domingo, 21 de abril de 2013
Manos de silencio
Otro vuelo al amanecer, con el sol contorneando las palmas.
En suaves giros buscó la nube que se esparcía
como polvo de bellos sueños.
Así eran mis manos en la frialdad del aire,
dibujando caricias, acariciando alientos, alentando ideas.
Y, en el golpe duro de palabras despiadadas
cayó su vuelo al nido de la melancolía.
Con el calor de la mañana
asomó la paloma sus ajadas plumas
y cruzó el espacio de halcones plagado.
miércoles, 17 de abril de 2013
Mañana será de día
Volviendo otra vez a esas frases hechas o coletillas que tiene nuestro
idioma, me viene a la mente una que se suele utilizar en su versión
abreviada.
Recuerdo que siempre me sorprendía cuando la oía pronunciar en toda su extensión. Es la famosa "mañana será de día",
que se suele emplear cuando dejas de preocuparte por un asunto o cosa y
lo dejas pospuesto hasta otro momento más propicio y clarificador.
Generalmente el día siguiente.
Pues resulta que hay una hierba que, por esas cosas del capricho
culinario, es apreciada por su delicado sabor y sus múltiples
combinaciones gastronómicas: el espárrago. Pero no deja de ser una
hierba.
El caso es que esta verdura crece de una raiz que, a lo largo de los
años, va creando nuevos brotes que se cortan sin sacar la raiz, que a su
vez será la encargada de parir nuevos brotes y, por tanto, nuevos
espárragos.
Al permanecer varios años la mencionada planta en el mismo sitio, a
su alrededor van creciendo todo tipo de hierbas que, por mucho que se
esfuerce el agricultor en eliminarlas, siempre alguna parásita queda
junto a la señora esparraguera. Por lo que, al recolectar la deliciosa
verdura, hay que tener cuidado de no arrancar la raiz madre y, al mismo
tiempo, asegurarse de que lo que se recolecta es un espárrago y no una
romaza, una calabrujas, una juncia o cualquier hierbajo inservible.
Y ahora viene la explicación al latiguillo.
Hallábanse una vez una cuadrilla de jornaleros recolectando espárragos y
había entre ellos una mujer a la que le faltaba un ojo. Llegada la hora
en la que mengua la luz solar y el sol se adormece tras los oteros
(algo poético había que poner), la señora de la "univisión" perdía su
destreza en el reconocimiento de la planta y echaba a su serón todo tipo
de matojos que nada tenían que ver con los apreciados espárragos.
Así que, para evitar la ensalada de hierbajos en que se estaba
convirtiendo la cosecha, el capataz decidió dar por concluida la faena
con un "vamos a dejarlo. Mañana será de día y verá la tuerta los espárragos".
martes, 16 de abril de 2013
La medida del cariño
El afecto que te tengo sólo es el resultado del que tú me has dado. A través de él camino y su ronco sonido mueve mis músculos. Ni me añores ni me huyas porque estoy donde quisiste que estuviera. El destino, que en su justicia invisible teje los hilos, nos llevará al lugar que será nuestro sitio. No hay compromisos ni reproches porque el hado será cabal con nosotros.
Cariño, puede ser.
Amor, también.
Como un reflejo en el meandro calmo de un río,
es el afecto que nos une.
Dedicado a tí, que te desvaneciste cuando compendiste que no era perfecto.
Te perdiste lo mejor de mí.
lunes, 15 de abril de 2013
Del cincel a la emoción
Rocas hay muchas; algunas de inmediata belleza que cautivan cuando las ves por primera vez. Pero hacer una obra de arte en la roca ya es otro cantar. Esculpirla para crear algo bello se reserva para unos pocos. Sin duda, para elaborar una gran talla, conviene tener una piedra de gran tamaño en la que cincelar formas y líneas con toda la perfección de la que sea capaz el escultor. Aunque no todas las grandes rocas producen artísticas obras. Imponentes, sí, pero no necesariamente exquisitas.
Se necesita un material que soporte los vaivenes del escoplo que dará una bella figura. Así, paso a paso se va formando la magnífica obra. Una roca que puede ser de perfecta estructura y magnífico colorido, pero que si no se labra con delicadas formas no dejará de ser un bloque muerto que no provocará ninguna emoción en quien la observe.
Del mismo modo, el artista tampoco debe, embriagado del impaciente deseo de ver su obra terminada, conformarse con utilizar un material blando que permita una rápida talla. Habrá construido algo tan efímero como su esfuerzo.
Y, ahora que lo pienso,... ¿estoy hablando de escultura o de arte dramático?
lunes, 8 de abril de 2013
Chirivía de mis entretierras
Llamarse Patata o Chufa no es nada halagüeño. A la par que vulgares, sus nombres resultan algo despectivos. Si eres una patata eres, más o menos, una porquería. ¡Buah, tu eres una patata! Vamos, que no, que no merece la pena ser una patata. Y con la chufa pasa tres cuartos de lo mismo. Sólo sirve para que te tomen a tu nombre. O sea, a chufa. Y que hagan chufas de tí no es muy agradable. O si te estrujan y te hacen horchata te quedas en nada.
