan tanto a los demás que la energía se convierte en negativa. No es nada producente estar rodeado de negatividad.

      Quizá un psicólogo pueda establecer causas-efectos en la mentalidad humana, pero yo, como un simple viajero, sólo sé hablar de mis sensaciones.