En cambio, llamarse Chirivía... eso sí que da caché. Esta es la prima rica de la zanahoria, porque ya de cuna le venía un nombre bastante ampuloso, Pastinaca Sativa, aunque se lo cambió por el nombre artístico de Chirivía. Sonoro donde los haya. "Ole con ole, la Chirivía", le dicen todos al pasar. Y eso enaltece, quieras que no. Su prima la pobre, no le puede hacer sombra, de hecho su nombre científico es bastante humillante: Daucus Carota. Nombre ignominioso, tanto como llamarse Caradura. En fin, que no le llegará nunca al estilazo de la Chirivía, toda elegante, toda fina. De la jet, vamos.
Y no hablemos ya de la cebolla o el ajo. La una te hace llorar y el otro es pesado hasta decir basta. Eso de ser tan repetitivo no es una buena carta de presentación. Sé que hay muchos familiares que también hunden sus carnes en la tierra, pero ni un nabo, ni siquiera un remolacha me produce tanta fascinación como la chirivía.
Por todo esto, tenía que admitirlo, y tenía que rendir culto a esta hortaliza de esbelto nombre: la chirivía. Si con pronunciar su nombre ya se te llena la boca del grácil cosquilleo de sus sílabas.
Es posible que esté enamorado de la chirivía. No lo negaré. Y lo grito a los cuatro vientos, ¡Chirivía! ¡Chirivía! ¡Chiriviiiiiia!
domingo, 7 de abril de 2013
Poderoso baladí
Entre un si y un no pusiste una verja con espinas.
Huiste del suave susurro de la verdad
y jugase con la algarabía del brillo deslumbrador.
Quiero, sí.
Renuncia, no.
Bailaste al son de resonantes ritmos
despreciando la cadencia de la sencilla cítara
y, al compás de largas capas y oropeles,
olvidaste la ceñidura del raído jubón.
Luces, sí.
Sombras, no.
Entre visiones de estanpas al asombro burgués
chocaron tus copas el vino más ventajoso
y de mayor regocijo, despreocupado y efímero,
salpicando de dudosas fragancias
reputación y chanzas displicentes
a menesterosos y golirardos de futuro incierto.
Momento, sí.
Incertidumbre, no.
Y, entre síes y noes, cruel batalla libraron
y los noes fueron síes que escuchaban en silencio.
viernes, 5 de abril de 2013
Sueño en blanco
Te regalé un suspiro,
me devolviste un quejido.
Entre secas hojas de líneas rasgadas
paseaba mi pluma hacia un final incierto
de crudas palabras que se descolgaban de los renglones.
Y, entre roncas letras, se quebró el aire.
Hacia una nada de mudos lamentos
caminó mi razón de sinrazón embriagada.
Posé mi mirada en el opaco horizonte
que atravesaba muros y distancias.
Cayó mi trazo a través de una página
cubierta de vacío y renglones por llenar.
La sombra y la luz se fundieron
en un abrazo y calentaron su deseo.
Todo por escribir, mucho por vivir,
escalofríos por dibujar, y un lienzo por latir.
martes, 2 de abril de 2013
El sueño oscuro
Había sido una noche de extraña tormenta. No había relámpagos, no había truenos, ni siquiera lluvia. Pero el color del cielo y el bronco ruido que hacía temblar las paredes le hacían presagiar algo devastador.
Corrió a cerrar las ventanas y puertas que, como impulsadas por una fuerza invisible, se resistían angustiosamente. Con toda la rapidez que pudo y tratando de no perder su entereza bloqueó todos los resquicios de la casa. La puerta trasera se oponía a bloquearse y, tras varios intentos frenados por esa fuerza que producía la sensación de estar en un universo de agua, optó por echar los dos cerrojos Fac a pesar de que el picaporte no llegaba a enclavarse.
El sonido se hizo sordo y lejano, pero las paredes repetian vibrantemente el estruendo que se estaba produciendo en el exterior. Se cobijó en el sofá del salón y procuró que el zumbido que hacía estremecer todo a su alrededor no se apoderase de su entereza. Poco a poco el cansancio se apoderó de él hasta hacerle cerrar los ojos.
No sabe cuánto tiempo estuvo dormido, pero al despertar notó que el ruido había cesado fuera. Sólo oía algunos golpes secos y lejanos que parecían venir de la parte baja de la escalera. Se acercó despacio, con la prevención lógica hacia lo desconocido, y observó que los ruidos venían de detrás de la puerta oscura que cerraba una especie de armario que había bajo la escalera. Abrió la puerta y sintió el ronco gemido del aire de su interior. El sonido parecía surgir de todo aquel sombrío espacio. Sin origen concreto. De pronto observó cómo unas botas negras con brocados plateados y hebillas laterales aparecían entre la sombra. Recorrió con la mirada lo que deberían ser las piernas pero sólo pudo vislumbrar dos delgadas extremidades negras que acababan en una especie de cabeza de águila roja de plumaje ralo y caótico.
Sin pensar en las consecuencias e instintivamente, alargó su mano y sintió que una especie de zarpa huesuda se posaba sobre ella. Avanzó lentamente hacia la puerta que, no sabe cuánto tiempo atrás había cerrado con los dos cerrojos, y acompañó al extraño ser hacia el exterior. Mientras que, desde la puerta, veía cómo aquellas botas negras con brocados plateados se iban perdiendo en la bruma, siguió oyendo el tintineo de las hebillas que cada vez se hacía más y más débil.
Cerró la puerta y entró de nuevo en la casa donde sólo se apreciaba el silencio casi doloroso y el frío de una noche que había acabado al fin.
Había descubierto qué se escondía en aquel armario que llamaba "del miedo".
lunes, 1 de abril de 2013
Nada más allá
Lucía saltó de la cama, la tremenda distancia que la separaba del frío suelo. Empeñada en volar en su sábana mágica había olvidado que en la tierra todo debía tener sentido. Avanzó unos pasos hasta la ventana que, con los ojos cerrados, seguía ajena al mundo de fuera. Con el esfuerzo que supone el temor a encontrarse con el mismo muro de otras veces, abrió las quejumbrosas hojas de madera cuarteada. Allí estaba, el paisaje con el que tantas veces había pasado horas y horas en conversación. Hablando en silencio. Nada se movía. Alguna rama o algún tallo que armonizaban su baile al son del viento, o algún pájaro que bordaba su invisible dibujo en el cielo.
No podía comprender cómo tanta belleza y tanta paz había sido olvidada por el otro mundo, el de las prisas, de las responsabilidades, de los compromisos, el del rencor. Un mundo enfermo con el peor de los males, el materialismo. En el otro mundo todo tenía una justificación. Cuando había que explicar algo, la razón más contundente era el dinero.
Para Lucía hoy todo eran preguntas. Y el campo callaba; sólo el rocío parecía contestar con las lágrimas que cubrían el verdor inmóvil. Lucía no tenía nada, sólo a sí misma. Y aquella tierra dura, herida por el tiempo, parecía agotada de soportar el egoísmo humano. Allí todo era armonía y convivían la roca más dura con el más tierno brote de una tímida flor. Callaba. El silencio de un llanto ahogado.
Para Lucía hoy todo eran preguntas. Y el campo callaba; sólo el rocío parecía contestar con las lágrimas que cubrían el verdor inmóvil. Lucía no tenía nada, sólo a sí misma. Y aquella tierra dura, herida por el tiempo, parecía agotada de soportar el egoísmo humano. Allí todo era armonía y convivían la roca más dura con el más tierno brote de una tímida flor. Callaba. El silencio de un llanto ahogado.
Lucía lo miró con tristeza y alargó su mano. Sintió la caricia de una brisa triste. Recibió el tímido aroma de fragancias solitarias. Desesperanza. Volvió a su cama y se entregó de nuevo a sus sueños.
domingo, 31 de marzo de 2013
Envidia, dia a dia
Cuentan la historia, señores,
del Conde de Cucamonas;
es Conde lo que amontona
y atesora sus rencores.
Avaro en fe y parabienes
no da ni los buenos días,
y con sus miradas frías
un experto es en desdenes.
Oculto en calleja umbría
observa solaces ajenos
ardiendo en su pecho truenos
de inquina. ¡Qué algarabía!
¿Por qué aquestos pordioseros
-se pregunta el susodicho-
pueden holgar a capricho?
Si yo no puedo, ellos menos.
Andábase en tal cuita
aquel Conde en su gatera,
que tropezando en la acera
al suelo se precipita.
¡Mal haya la suerte mía,
que de desdichas me anega!
¡Ahora a mi inquina agrega
este dolor! ¡Aciago día!
Aplicaos, pues, este cuento
del Conde de Cucamonas.
Que al final te desmorronas
si resquemor usas de ungüento.
Eduardo Gutiérrez
sábado, 30 de marzo de 2013
A cantar la gallina
Yo pude ser gallina, pero me lo pensé mejor.
Gallina, sí, el pájaro ese de corral, que ni vuela ni nada. ¡Pues menudo pájaro!
Decidí no ser gallina porque no me gustaba ni el nombre. ¿Quería ser un pusilánime? No. Y, desde luego, siendo un gallina en el apelativo ya iba implícita la cobardía. Si andaba todo el día con la piel de gallina sería porque tendria miedo de algo, ¿no? O miedo o frío. Y soporto mal las dos cosas. Por eso no me hice gallina. Bueno, por eso y por más cosas.
También para evitar que alguno se confundiera y me considerase la gallina de los huevos de oro. No quería que cualquiera viniese a aprovecharse de mí o, en el peor de los casos, pretendiese quitarme los huevos y hacerse un anillo. ¿A dónde iba a ir yo sin huevos?
Tampoco soportaría que alguien se me pusiese gallito y menos en ese lugar donde dicen que hay tanta mugre. Porque, ¿puede algo tener más mierda que el palo de un gallinero? Y encima tenía que ser prostituta. Difícil es encontrar a alguien más puta que las gallinas. De modo que, sería algo que, obligatoriamente, iría en mi condición.
Soy trasnochador, por lo que tampoco haría honor a lo de acostarse con las gallinas. Otro motivo más para no formar parte del corral. Yo soy noctámbulo, y, aunque inquieto, cuando me empeño en algo sigo hasta el final, no me gusta ir picoteando de aquí para allá. Está claro que no respondo al paradigma de gallina.
En cuanto a cacarear, poquito. No soy de mucho cloqueo. Jactancia la justa, porque quien así lo hace puede acabar cacareando y sin plumas. O en un guiso. ¡Qué poca vergüenza la de la Gallina Blanca, que montó una empresa para vender liofilizadas a sus hermanas!
Por tanto, como que no, que no es lo mío.
Así que seré polla cuando meen las gallinas. Que no me toquen el nombre.
viernes, 29 de marzo de 2013
Fíate de la virgen
En mi continua búsqueda de los albores de expresiones y dichos populares, me topo de bruces con otra de las que pensaba que tenía el origen en mi pueblo natal. Sin pretender sentar cátedra y consciente de que, posiblemente, éste no sea el auténtico inicio del latiguillo, relataré lo que de pequeño se me contó.
Resulta que en mi pueblo hay dos fiestas patronales, como creo que en casi todos las localidades españolas. Una la de San Agustín, patrón del pueblo y quizá menos conocido, aunque se halla en la iglesia parroquial, que es el templo más grande de allí. Y otra fiesta en honor a la Virgen de la Salud que es la que más devotos tiene y que se encuentra en su pequeña ermita a las afueras del pueblo.
Ante esto, el Santo y la Virgen, aprovechan las fiestas de ambos para hacerse una visita y realizar el recorrido de uno a otro templo acompañados de gran número de fieles. Lo conozco bien porque participo en esta procesión desde mi infancia.
Con motivo de la "Función" (en mi pueblo a la fiesta se le llama Función), se alternan distintas actividades lúdicas: ferias, bailes, espectáculos taurinos, actos religiosos y actuaciones varias. Pues ocurrió en cierta ocasión que se estaba celebrando la procesión a la vez que se preparaba el encierro de toros del día siguiente. Las circunstancias hicieron que uno de los toros se escapase del control de jinetes y pastores que los llevaban hasta los corrales y huyó descontrolado hasta llegar al pueblo donde se celebraba el acto religioso con cientos de personas por la calle. La gente se percató de la presencia del astado y corrió despavorida a buscar cobijo. Los que llevaban en andas a la virgen confiaban en que la imagen que llevaban en sus hombros podría potegerlos, hasta que viendo que el morlaco se acercaba, uno de ellos exclamó "¡Fíate de la virgen y no corras! Ante lo cual, soltaron las andas y pusieron pies en polvorosa.
Como es evidente, el cornúpeta no entendía de religiones y todo eran objetivos a derrotar.
Seguramente el dicho no provenga de ahí, pero por respeto a mis mayores que me lo enseñaron así, quiero pensar que esta es la historia que lo originó.
jueves, 28 de marzo de 2013
Camino del éxito
Quiero ser un hombre de éxito, no me duelen prendas.
Para eso lucho día a día. Pero mi éxito no se sustenta en cuestiones externas.
He caminado por la vida luchando contra el deseo de crear una imagen de éxito, de subir en la escala social, de tener más dinero y más posesiones, de la mejor ropa, el mejor coche, la mejor casa, los amigos más importantes, las alabanzas y los premios.
Pero los mayores triunfos han sido cuando he actuado libremente, aunque me haya equivocado y pagado por ello. He triunfado cuando, a pesar de ser desplazado o incomprendido, he seguido fiel a mis principios. He triunfado cuando sin preocuparme por el "qué dirán" no he ocultado mi propia ignorancia. He triunfado cuando no he disfrazado con modas mi patrimonio moral. He triunfado cada vez que he conseguido que la ira no nublase mi sentido de la justicia. He triunfado cuando, sin acomodarme en lo conseguido, he empezado una y otra vez desde cero. He triunfado cuando me ha ilusionado una pequeña brizna de hierba sin dejarme cegar por la opulencia del jardín. He triunfado cuando he entregado a los demás sin hacer cuentas de lo que me quedaba.
He triunfado cuando he sido yo, sin adornos ni engaños.
Así que, hoy por hoy, creo que estoy cerca del éxito, porque soy más yo que nunca, porque mi éxito no está fuera de mí, sino en esta sensación de poder moverme sin dar cuentas a nadie.
martes, 26 de marzo de 2013
Yo también tuve niñez
Yo una vez tuve un hamster. Sí, yo también he sido niño y he tenido mascotas, pero lo dejé. La niñez por los años, y lo otro por honestidad. Creo que no estaba dotado para cuidar animalitos. Hay que admitirlo, si no tenemos mano para ello, pues no tenemos mano. Y yo no la tenía. Me duraban poco, o se hacían demasiado grandes. Como el periquito que rescaté de una terraza; quizá estuviera ya enfermo, pero dejó de vivir a los quince días. O el patito azul que perdió su color al poco de llegar a casa y creció tanto que no había forma de tenerlo en un piso de 70 m2.
Y no es que no me gusten. Me encantan y más en su ambiente, por eso no salí a la terraza de mi casa durante el tiempo que hubo allí una perdiz metida en una jaula con forma de campana. Y por eso tengo un acuario que reproduce fielmente su hábitat (odio los buzos de plástico y demás adornos chorras).
Y no es que no me gusten. Me encantan y más en su ambiente, por eso no salí a la terraza de mi casa durante el tiempo que hubo allí una perdiz metida en una jaula con forma de campana. Y por eso tengo un acuario que reproduce fielmente su hábitat (odio los buzos de plástico y demás adornos chorras).
Pero, a lo que iba, que me desvío del tema: el hamster. El hamster es una mascota normal, no como esas de ahora, las ratas canguro, las culebras amarillas, las iguanas planas o los cerdos morenos. Es como un ratoncito sin cola y con unos mofletes que ya los quisiera yo para no tener que comprar bolsas cuando voy al Carrefour. Y listo, más listo que el hambre, pero mejor no hablar de hambre porque esa fue su perdición.
Cuando Paquito llegó a casa no es que fuera del todo comprendido. Mi madre se asustó y me dijo que "le daba cosa ese ratón". Por más que me empeñé, ella sólo veía a Paquito como un ratón. Él fue el mejor habitante de mi Exin Castillos, cuando le hacía laberintos y, la verdad es que la primera vez tardaba en salir, pero a la segunda iba como un rayo desde la entrada a la salida. ¡Qué tardes nos pasamos él y yo explorando esos muros! Luego, en los ratos libres, se dedicaba a recoger pipas y frutos secos y los guardaba en su granero hecho con gamuza.
La cuestión es que él también se fue pronto, pero antes de irse hizo una travesura inolvidable. Para evitar el repelús que a mi madre le producía mi mascota, una noche metí su jaula detrás de las cortinas del salón. A la mañana siguiente la visión fue dantesca. Paquito había ido metiendo las cortinas poquito a poco entre las rejas de su jaulita y había conseguido raer un círculo de medio metro de diámetro. Hasta espasmos me daban cuando intenté, entre monosílabos, darles la noticia a mis padres. Tan afectado me vieron que, temiendo por mi salud, prefirieron no dar importancia al destrozo que se había producido y atender a mi ataque de nervios.
Poco después, Paquito decidió encerrarse en su granero de felpa y por no molestarlo lo dejé tranquilo unos días. Hasta que, al ver que no salía, decidí sacarlo yo. Pero Paquito se había dormido para siempre en su nido.
Entonces sí que me sentí solo. Y desconsolado por no haberme preocupado lo suficiente de mi amigo.
Fue cuando decidí que no estaba preparado para tener mascotas.
Todavía me acuerdo de ti, Paquito.
Esa cruz que todos llevamos
SALMO XXIII
¿Alégrate, Señor, el Ruido ronco
deste Recibimiento que miramos?
Pues mira que hoy, mi Dios, te dan los Ramos
por darte el Viernes más desnudo el tronco.
Hoy te reciben con los Ramos bellos;
aplauso sospechoso, si se advierte;
pues de aquí a poco, para darte muerte,
te irán con armas a buscar entre ellos.
Y porque la malicia más se arguya
de nación a su Propio Rey tirana,
hoy te ofrecen sus capas, y mañana
suertes verás echar sobre la tuya.
Francisco de Quevedo y Villegas
Bajo esta piel
Sólo quien lo saboreó lo sabe.
Todavía tiemblo y me ilusiona cada nuevo reto, cada nueva dificultad a la hora de encarar un personaje. Hacerme él o darle a él parte de mí. Es algo que aún no lo tengo muy claro. Tomo lo que soy y lo pongo a su servicio.
Buscar en sus entrañas para hacerlo crecer, hacer que vaya tomando forma. Y cuando lo encuentras, lo pierdes. Desesperas. La mano del compañero que sostiene tus hombros cuando parece que todo se derrumba... Creación. Locura.
Te lanzas al vacío y sientes la oquedad de la nada. Respiración acompasada con quien tienes a tu lado que te lleva a un mundo desconocido. Explorar. La oscuridad de la luz. Esa luz que te deslumbra desde el patio de butacas.
Tras unos minutos de terror, olvidas el miedo y vuelas. O vuela él.
Difícil de explicar dónde acabo yo y dónde empieza el personaje.
Vida o vidas.
domingo, 24 de marzo de 2013
Pasen y véanse
Me encanta el teatro porque es una ceremonia donde te dan un 2 x 1.
Cuando voy a una sala de teatro, grande, pequeña, mínima o destechada, tengo la oportunidad de disfrutar de dos interesantes espectáculos:
1.-El que ocurre en el escenario, preparado, elaborado, artístico... Ya, lo sé, me he pasado. Pero estamos hablando de lo esperable; luego están los que habría que sacar de allí a gorrazos. Hay tantos "actores" que parecen no tener amigos... Sí, amigos de verdad, que les digan "oye, eso es una mierda, no hagas más el ridículo". Pero a lo que iba, pongámonos en el ideal de que se diesen esas circunstancias. Un espectáculo teatral. Más o menos logrado, pero respetable en todo caso.
2.-El que acontece entre los espectadores. Ahí hay tela que cortar. Y es tan interesante, incluso a veces más que el otro. Por lo que tiene de estudio social. Desde la entrada al teatro ya empiezas a observar los singulares tipos humanos. El chiquillo al que llevan sus padres porque la abuela no podía quedarse con él, la dama que ha desempolvado el abrigo sintético imitando a nutria gallega, el despeinado con chaleco negro para demostrar que es "del medio", la señora a la que por fin su marido "ha sacado", la mujer cuyo marido es un panocha sin gusto por el teatro y decide ir sola, el marido que se siente arrastrado a ver aquello que ni le va ni le viene (seguramente hay más cosas que tampoco le van ni le vienen), la pandilla de chicas de 60 años que vienen después de las pastitas y el café, el señor de cara áspera al que no le gustará nada... Bueeeno, tampoco es para tanto, porque ya sé que luego están la mayoría, los normales, pero esos son menos interesantes como personajes singulares.
Algún día hablaré del segundo acto de la representación que realiza el público. Cuando se sientan en sus butacas y reaccionan ante el otro show. Pero sirva esto como avance a la trama que después se desencadenará con risas, comentarios, toses y comunicaciones móviles.
sábado, 23 de marzo de 2013
Del vacío al sol
Silencio.
Silencio y frío.
Ojos velados de nulas miradas.
Palabras en espera de nuevas palabras.
Abrigo.
Abrigo y caricia.
Piel latente de soledad muda.
Huesos huidos de lanzas insensibles.
Resplandor.
Resplandor y aliento.
Pasos serenos de heridas sin dueño.
Camino sin sombras de miradas incrédulas.
Sonrisa.
Sonrisa y vuelo.
miércoles, 20 de marzo de 2013
Cargarse las carteleras
De vez en cuando me gusta indagar en esas frases hechas o en esos dichos que se convierten en un significado en sí mismos, pero que tuvieron su origen en un hecho o una circunstancia y a fuer de ser usados forman parte de nuestras expresiones coloquiales.
Como primera incursión a la búsqueda de orígenes de estos latiguillos, me viene hoy a la mente un dicho que oí muchas veces en mi pueblo, Borox. Sí, de allí era ese señor al que le encargaban todo lo que los demás no querían hacer, o sea, el padre de Domingo Ortega. Por eso el hijo nació allí también.
Pero no era esa la muletilla a la que quería hacer alusión, aunque Domingo Ortega, como buen torero, fuese diestro en el uso de muletas y muletillas. Y diestro profesional. No sigo, que me lío.
Como decía, de niño oí muchas veces la expresión "te vas a cargar las carteleras" que venía a ser una mezcla de "se está rifando una torta y llevas todas las papeletas", "te vas a cargar el muerto" o "van a pagar justos por pecadores".
Pues resulta que en mi pueblo toledano había un cine, el Cine de Redín lo llamábamos, pero no tenía rótulo que así lo atestiguase, se llamaba así y ya está. Sobrio, como el espíritu castellano, por no tener no tenía ni marquesina para el anuncio de las películas. Taquilla sí, eso sí tenía. Era una ventanita en el muro de ladrillos y barro con una portezuela de madera.
Como sistema publicitario, se colgaba en la fachada un bastidor de madera donde se insertaban las cartelas que representaban fotogramas de la películas a exhibir. Aquellas cartelas eran un trozo de cartón que llevaba unos ojales de metal en las esquinas. A veces se colgaban de unos clavitos por los ojales, y cuando no tenían ojales, se insertaban en unos canales que llevaba el bastidor hasta crear un collage fotográfico de la película.
Todo este artilugio se colgaba en la pared por medio de un enorme clavo que, a fuerza de ponerlo y quitarlo, había creado un agujero tan holgado en el muro que difícilmente mantenía el equilibrio de todo el conjunto carteleril. Clavo, bastidor y cartelas eran lo que formaba las carteleras.
Como sistema publicitario, se colgaba en la fachada un bastidor de madera donde se insertaban las cartelas que representaban fotogramas de la películas a exhibir. Aquellas cartelas eran un trozo de cartón que llevaba unos ojales de metal en las esquinas. A veces se colgaban de unos clavitos por los ojales, y cuando no tenían ojales, se insertaban en unos canales que llevaba el bastidor hasta crear un collage fotográfico de la película.
Todo este artilugio se colgaba en la pared por medio de un enorme clavo que, a fuerza de ponerlo y quitarlo, había creado un agujero tan holgado en el muro que difícilmente mantenía el equilibrio de todo el conjunto carteleril. Clavo, bastidor y cartelas eran lo que formaba las carteleras.
Los muchachos tenían la costumbre de toquetear, cuando no lanzar algún elemento sólido, a las mencionadas carteleras. Aquello iba perdiendo por momentos su estabilidad, hasta que pasaba algún incauto en el momento justo en que aquello se descolgaba con aparatoso estrépito. Solía ser el más inocente, porque los espabilados ya se ocupaban de no acercarse en el momento trágico, y ese era el que, a ojos de todos, "se había cargado las carteleras" con la consiguiente regañina y capón por su travesura.
De esto saco una conclusión: "cuando las carteleras veas temblar, aléjate, porque te las vas a cargar".
De esto saco una conclusión: "cuando las carteleras veas temblar, aléjate, porque te las vas a cargar".
martes, 19 de marzo de 2013
País de vergüenzas desprovisto de pudor
Me siento en un banco a fumarme un cigarrillo (una de las vergüenzas que no me da miedo reconocer) y observo la gente pasar. Abro mis ojos y oídos al espectáculo de la realidad.
La señorita que desborda sus lorzas sobre una minifalda negra y leotardos rosa, pasea su palmito entregada a alguna mirada furtiva que encuentre en su camino. Orgullo serrano Sin pudor.
Entre dos rosales de una de las entradas del parque aparece una sombra. No, no es una sombra. Es obscura, como el negro de la noche sin luna. Camina, o flota, como recién salida de las tinieblas de la muerte. Parpadeo varias veces para ser consciente de la realidad de la visión. Gótica, ahora lo veo claro, se trata de una joven gótica. Lo he deducido por sus negros arcos ojivales y la bóveda morada que forman dos mechones de su pelo. Se acerca inquietantemente a la burgalesa de piernas rosa (intuyo que será de allí por su aspecto de morcilla). Contra todo pronóstico, no se muerden, se besan. ¡Muak, muak! Son amigas. Curiosa comitiva en contraste con el verdor del parque.
Su emotivo encuentro disipa en mí los temores y el escalofrío que podía suponer el que se sentasen en un banco junto a mí. Y así lo hacen. Toman asiento y abre bolsa de pipas una y saca botellita de agua la del estómago prominente. No es que me fije especialmente, es que salta a la vista.
Su conversación se eleva algunos decibelios por encima de lo discretamente aceptable. Deben de llevar amplificador incorporado porque creo que han huido hasta los pájaros que jugueteaban en el árbol.
-"¡Ay, Teta, creía que no me levantaba hoy!" (Una de ellas tiene un nombre raro, ¿algún diminutivo, quizá?).
-"¡Ay, Teta, creía que no me levantaba hoy!" (Una de ellas tiene un nombre raro, ¿algún diminutivo, quizá?).
-"¿Qué t'ha pasao, Mari?" (La otra parece tener un nombre más común).
-"Que mira, k'anoche estuve con el Johnny. Y yo, que m'estaba poniendo toa perraca, aguantando ahí con él, y él no se decidía. Hasta las tantas tuve que seguirle el rollo, pa poder mojar, al final".
-"K'aguante, tía. Si no fuera por lo güeno que está..."
-"Pos va y me dice que veamos una peli. En versión original, claro, no vamos a ser como los paletos esos que las ven dobladas" (Doblada te la vas a tragar, guapa) "Si es que hay gente mu inculta, tía. Que ni leen, ni se preocupan de aprender inglés, ni ná".
-"Dí que sí, tía. Yo me he leio tos los libros de Crepúsculo". (Se nota).
-"Qué vergüenza, tía. La gente es que no ve más que americanadas".
-"Qué vergüenza, tía. La gente es que no ve más que americanadas".
Ni mi cuerpo ni mis oídos aguantan más, asín... perdón, así que me levanto y me voy.
Este es nuestro país. Vergüenza para muchas cosas y pudor para pocas.
lunes, 18 de marzo de 2013
Se me fue
No me puedo creer que te haya perdido. Con los buenos momentos que me has hecho pasar.
Con esos sábados cuando me preparabas ese cocido que me hacía perder la vista en el infinito mientras disfrutaba el sabor que sólo tú sabías darme. Te veía ahí, silenciosa, impertérrita ante cualquier adversidad.
De vez en cuando me alegrabas con tu silbidito que era tu manera de hacerte notar, de decirme "estoy aquí". Y ahí estabas, siempre brillante y fuerte como pocas. Sé que alguna vez te calenté demasiado, pero tú soportaste estoicamente mis excesos. Sólo un par de veces saltaste, pero entiendo que para lo nuestro hacía falta la gomita y en esas ocasiones fue algo que dejé de lado.
Era un placer hasta verte bajo la ducha, ver el agua correr por ti, toda tersa y reluciente. Y pasar mi mano delicadamente por ti, en un rito armónico de compenetración.
Ayer, mientras te bajaba por las escaleras con algunas de tus compañeras, te escurriste de mis manos y fue tan duro el golpe que no lo pudiste soportar.
Hoy sólo puedo decir que... ¡Se me ha ido la olla!
domingo, 17 de marzo de 2013
Somos muchos
Estimados míos:
Lo estáis haciendo bien, pero necesitamos echar más carne en el asador. No desfallezcáis. Que no puedan con vosotros esos que se empeñan en sonreir a toda costa. Cada vez son más, pero sé que conseguiréis mermar sus fuerzas y haréis prevalecer la razón.
Conocemos sus armas, y podemos combatirlas. Muchas veces lo hemos hecho. Ese enfermizo empeño en considerar que todo el mundo es igual, sólo hará que ninguno tengamos nada. Hay que acabar con esa idea. Defiende lo tuyo, por encima de cualquiera, o verás cómo te quedas en la estacada. Y ya sabéis lo que suponen las estacas, de una en una o en hilera.
Acabad con esos malsanos esfuerzos por alentar a sus secuaces, soñadores que basan su vida en deseos. Hacedles comprender que lo único importante es aquello que verdaderamente podemos palpar. Evitad que sigan engañando a más gente con sus utopías. Quitadles esas visiones de un mundo idílico.
Impedid que se crean grandes, hacedles ver su propia mediocridad, restad valor a sus logros. Así, poco a poco esos enemigos de la sensatez abandonarán sus fantasías y volverán al dulce pragmatismo.
Si es necesario, utilizad métodos persuasorios de buena voluntad para atraerlos a nuestro objetivo. Acabarán comprendiendo que la felicidad sólo existe cuando se ha conseguido algo material. De otro modo acumularán desgracia tras desgracia al ver que no consiguen sus deseos. Demostradles que son inferiores a nosotros, que nunca lograrán nada porque el mundo no les regalará nada.
Así, día tras día, nosotros conseguiremos nuestro anhelo, que no es otro que el comprobar que no hay nadie por encima de nosotros. Si hubiese alguien, deberíamos hacerle caer.
Absorbed sus energías para que las nuestras se vayan alimentando.
Seguid así, vampiros míos.
Fdo. Conde Drácula
Ripios sin pretensión para un domingo molón
De tanto darle con el palito, salió huyendo el gorrioncito.
-"No te enfades, gorrioncito, si te damos despacito"
-"No me enfado, es que lo evito; son ya muchos golpecitos."
Salió volando a una rama donde encontró paz y cama.
-"Ven aquí, no hagas un drama, no abandones tu retama"
-"No me gusta el panorama, no te pega quien te ama".
El del palo, con aflicción, lamenta su situación.
-"Tu no tienes compasión, yo era tu amigo, gorrión".
-"A un amigo, sin razón, no clavas un aguijón".
sábado, 16 de marzo de 2013
Crear abrazos
Dar la mano y acercar corazones, ¿puede haber sensación más gratificante?
Así me siento a veces. Y no es vanidad, ni presunción, es una experiencia que no deja de ser agradable. Más allá de mi intención (no me siento tan importante), me agrada comprobar que, en ocasiones, me convierto en nexo de unión entre personas que antes no se conocían. E incluso, entre ellos, algunos llegan a convertirse en buenos amigos.
Alguien me dijo una vez "eres un creador de abrazos". Me gusta la expresión y me gusta que ocurra esto. Siempre he sido de los que piensa que debemos romper esas barreras que nos separan. Que todos somos ciudadanos del mundo y me encanta ver a la gente relacionarse entre sí. Gente que puede o no tener cosas en común (en este caso me tienen a mí), pero que llegan a formar su propio nuevo universo. Globalidad sin fronteras.
Otro amigo me dijo hace poco "siento que te estoy robando los amigos". No, en absoluto, hacéis más grande la palabra AMISTAD. Yo no tengo a ningún amigo en propiedad, y lo que me gusta es que mis amigos tengan más amigos. Quizá es que en esto no soy competitivo. El cariño no es algo finito, es algo que, cuanto más se tiene, más se crea. Y no seré yo quien coarte la libertad de mis amigos ni pretenda su exclusividad.
Me siento bien sabiendo que puedo contribuir a la felicidad de las personas que aprecio.
¿Qué más puedo pedir? Ojalá fuese un buen "creador de abrazos".
viernes, 15 de marzo de 2013
Galopar por la fantasía
Fabricando sueños con una caja de cartón llegué a tocar el cielo con sólo el corazón. Se necesita tan poco que nunca necesité más. Ni busqué riquezas ni pensé que las pudiera tener. Únicamente deseé seguir haciendo fantasías que sólo precisasen de cerrar los ojos.
Quizá es la suerte de haber tenido una infancia feliz de la que soy más consciente ahora. Quizá fue la necesidad de agudizar el ingenio cuando la escasez me impedía tener, no ya lujos, sino la mayoría de capichos de niño. Así me construí un magnífico megáfono de cartón para anunciar mis espectáculos a los vecinos del barrio.
También intenté volar como Superman con una cuerda atada al pomo de una puerta al final de una escalera. Lo que me costó un buen batacazo al caer rodando cuando se partió la cuerda. Sé que aquello salió mal por no llevar el uniforme adecuado, pero no había dinero para ello. De haber tenido el calzoncillo rojo y la malla azul no se me hubiera quedado la marca en el cuello donde iba sujeta la cuerda. Para ser Superman hacía falta una inversión en el traje y eso era imposible. Así que, no pude salvar a nadie.
Creo que tampoco estuve especialmente dotado para el patinaje, porque no pasé de hacer mis piruetas (poco artísticas, todo hay que decirlo) por el pasillo y salón de mi casa. Tal vez me hubiesen venido bien unos patines, pero me tuve que conformar con las mopas que nos daba mi madre y con las que envolvíamos nuestros pies. Eso sí, el pasillo aún conserva el brillo que le sacamos con tanta pasada.
La equitación fue otra de mis aficiones que compartí con mi hermana. Todavía no sé quién nos compró el caballo, pero sin duda era un buen corcel y realizamos grandes galopadas con él. Furia se llamaba. Mi madre creía que era un cesto de la ropa, pero yo me las ingenié para convencer a mi hermana de que aquel caballo tan dócil era un pura sangre cuando lo arrastraba de un lado a otro de la casa con ella montada en su cuadrada grupa.
De no haber sido por todos estos lujos que disfruté en mi infancia, ahora no podría ver crecer un árbol de cualquier semilla. No todo el mundo ha tenido esta suerte.
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